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La ruptura de la vida cotidiana como oportunidad

La brutal ruptura de nuestra cotidianidad originada por la puesta en vigencia de la cuarentena obligatoria como consecuencia de la pandemia de COVID-19, a través de su forma puso en cuestión el fondo de cada una de nuestras vidas, nuestras acciones, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestra educación y, lo más importante, el proceso de domesticación en el que estamos incluidos.

De un día para el otro el grupo familiar recibió la orden de permanecer encerrado en un mismo espacio físico. Aquéllos que la actividad les permitiera realizar su trabajo a distancia tuvieron que «bajar» de la web los programas respectivos en sus computadoras y desarrollar su tarea para la empresa contratante. Los que no, multiplicaron la imaginación para que el día no fuese tan extenso…

La continuidad de las actividades escolares de los niños, en el caso de la provincia de San Luis, fue a través de las aulas virtuales instaladas desde la central que el Estado tiene en el cerebro de la ciudad de La Punta. Los docentes envían el material todos los días para ser resuelto. Conozco padres que explican que ahora la cantidad de tarea que le dan a los chicos es mayor a la que tenían cuando concurrían al establecimiento escolar. Como también requieren del apoyo de mayores para resolver las tareas.


Otro aspecto de relevancia y central es que la familia se tuvo que reencontrar -a la fuerza- y compartir el mismo lugar durante las 24 horas, para reproducir en ese adentro lo que en la vida diaria se vive mayormente fuera de la casa. Hay que participar comunitariamente de acontecimientos básicos como son el desayuno, almuerzo, cena, mates, tareas, etc.

La situación requirió una ingeniería de diseño de la vida cotidiana dentro del hogar para satisfacer las diferentes necesidades de sus componentes. La laboral de aquél o aquélla que debe estar trabajando, la de cada uno de los integrantes y las comunes de la familia; la de distracción que, según la edad, conlleva un requerimiento distinto.

Todos estos elementos que deben encajar como piezas de rompecabezas, dieron vuelta como una media la cotidianidad de la familia. mencionado el escenario, después viene la actuación. Y en esta puesta en escena cada actor viene con su propia historia. Y el grupo como tal va tejiendo las alianzas y reproduciendo conflictos. Ambos quedan expuestos y requieren de su tratamiento. Esto es, transitar la cotidianidad entre pandemia, cuarentena y reacomodamiento de la vida familiar.

La cotidianidad de nuestras vidas no emerge como algo natural como se la quiere presentar. Es fruto del mecanismo por los cuales cada sistema social produce los sujetos que son aptos para su continuidad, desarrollo y sostenimiento en un contexto histórico y social determinado. Hay una mitificación de lo cotidiano que nos hace ver los fenómenos de nuestra vida como obvios, naturales y autoevidentes.

Así, vemos como natural la cantidad de horas que debemos ir a trabajar, la organización interna de las empresas, la organización del Estado, los mecanismos de relacionamiento social, los controles de las actividades y de las actitudes de las personas, los sistemas que nos rigen en sus diferentes facetas. Nada es natural. Todo es impuesto por el orden instituido. Es decir, el que ordena y manda.

Dado el tiempo libre que existe en esta circunstancia de cuarentena, es el momento justo para sentarnos en familia o solos, o a través de los auxilios técnicos de las reuniones on line, con el fin de analizar estos supuestos naturales que nos ordenan. Mirar la vida con sentido crítico. Generar una ruptura con la cotidianidad si consideramos que debemos modificar contenidos y formas que nos rigen.

El elemento disruptivo de esa cotidianidad es poner en «crisis». Separar. Romper la fusión con la cotidianidad. Cuestionar al mito. Hacer emerger nuevas formas. La crisis lo que plantea es una nueva exigencia adaptativa, de lectura de la realidad y de acción sobre ella.

La cuarentena en sí misma generó una ruptura de la vida cotidiana. Lo expresé en una nota anterior a esta en el análisis de dos características entre muchas otras: el silencio de la ciudad merced al detenimiento de la circulación de vehículos y personas, negocios cerrados, actividad detenida. La otra, es la relatividad del paso del tiempo donde la vida urbana ahora puede comprender cómo se mide el tiempo en el ámbito rural (ver: https://www.elsemiarido.com/el-silencio-y-la-relatividad-del-tiempo-en-nuestras-vidas-cotidianas/).

Ahora bien, subiendo un peldaño en el análisis, ¿cuál es el elemento que juega fuerte en esta circunstancia? la desmovilización social. ¿A través de qué? Del encierro, del vaciamiento de la ciudad y de los espacios públicos de encuentro donde se debate y se reclaman determinadas decisiones tomadas por quienes detentan el poder o el gobierno. Hoy la sociedad ha perdido derechos y se ha multiplicado el control represivo sobre ella.

Si debemos ejercer una crítica de la vida cotidiana, es de esperar que estas formas, cuando se abra la cuarentena, no pasen a ser parte de los cambios que se operen. Que no se mitifique algo que se instaló para detener una pandemia, que no pululen las formas de control y represión social de la circulación de los ciudadanos.

La ruptura de la cotidianidad a través de la cuarentena complejizó la vida de la familia, desnudó las debilidades del sistema y advierte seriamente que cuando retomemos la «normalidad» ésta no va a ser la «normalidad» como cuando ingresamos en este período de vida social latente. Vamos a ser distintos porque el paso del tiempo y la calidad de ese tiempo vivido nos va a modificar.

A su vez, se modificarán también los organizadores políticos, económicos, sociales y culturales de nuestra vida. Depende de cómo hagamos una adaptación activa a la realidad y nos fortalezcamos en nuestros grupos de pertenencia,  vamos a poder enfrentar la dominación de un sector que tiene una prevalencia mundial absoluta.

Hoy, si repasamos los medios de comunicación de diferentes lugares de Europa y Estados Unidos, ambos centros referenciales para nuestra conformación social, observaremos que la preocupación fundamental es una: Cómo saldremos de esta pandemia. Y aquí se abren dos posibilidades: que el poder económico reconcentrado se fortalezca más aún y pase a dominar un mundo masivamente conformado por pobres, resultado de la aplicación de un sistema que ha promovido y sigue promoviendo inequidades.

En segundo lugar, esperado por el mayor número de habitantes en el mundo pero sin la suficiente fuerza como para imponer condiciones, que se restablezcan hilos de vida participativa para poder producir, trabajar, desarrollar una vida digna con educación y solidaridad respetando los ciclos de la naturaleza.

Hasta ahora sostenemos que la vida cotidiana se sustenta en tres pilares: Trabajo, familia y tiempo libre. A la luz de los grandes cambios tecnológicos y, en consecuencia, sociales que hemos experimentado, resulta necesario re-pautar los organizadores que nos sustentan.

Lo trascendente es poder seguir teniendo una mirada y una actitud crítica, sustentada en una raíz educativa que contribuya a abrir mentes y se pueda tomar conciencia sobre los modos de reproducción de la vida que vamos adoptando. Con sólidos grupos de pertenencia instituyentes de una realidad que no permita la dominación. De esta forma podremos enfrentar mejor armados una herida que está abierta desde hace mucho tiempo y cada vez se profundiza más: la grieta social por la que estamos atravesados.

Sergio Garis

Nota: Esta reflexión tiene sustento teórico en el libro «Crítica de la Vida Cotidiana» – Ana Quiroga. Págs. 7 a 25.