El ingeniero agrónomo mexicano Ernesto Cruz González recorrió el establecimiento Don Eduardo, de Gonzalo Giacardi, ubicado a unos 380 kilómetros al sudoeste de la capital puntana, en Los Overos. El Semiárido compartió el encuentro en este campo de 17.000 hectáreas, con suelos arenosos y el agua como principal limitante, donde ya cosecharon unas 2.000 hectáreas de maíz con rindes de entre 4 y 7 toneladas por hectárea. La apuesta ahora es ampliar la superficie y ajustar densidad, genética, nutrición y manejo para demostrar que el cereal puede ganar terreno en una región donde hasta hace pocos años pocos imaginaban producirlo.
Hay lugares donde producir maíz forma parte de la rutina agrícola y otros donde cada hectárea sembrada representa un desafío. El extremo sur de San Luis pertenece claramente al segundo grupo. Allí, cerca de los límites con Mendoza y La Pampa, un proyecto productivo busca demostrar que un ambiente históricamente ganadero puede transformarse, gradualmente, en una nueva zona agrícola.
Hasta ese lugar llegó Ernesto Cruz González, ingeniero agrónomo y productor mexicano conocido internacionalmente como el “rey del maíz”, para recorrer el establecimiento Don Eduardo, propiedad de Gonzalo Giacardi. La visita tuvo un carácter eminentemente técnico, para observar lo realizado, analizar las plantas y el suelo, detectar limitantes y discutir qué ajustes podrían permitir dar otro salto productivo.
El escenario no es menor. Don Eduardo tiene unas 17.000 hectáreas y se encuentra aproximadamente a 380 kilómetros al sudoeste de la ciudad de San Luis. Durante la última campaña se cosecharon alrededor de 2.000 hectáreas de maíz, con rendimientos que oscilaron entre 4 y 7 toneladas por hectárea.
Para Giacardi y su equipo, esos números constituyen mucho más que una cosecha, ya que representan la confirmación de que existe una posibilidad agrícola en un ambiente en el que durante décadas prácticamente nadie imaginaba al maíz ocupando superficies importantes.

Un suelo con 80% de arena
Fabricio Evangelista, ingeniero agrónomo que acompaña técnicamente a Giacardi, fue el encargado de explicar las características del proyecto.
El establecimiento se encuentra sobre suelos clasificados como Entisoles, correspondientes a una planicie árida con fuerte componente arenoso. Según detalló, contienen entre 80% y 85% de arena, tienen poca materia orgánica y presentan condiciones muy diferentes de las zonas agrícolas tradicionales de la provincia. A eso se agrega la variable determinante, el agua.
En el período analizado durante la última campaña se contabilizaron aproximadamente entre 250 y 285 milímetros de precipitaciones, valores cercanos a la media del área. La combinación entre escasas lluvias y suelos arenosos convierte a la disponibilidad hídrica en la principal restricción del sistema.
Precisamente por eso, una de las principales discusiones durante la recorrida fue cómo conseguir que cada milímetro disponible termine convertido de la manera más eficiente posible en kilos de grano.
Menos plantas para producir más
El planteo realizado durante la última campaña tuvo una característica que rompe con la lógica de las regiones maiceras de mayor potencial, una densidad muy baja.
Se sembraron alrededor de 25.000 semillas por hectárea y se consiguieron aproximadamente 23.500 plantas. La fertilización incluyó 100 kilos de urea protegida y tratamientos de semilla con zinc, además de productos biológicos. También se realizaron aplicaciones foliares para complementar la nutrición.
Para la próxima campaña, el equipo pretende continuar probando híbridos, ajustar nuevamente la densidad y revisar el esquema de fertilización.
La baja población tiene una explicación concreta. Cuando el agua es el recurso más escaso, aumentar indiscriminadamente el número de plantas puede incrementar la competencia entre ellas.
Cruz puso el foco precisamente allí. Según explicó durante la recorrida, una gran proporción del agua absorbida por una planta termina siendo transpirada. Por lo tanto, aumentar la población en un ambiente restrictivo puede incrementar la demanda hídrica hasta niveles incompatibles con la oferta disponible.
La estrategia pasa entonces por otro camino. Obtener la máxima expresión posible de cada individuo.
En los lotes de Don Eduardo observaron plantas capaces de desarrollar dos espigas y, en algunos casos, una expresión todavía mayor. Las experiencias realizadas mostraron que al aumentar la población en unas 5.000 plantas por hectárea disminuía esa capacidad individual, con plantas que con menor densidad desarrollaban dos espigas pasaban a producir solamente una.
En uno de esos ensayos, la diferencia llegó a representar alrededor de 1.000 kilos por hectárea.






“Hay que explotar el potencial individual de la planta”
Ese fue uno de los conceptos centrales que dejó Cruz en San Luis.
Para ambientes restrictivos, sostuvo, el objetivo no necesariamente debe ser colocar más plantas para conseguir más espigas, sino lograr que cada planta pueda expresar el mayor potencial posible.
La genética del maíz, aseguró, tiene una capacidad productiva mucho mayor de la que finalmente llega a cosecharse. Según explicó, durante las primeras etapas de desarrollo pueden observarse estructuras reproductivas que posteriormente la planta resigna debido a restricciones ambientales o de manejo.
Por eso, el desafío consiste en disminuir esas restricciones.
“Lo que tenés que explotar es el potencial individual que tiene la planta por sobre el lote”, resumió durante el intercambio técnico. La estabilidad productiva, desde esa mirada, aparece cuando una elevada proporción de los individuos consigue expresar ese potencial.
Otro aspecto particular del proyecto es que no se trabaja sobre suelos con una larga historia agrícola.
Son campos naturales que durante años tuvieron una utilización esencialmente ganadera y ahora atraviesan un proceso gradual de transformación hacia la agricultura.
Esto obliga a aprender prácticamente lote por lote.
Los responsables reconocen que la densidad que funciona hoy podría no ser la adecuada dentro de dos o tres campañas. A medida que cambien las condiciones físicas y biológicas del suelo, también deberán modificarse las decisiones agronómicas.
Por eso, el proyecto se apoya fuertemente en la experimentación.
La propuesta es medir los resultados de cada campaña, comparar materiales y densidades y utilizar esa información para ajustar la siguiente siembra. “Año tras año, lote tras lote”, sintetizaron durante la recorrida.
Existe, además, otro inconveniente, hay muy poca información agronómica específica para un ambiente de estas características.
Los híbridos disponibles fueron desarrollados y evaluados principalmente en regiones agrícolas consolidadas. En este extremo de San Luis, en cambio, productores y técnicos están generando prácticamente desde cero buena parte de la información necesaria para decidir qué materiales utilizar y cómo manejarlos.
Un avión para resolver uno de los grandes cuellos de botella
La escala y la ubicación geográfica también plantean dificultades operativas.
Uno de los problemas detectados durante la primera experiencia fue la aplicación de fitosanitarios. Los equipos terrestres debían recorrer alrededor de 400 kilómetros para llegar al establecimiento y las ventanas climáticas eran muy reducidas debido principalmente al viento.
En ocasiones, una aplicación sobre unas 1.000 hectáreas podía demorarse semanas. Cuando finalmente se ingresaba al lote, las malezas habían avanzado y las dosis o la calidad del control ya no eran las mismas.
La respuesta de Giacardi fue incorporar un avión agrícola propio.
El establecimiento construyó una pista y un hangar y ahora cuenta con una aeronave destinada exclusivamente a las tareas del campo. Con esa herramienta estiman que una superficie que anteriormente requería largos períodos puede tratarse en apenas dos o tres días, aprovechando las mejores ventanas ambientales.
El equipo calcula que realizar las aplicaciones en el momento adecuado podría reducir hasta un 30% la cantidad de producto necesaria en determinadas situaciones y, fundamentalmente, mejorar la eficacia de los tratamientos.
La aeronave también abre otra posibilidad, como utilizarla para implantar cultivos de cobertura.
Una de las alternativas evaluadas es sembrar centeno de manera aérea antes de retirar completamente el cultivo, con el objetivo de mantener el suelo protegido.
En un suelo con más de 80% de arena, dejarlo desnudo puede significar perder rápidamente buena parte de lo conseguido.
Por eso, el manejo de los residuos y de la cobertura ocupa un lugar central.
Los técnicos buscan conservar material vegetal sobre la superficie para proteger el suelo y disminuir los procesos erosivos. Incluso las malezas secas cumplen temporalmente esa función hasta que puedan ser reemplazadas por cultivos de cobertura.
Cruz hizo especial hincapié en el tratamiento del rastrojo después de la cosecha y planteó la posibilidad de utilizar un rolado para dejar parte de los residuos semienterrados, una práctica que, según explicó, puede contribuir a mejorar la infiltración en las condiciones particulares de estos campos.








“Hay que aprender a leer las plantas”
Pero probablemente la principal enseñanza que dejó el mexicano no estuvo relacionada con una máquina, un fertilizante o un híbrido.
Estuvo relacionada con observar. “Hay que aprender a leer las plantas”, sostuvo Cruz, durante una entrevista con El Semiárido.
Su filosofía agronómica parte de una premisa sencilla: las recetas generales tienen un alcance limitado y las respuestas deben encontrarse observando sistemáticamente lo que ocurre en cada lote.
“Lo que no se mide no se puede mejorar”, afirmó durante la extensa jornada.
Cruz remarcó que la agricultura es demasiado compleja para esperar soluciones instantáneas y explicó que trabaja acompañado por un equipo de especialistas. Su método consiste en establecer primero un objetivo y luego medir, equivocarse, corregir y volver a medir.
Entre sus recomendaciones aparece incluso una práctica extremadamente sencilla, como la de arrancar plantas.
Sugiere extraer 100 o 200 ejemplares de un cultivo y observar detenidamente raíces, tallos y estructuras reproductivas. Allí, sostiene, pueden aparecer respuestas que muchas veces pasan inadvertidas cuando el diagnóstico se limita a mirar el lote desde arriba.
“La verdad está en la planta en el campo, no en los libros. La planta no miente”, fue otra de las definiciones que dejó durante la visita.
La presencia de Cruz en este rincón de San Luis tiene una explicación.
El mexicano construyó su trayectoria profesional precisamente enfrentando ambientes y planteos productivos de baja productividad.
Nacido en Jalisco y perteneciente a una familia de agricultores, comenzó trabajando sobre sistemas que producían aproximadamente 4,5 toneladas de maíz por hectárea. Mediante modificaciones tecnológicas y de manejo consiguió superar primero las 10 toneladas y posteriormente las 15.
Su trayectoria tomó dimensión internacional con su experiencia en China. Llegó allí en 2004 para trabajar sobre unas 20.000 hectáreas bajo riego en Mongolia Interior, próximas al desierto de Gobi. Los campos inicialmente rendían alrededor de 4,3 a 5 toneladas por hectárea y, de acuerdo con su relato, hacia 2008 alcanzaron un promedio de 15 toneladas sobre unas 22.000 hectáreas.
Posteriormente participó de nuevos proyectos y alcanzó rendimientos mucho mayores. Su marca más difundida internacionalmente es de 44,04 toneladas de maíz por hectárea.
Sin embargo, su mensaje apunta precisamente a no reducir esos resultados extraordinarios a una receta.
Su metodología integra genética, suelo, disponibilidad de agua, nutrición, maquinaria, precisión de siembra, sanidad y seguimiento permanente. La idea consiste en identificar cuál es el factor que limita la producción en cada ambiente y trabajar sobre él, en lugar de incrementar insumos indiscriminadamente.

“Este amigo está haciendo historia”
Cruz explicó también por qué decidió viajar hasta este remoto establecimiento puntano.
Su respuesta estuvo vinculada con la filosofía que encontró en Giacardi: intentar producir donde otros consideran que hacerlo es demasiado difícil.
“Encontré otro amigo con la misma visión, de que todo es posible”, señaló.
Y fue todavía más lejos al referirse a las consecuencias que podría tener el proyecto si consigue consolidarse.
“Este amigo está haciendo historia, porque esto va a abrir la oportunidad a un millón de hectáreas más”, afirmó.
La dimensión exacta de esa posibilidad deberá comprobarse con años de experiencias y resultados. Pero lo que ocurre en Don Eduardo muestra que la frontera agrícola puntana está siendo puesta a prueba en uno de sus ambientes más extremos.
En un lugar donde casi todo está por aprender, cada planta se convierte en una fuente de información y cada campaña, en un nuevo experimento.
Y allí radica quizá la parte más ambiciosa del proyecto de Giacardi: no solamente cosechar maíz en un ambiente considerado marginal, sino generar el conocimiento necesario para saber hasta dónde puede llegar la agricultura en el sur de San Luis.







