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Las mutaciones del trabajo en la cotidianidad

El concepto que formamos en nuestra mente sobre los objetos que nos rodean, sobre el trabajo que realizamos, la familia, los amigos o el  relacionamiento social,  entre otros, varía acorde con la edad, con las experiencias de vida, esto es, con las condiciones concretas de existencia.

Me crié y eduqué en un pueblo chico cuando aún la corriente era continua, no había televisión y mucho menos computadoras. Las heladeras tenían congelador y no freezer. La radio era el elemento que nos unía con el mundo exterior más allá de las fronteras físicas. El concepto de familia era el de grupo único e inmodificable, con roles de fuerte determinación.

Mi padre tenía un taller. Reparaba y vendía radiadores para los vehículos. Pero el trabajo más desarrollado era el referido a la hojalatería mediante la construcción de caños, canaletas, tanques, aletas para molinos, sombreros para calefactores, estufas o para circulación de aire. Además de objetos en bronce y cobre. También soldaba ataúdes, por lo cual era cotidiana la presencia de una tapa de chapa en el lugar, lo cual le configuraba una imagen especial al espacio.


Esa infancia y adolescencia -en la que también adopté la actividad- transcurrió entre martillos, tijeras cortadoras, guillotinas, tenazas, terrajas para rosca de caños galvanizados, chapas de todo tipo y grosor, máquinas y materiales para soldar. Es decir, mi concepto de trabajo estaba enfocado en la modificación de una materia prima para transformarla en un objeto de uso. A la vez que moldeaba chapas y fierros, instalaba en mi cerebro un concepto sobre uno de los pilares de la vida cotidiana: el trabajo.

Ese trabajo, como relación mutuamente transformante con la realidad externa, es fundamental para la construcción de identidad. ¿Cómo? En tanto planificado nos podemos reconocer en el producto obtenido. En él se proyectan los aspectos valiosos, valorados de nosotros mismos.

Distinto ocurre cuando para ingresar en el mundo del mercado,  de las fábricas, de las grandes empresas digitales, la persona debe ofrecerse a sí misma como objeto, vendiendo la capacidad productiva.

Al dar un salto generacional a través de haber podido acceder a un estudio universitario y a la vez desarrollar la actividad que estaba relacionada con esa formación, el concepto de trabajo se transformó. Ya no eran chapas o fierros los que moldeaba, sino que la herramienta se convirtió en el uso del lenguaje y el modelo terminado se plasmaba cada día en formato de diario impreso en papel.

Fue un momento en el cual me costó modificar mi concepto de trabajo. En mi pensamiento tenía instalada la idea que el trabajo se desarrollaba con instrumentos como el martillo, la tijera y el soldador. Ese cambio por la máquina de escribir (porque cuando me inicié en periodismo se usaba la Lexicon 80 y no la PC) me costó digerirlo. El cansancio físico trocó por cansancio mental. La fuerza para manipular los objetos cambió por creatividad para elaborar una crónica o una entrevista. Fue necesario dar un salto cualitativo en el armado mental. Ya no era productor de objetos, sino productor de noticias.

Después se fueron sucediendo cambios en dos vías: una de ellas, de actividades durante mi vida; la otra, la evolución muy frecuente de la tecnología utilizada. Ambos componentes ensamblados contribuyeron a que modificara con asiduidad mi concepto de trabajo.

Esos cambios me y nos obligaron a que reacomodemos y adaptemos a una velocidad impensada el concepto de trabajo aprendido en nuestra enseñanza escolar. Al iniciar nuestra experiencia laboral la costumbre era ingresar en una empresa o trabajo y egresar con la jubilación en la mano. En los años ’90 hubo un quiebre muy fuerte. En el 2001 siguió otro y así sucesivamente fuimos desarrollando una capacidad increíble de adaptación activa a la realidad que nos tocó transitar.

Este año veníamos golpeados en el mundo del trabajo con miles de personas que habían perdido su rol por el cierre sucesivo de empresas durante el período 2015/19. Reubicarse era una tarea imposible porque la actividad económica estaba deprimida y no había captación de personal.

Sobre llovido, mojado. llegó la pandemia y con ella la cuarentena que determinó el detenimiento total de la actividad en el país y en el mundo.

Los cortes abruptos generan dos sentimientos muy fuertes: confusión e incertidumbre.

Este fenómeno de masa produce desconcierto, sentimientos contradictorios. Requiere un proceso de desestructuración de lo previo y una nueva estructuración acorde con el corte abrupto establecido política y socialmente. En este ida y vuelta emerge la confusión, que se incrementa por el carácter inédito que tiene esta experiencia de vida.

Cuando se habla de confusión se habla de una capacidad básica de pensamiento que está afectada: la discriminación. Discriminar, distinguir hechos y situaciones se hace difícil cuando nos cambiaron de un día para otro las condiciones concretas de existencia.

La incertidumbre está emparentada con la angustia. No hay horizonte claro. No hay explicación de porqué se está viviendo lo que se vive. Sólo se vive. la población, cual rebaño, se deja conducir porque no tiene ni reacción ni creatividad para resolver su situación propia como tampoco la de la comunidad que la contiene. La inmovilidad social como única respuesta es una reproductora de preguntas que no encuentran salida ni solución.

Volviendo al mundo del trabajo, sabemos, tenemos certeza sobre cómo y cuándo comenzamos la ruptura de la cotidianidad. Pero no sabemos ni cómo ni cuándo vamos a salir. La mayor de las incertidumbres que se viven es que no sabemos con qué mundo nos vamos a encontrar. Sí, tenemos certeza que todo cambiará. Hacia dónde? ahí está el problema.

Muchos trabajos durante este aislamiento social, preventivo y obligatorio se comenzaron a realizar desde la casa, con todas las fortalezas y debilidades que implica. Lo que no se sabe es si al finalizar este período las personas podrán regresar al espacio físico que ocupaban o si seguirán desde su hogar.

A medida que transcurren los días el monto de ansiedad crece. la inseguridad es la única certeza. En todos los estratos de la actividad. En empresarios y en trabajadores. Con la diferencia que unos cuentan entre sus manos con algo o mucho capital y otros sólo tienen para ofrecer el conocimiento y la acción de lo aprendido hasta ahora. El problema es que ni siquiera se sabe si lo aprendido servirá en este replanteo del mundo del trabajo.

Estas sucesivas deconstrucciones y reconstrucciones nos colocan en un plano de vulnerabilidad que pocas veces habíamos vivido en forma masiva y que atraviesa a todos los segmentos componentes del entramado social. Nos coloca a la espera de una salida en un contexto confuso, de incertidumbre y desmovilizados. Este es el sueño dorado de determinados sectores de fuerte poder económico, por el viejo dicho de «a río revuelto…»

La situación requiere de una población disciplinada en cuanto al seguimiento de las pautas trazadas para evitar los contagios masivos que inexorablemente conducirían a la muerte de miles de personas.

Pero, además, hace falta que esa población mantenga una conciencia crítica sobre cómo se desarrollan los acontecimientos, esté organizada y preparada para soportar la salida programada de la cuarentena,  con la fortaleza para realizar una correcta lectura de la realidad y pueda resolver las contradicciones dialécticas que surgirán: en nosotros, en nuestra relación con los otros sujetos y, fundamental, con el abanico de soluciones que el poder instituido nos ofrezca, ya sea desde lo político, económico, social, educativo y en el mundo del trabajo, que fue el tema central para desarrollar la idea de este artículo.

La elaboración de nuevas formas creativas  para la organización y distribución del trabajo serán necesarias para contrarrestar los efectos de una enfermedad que llegó para instalarse.

Más allá de las mutaciones del mundo del trabajo expuestas en la diacronía de vida en este escrito -de manera harto resumida-, en el transcurso de este año sufriremos dos rupturas fuertes. Una de ellas fue el detenimiento de la actividad. A eso ya lo estamos experimentando. La otra será cuando se reactive. Aún permanece en el mundo de las hipótesis e ideas. Pero seguro modificará los usos y costumbres sobre cómo era hasta que ingresamos en la cuarentena. Y esa modificación, a su vez, volverá a alterar la cotidianidad de nuestra vida familiar y del tiempo libre que necesitamos para oxigenar los poros de la interacción social. La rueda de la vida seguirá girando…

Sergio Garis

Nota: Esta reflexión tiene sustento teórico en el libro «Crítica de la Vida Cotidiana» – Ana Quiroga.