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Naschel: medir para ganar; la eficiencia puede duplicar la rentabilidad de los sistemas de cría

Victoria Anomale, docente de la Universidad Nacional de Río Cuarto y coordinadora de CREA Zona Centro, planteó en Naschel que la ganadería debe avanzar desde una mirada estrictamente productiva hacia una gestión empresarial. Con datos de establecimientos reales mostró que los sistemas más eficientes no solo generan mayores márgenes y rentabilidad, sino que también reducen el riesgo económico y las emisiones por kilo de carne producido.

La ganadería de cría puede ser mucho más rentable de lo que habitualmente se supone, pero para conseguirlo es necesario conocer con precisión qué ocurre dentro del establecimiento, medir los resultados y tomar decisiones sobre la base de indicadores productivos y económicos.

Ese fue uno de los principales conceptos que dejó Victoria Anomale durante la jornada “Ganadería: nuevas oportunidades en el negocio de la carne. Producción, Gestión, Ambiente”, realizada en el Centro Ganadero de Naschel y organizada por la Sociedad Rural del Valle del Conlara, el Centro Agrícola Ganadero Naschel, el INTA, el Ministerio de Desarrollo Productivo y Sustentable de San Luis y CARTEZ.

Anomale es docente de Producción Bovina en la Universidad Nacional de Río Cuarto, coordinadora de CREA Zona Centro y asesora privada. Desde hace alrededor de 15 años trabaja en diagnóstico y asesoramiento de sistemas ganaderos, con especialización en indicadores económicos, productivos y ambientales.

Su exposición llevó un título que sintetizó buena parte de su planteo, “Medir para mejorar: indicadores de un sistema eficiente y su relación con el ambiente”.

La especialista propuso mirar la ganadería desde una perspectiva empresarial. La diferencia, explicó, pasa por distinguir dos modelos que muchas veces se confunden, como tener hacienda como reserva de valor y producir carne buscando eficiencia.

Tenencia o producción: dos negocios diferentes

Anomale explicó que existen dos grandes fuentes de beneficio económico: el precio y la producción. Sobre la primera, el productor tiene una capacidad limitada de intervención; sobre la segunda, en cambio, puede tomar numerosas decisiones.

El negocio de tenencia consiste básicamente en conservar hacienda esperando una valorización del activo para concretar posteriormente una venta. Puede generar resultados importantes, pero esa ganancia no se materializa hasta que se vende.

El negocio productivo tiene otra lógica, la de generar más kilos de carne utilizando eficientemente los recursos y procurando reducir el costo por kilo producido.

Por eso, una de las preguntas centrales es qué indicadores conoce el productor de su propio establecimiento, cuántos kilos de carne produce por hectárea, cuál es su porcentaje de destete, cuál es la carga y cuánto capital necesita para obtener esos resultados.

La diferencia no es menor. Mientras un sistema basado fundamentalmente en la tenencia puede quedar muy expuesto a las variaciones del valor de la hacienda y de las condiciones ambientales, una empresa orientada a la producción busca estabilizar sus resultados mediante decisiones de manejo.

Para demostrarlo, Anomale presentó información obtenida de 91 casos CREA, con registros correspondientes a diez años.

Al separar los establecimientos con mejores indicadores productivos del resto de la población analizada apareció una diferencia contundente, los sistemas de mayor productividad alcanzaron una rentabilidad promedio cercana al 20%, mientras que el resto se ubicó alrededor del 10%.

En términos sencillos, por cada 100 unidades monetarias colocadas en el negocio, los establecimientos más eficientes generaron aproximadamente 20 de resultado, frente a 10 en el resto.

Pero hubo otro dato relevante. Dentro del período analizado, los establecimientos con mejores indicadores productivos no registraron años con rentabilidades negativas, mientras que entre los menos eficientes sí aparecieron ejercicios con pérdidas.

La conclusión planteada por Anomale fue que una mayor eficiencia productiva no solo mejora la renta, si no que también disminuye el riesgo.

La especialista profundizó el análisis mediante la comparación de dos modelos de cría.

Uno correspondió a un caso regional elaborado a partir de información oficial, con unas 2.100 hectáreas, 450 vacas, 70% de destete y primer servicio a los 24 meses. El segundo fue un establecimiento CREA real de Villa del Carmen.

La comparación permitió mostrar algo que a simple vista puede resultar contradictorio, como gastar menos no necesariamente significa ganar más.

El establecimiento de mayor eficiencia tenía mayores gastos directos por vientre debido a inversiones en suplementación, sanidad, inseminación y manejo. Sin embargo, terminaba obteniendo un resultado superior.

Según los cálculos presentados, el caso regional alcanzaba aproximadamente US$404 por vientre, mientras que el establecimiento más eficiente llegaba a alrededor de US$613.

Cuando el análisis incorporó todo el capital puesto en juego, la diferencia volvió a hacerse evidente. El caso regional alcanzaba una rentabilidad cercana al 19% antes de considerar el costo de oportunidad de la tierra y alrededor del 9% después de incorporarlo. En el sistema más eficiente, los valores presentados fueron aproximadamente 32% y 20%, respectivamente.

El ejemplo buscó demostrar que la pregunta empresarial no debería ser solamente cuánto se gasta, sino qué retorno produce cada peso invertido.

La cría y el peso de los costos fijos

Una particularidad de la cría bovina es su estructura de costos.

Anomale señaló que aproximadamente el 28% corresponde al personal y que alrededor del 54% de los gastos están vinculados con amortizaciones y estructura.

Son costos que existen independientemente de que una vaca produzca o no un ternero.

Esto diferencia a la cría de otras etapas de la cadena. En un corral de engorde, por ejemplo, una gran proporción de los costos está asociada directamente a la alimentación, si hay menos animales, buena parte de esos gastos desaparece. En la cría, en cambio, la estructura, la tierra, el personal y buena parte del mantenimiento permanecen.

Por esa razón, una vaca que no produce representa mucho más que un ternero menos.

La especialista cuestionó así una idea extendida en algunos establecimientos, que para mejorar el resultado de la cría necesariamente hay que gastar lo menos posible.

Su propuesta fue diferente, invertir donde exista una respuesta productiva y económica comprobable.

Entre todos los indicadores, Anomale colocó uno en el centro de la estrategia, el porcentaje de preñez.

La razón es sencilla. Una vaca consume buena parte de sus requerimientos independientemente de estar preñada o vacía. Según explicó, alrededor del 80% de lo que consume corresponde a necesidades que existirán produzca o no un ternero.

Por eso, mantener vientres improductivos significa utilizar alimento, tierra, personal y estructura sin generar el producto que finalmente sostiene los ingresos del sistema.

La especialista planteó como referencia aspirar a niveles cercanos al 90% de preñez y alrededor del 84% de destete, junto con bajos porcentajes de pérdidas entre la preñez, el parto y el destete.

Además del porcentaje de preñez, mencionó como indicadores fundamentales las mermas reproductivas, el porcentaje de destete y el peso de los terneros.

San Luis todavía tiene una amplia brecha para mejorar

La exposición incorporó datos especialmente relevantes para la ganadería puntana.

Según las cifras presentadas durante la jornada, a nivel nacional la relación ternero-vaca ronda actualmente el 70%. Para San Luis, el valor mencionado fue aproximadamente 62%.

Pero cuando el análisis se concentra en sistemas específicamente dedicados a la cría, los porcentajes señalados para algunas zonas de la provincia descienden hasta alrededor del 51% o 52%.

La distancia respecto de los objetivos planteados muestra el margen existente para mejorar la productividad sin que necesariamente sea necesario aumentar el número de vientres.

En otras palabras, una parte importante del crecimiento potencial de la producción ganadera podría provenir de lograr que una mayor proporción de las vacas existentes produzca efectivamente un ternero.

La nutrición y la condición corporal ocupan un lugar central dentro de esa estrategia.

Anomale explicó la relación existente entre las reservas corporales del vientre, la actividad hormonal y la capacidad de volver a ciclar y preñarse después del parto.

Los datos expuestos mostraron fuertes diferencias en las probabilidades de preñez según la condición corporal de las vacas. Una pequeña mejora en ese indicador puede traducirse en una diferencia considerable en los resultados reproductivos.

Allí vuelve a aparecer la lógica empresarial propuesta durante toda la charla.

Una suplementación puede representar un gasto adicional, pero si permite recuperar condición corporal y transformar una vaca potencialmente vacía en una vaca preñada, debe evaluarse por el ingreso adicional que genera y no solamente por el costo de comprar el alimento.

Lo mismo ocurre con una revisión veterinaria, un manejo reproductivo más intensivo o la contratación temporal de personal durante momentos críticos.

La eficiencia también tiene impacto ambiental

El análisis no quedó limitado a la rentabilidad.

A partir de trabajos que comparan sistemas con diferentes niveles de productividad, Anomale señaló que los establecimientos que producen más kilos de carne por animal tienden también a generar menos emisiones de gases de efecto invernadero por kilo producido.

El concepto resulta especialmente relevante ante el crecimiento de las exigencias ambientales y las discusiones sobre mercados de carbono.

Un rodeo con bajo porcentaje de destete mantiene durante todo el año animales que consumen recursos y generan emisiones, pero que finalmente no producen un ternero. Cuando mejora la eficiencia reproductiva, esas emisiones se distribuyen sobre una mayor cantidad de kilos de carne.

La misma relación aparece en los sistemas de recría e invernada: cuanto mayor es la ganancia diaria de peso, menor tiende a ser el peso relativo de los requerimientos de mantenimiento y, por lo tanto, las emisiones por unidad de producto.

Así, productividad, rentabilidad y desempeño ambiental dejan de aparecer necesariamente como objetivos contrapuestos.

Hacia el final de su presentación, Anomale resumió su propuesta en una idea sencilla: “Quien mide permanentemente, corrige permanentemente”.

Medir permite detectar dónde se pierde eficiencia. Y cuando un productor conoce un mal indicador, puede comenzar a trabajar para modificarlo.

Por eso, registrar porcentaje de preñez, destete, pérdidas, kilos producidos, carga animal, evolución del stock y costos deja de ser una tarea administrativa para convertirse en una herramienta para decidir.

La especialista comparó la evolución de los sistemas bovinos con una escalera. En los establecimientos que recién comienzan a profesionalizar su gestión, pequeños cambios pueden provocar mejoras importantes. A medida que aumenta la eficiencia, avanzar un escalón adicional requiere información cada vez más precisa.

El punto de partida, sin embargo, puede ser muy sencillo, saber cuántas vacas entraron al servicio, cuántas se preñaron, cuántos terneros llegaron al destete, cuántos kilos se produjeron y cuánto costó obtenerlos.

A partir de allí comienza otra forma de mirar el establecimiento.

El desafío planteado en Naschel fue, precisamente, pasar de administrar animales a gestionar una empresa ganadera, donde cada vientre, cada hectárea y cada peso invertido sean evaluados por su capacidad de producir resultados.

Y en una provincia como San Luis, donde los indicadores reproductivos expuestos muestran todavía una importante distancia respecto de los sistemas de alta eficiencia, esa brecha también representa una oportunidad, la de producir más carne con los recursos existentes, mejorar la rentabilidad y, al mismo tiempo, reducir el impacto ambiental por cada kilo producido.