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El monte no es el enemigo: proponen integrarlo a la ganadería para producir más y conservar el ambiente

El ingeniero forestal Marcelo Naval planteó en Naschel que la recuperación productiva de los campos no necesariamente pasa por eliminar el monte. Con descansos planificados, manejo de renovales, intervenciones selectivas y una mayor infiltración del agua es posible aumentar la oferta forrajera y, al mismo tiempo, conservar los servicios que brinda el bosque. Una experiencia expuesta durante la jornada mostró que una intervención de baja intensidad permitió pasar de menos de 500 a unos 5.000 kilos de oferta forrajera sin eliminar la estructura arbórea.

La relación entre monte y ganadería suele presentarse como un conflicto: donde avanzan los árboles y arbustos retrocede el pasto y, frente a esa situación, una de las respuestas productivas tradicionales ha sido intervenir intensamente el ambiente para abrir superficie destinada al ganado. Sin embargo, hay otra posibilidad: manejar el monte como un componente más del establecimiento y aprovechar sus funciones productivas en lugar de intentar eliminarlo.

Ese fue uno de los principales planteos realizados por el ingeniero forestal Marcelo Naval, vinculado a Ovis 21, durante una exposición en el Centro Agrícola Ganadero de Naschel. Su disertación, denominada “Monte y ganadería: un manejo integrado, no contra el monte”, formó parte de una jornada destinada a analizar nuevas oportunidades para el negocio de la carne desde la producción, la gestión, el ambiente y el mercado.

Naval propuso mirar el problema desde una perspectiva histórica. San Luis comparte características ambientales con la extensa región del Gran Chaco, un territorio donde los pastizales, sabanas, bosques y ambientes intermedios conformaron durante siglos un mosaico dinámico.

En ese paisaje actuaban factores naturales como los incendios, los ciclos de sequía e inundación y la herbivoría. Pero durante el último siglo esa dinámica sufrió modificaciones profundas. Según explicó, dos procesos tuvieron un papel determinante: el pastoreo continuo y la explotación forestal.

El primero redujo fuertemente el combustible fino y alteró la competencia entre pastos y especies leñosas. Al disminuir el componente herbáceo y la frecuencia del fuego, muchas leñosas encontraron condiciones favorables para avanzar sobre antiguos pastizales. A eso se sumó el ganado como dispersor de semillas.

La explotación forestal, mientras tanto, extrajo sucesivamente los individuos de mayor valor: primero los mejores rollizos y luego madera para postes, varillas, carbón y leña. En numerosos ambientes las tasas de extracción fueron superiores a la capacidad natural de recuperación del bosque.

El resultado fue, en muchos casos, un monte secundario degradado, con grandes cantidades de renovales y árboles jóvenes compitiendo entre sí, pero sin las condiciones necesarias para desarrollarse.

Cuando desmontar parece la única salida

El problema productivo aparece cuando ese monte degradado deja de ofrecer buena parte de los servicios que brindaba el ambiente original. Frente a esa situación, señaló Naval, durante las últimas décadas una salida frecuente fue transformar el monte en pasturas o, donde las condiciones lo permitieron, en agricultura.

Pero allí aparece una paradoja: ambientes degradados por décadas de utilización terminan eliminándose justamente porque ya no prestan los servicios productivos que alguna vez tuvieron.

El especialista recordó que San Luis también atravesó procesos históricos de intensa explotación forestal, entre ellos la extracción de leña destinada a alimentar el sistema ferroviario. Esos aprovechamientos dejaron huellas que todavía pueden observarse en la estructura de muchos montes.

La alternativa propuesta no consiste simplemente en “dejar el monte quieto”. En determinadas situaciones, advirtió, un renoval extremadamente cerrado puede permanecer durante décadas en una condición prácticamente estancada. Para recuperar su dinámica necesita intervención, pero una intervención diseñada en función de objetivos concretos.

El descanso del pastizal, una herramienta central

Uno de los puntos destacados fue la relación entre el manejo del pastoreo y el avance de las leñosas.

Los pastos constituyen uno de los principales competidores de los renovales. Por eso, un pastizal debilitado por pastoreo permanente deja más oportunidades para que árboles y arbustos ocupen espacio.

Naval citó experiencias en las que la planificación del pastoreo y los períodos de descanso produjeron cambios significativos. En uno de los trabajos mencionados, la cobertura de leñosas bajas se redujo del 44% al 22%, mientras mejoraron otros indicadores del pastizal.

Pero el beneficio no se limita a la vegetación. También alcanza al funcionamiento del suelo y, particularmente, al aprovechamiento del agua.

En los datos presentados durante la exposición, sitios sin descanso registraron una infiltración de aproximadamente 46 milímetros por hora, mientras que en aquellos con descanso alcanzó unos 76 milímetros por hora. Al mismo tiempo, el suelo desnudo aumentó bajo condiciones de pastoreo sin descanso y disminuyeron tanto la cobertura de broza como el carbono del suelo.

La diferencia resulta especialmente importante en ambientes semiáridos.

No alcanza con saber cuántos milímetros llueven sobre un campo. Lo decisivo es cuánto de esa precipitación logra ingresar efectivamente al perfil y quedar disponible para las plantas.

En un establecimiento que recibe 500 milímetros anuales, por ejemplo, la compactación y la escasa cobertura pueden provocar que una proporción importante del agua escurra fuera del lote. El resultado es una suerte de aridez generada por el propio manejo.

La propuesta es exactamente la inversa: procurar que la mayor cantidad posible de la lluvia quede dentro del suelo.

Mirar el monte como se mira un rodeo

Naval utilizó una comparación particularmente gráfica para explicar cómo debería cambiar la mirada sobre el bosque.

Un productor ganadero no observa únicamente cuántos animales tiene. Analiza la estructura del rodeo: vacas, vaquillonas, terneros, animales de reposición y diferentes categorías. Con esa información decide cuáles conservar, cuáles vender y cómo sostener productivamente la población en el tiempo.

Con el monte, sostuvo, debería hacerse algo parecido.

Una formación forestal también constituye una población estructurada, integrada por ejemplares jóvenes, intermedios y adultos. Sin embargo, tradicionalmente se prestó atención fundamentalmente a la cantidad de árboles o al porcentaje de cobertura, sin analizar suficientemente cómo está compuesta esa población.

Desde esa perspectiva, extraer sistemáticamente los mejores ejemplares y conservar solamente los árboles envejecidos o de menor calidad constituye una selección inversa que deteriora progresivamente el recurso.

El manejo forestal debería apuntar, en cambio, a aprovechar parte del crecimiento sin destruir la capacidad futura de producción.

No todos los disturbios son iguales

Otro concepto desarrollado durante la exposición fue el de “disturbio”. Un rolado, el pastoreo, un incendio o una corta forestal constituyen disturbios, pero eso no significa que necesariamente sean positivos o negativos.

Lo importante es cómo se realizan.

Naval planteó que cualquier intervención debería analizarse a partir de variables como intensidad, severidad, frecuencia, selectividad y superficie afectada. De esa manera, el productor puede decidir cuánto material retirar, qué ejemplares conservar, cada cuánto repetir el tratamiento y sobre qué sectores trabajar.

La diferencia puede ser enorme.

Durante la jornada presentó una experiencia realizada en el Chaco semiárido sobre un monte cerrado cuya oferta forrajera era inferior a 500 kilos. Mediante un rolado de baja intensidad, con maquinaria de menor tamaño, personal capacitado y una intervención previamente diseñada, la producción promedio de forraje alcanzó aproximadamente 5.000 kilos durante siete años, con una reducción menor al 3% del área basal.

Es decir, según los datos expuestos, fue posible multiplicar fuertemente la disponibilidad forrajera sin necesidad de eliminar la estructura arbórea.

Además, las intervenciones menos intensivas prolongaron los tiempos antes de tener que volver a trabajar sobre el renoval. Mientras los rolados intensivos podían requerir nuevas intervenciones después de tres o cuatro años, los tratamientos más conservadores extendieron ese período hasta seis o siete años.

Producir debajo del árbol

La idea que atraviesa el planteo es que el árbol no necesariamente representa superficie perdida para la producción ganadera.

Una copa ubicada varios metros por encima del suelo puede aportar sombra, cobertura, materia orgánica y bienestar animal sin ocupar el mismo espacio que una masa de arbustos cerrados a baja altura.

Por eso, la intervención debería concentrarse en aquello que verdaderamente limita el desarrollo del estrato herbáceo, en lugar de remover indiscriminadamente toda la vegetación leñosa.

El objetivo pasa por recuperar una estructura de monte funcional: árboles de diferentes edades, espacios para el crecimiento de pasturas y un suelo cubierto que pueda captar agua.

En ese esquema también pueden jugar un papel especies animales con hábitos diferentes. Los bovinos consumen principalmente el estrato herbáceo, mientras que animales ramoneadores, como las cabras, pueden contribuir al control de determinadas especies arbustivas.

Cosechar sin destruir la fábrica

Hacia el final de su exposición, Naval sintetizó buena parte del concepto con una idea sencilla: cosechar el incremento.

Si un monte produce determinada cantidad de biomasa cada año, el aprovechamiento debería guardar relación con esa capacidad de reposición. Extraer por encima de ese crecimiento implica consumir el capital productivo y deteriorar progresivamente la estructura que permite seguir generando madera, forraje y otros servicios.

“Desarmás la estructura y te perdés la fábrica”, resumió durante su exposición al explicar la necesidad de ajustar la tasa de cosecha a la capacidad de crecimiento del sistema.

La misma lógica puede trasladarse al pastizal. El desafío consiste en combinar los pulsos de pastoreo con descansos suficientes para que las plantas recuperen vigor, mantengan cobertura y protejan el suelo.

De esa interacción depende también la resiliencia del establecimiento durante los años climáticamente adversos.

Del ambiente al mercado

La conservación del monte puede tener, además, consecuencias que exceden la productividad dentro del campo.

Naval señaló que comienzan a aparecer mercados y regulaciones que incorporan la deforestación dentro de sus requisitos comerciales. Durante su exposición mencionó específicamente la normativa impulsada por la Unión Europea para exigir que determinados productos comercializados en ese mercado puedan demostrar que no provienen de superficies recientemente deforestadas.

Entre las cadenas alcanzadas mencionó a la carne, la soja y los productos forestales.

También señaló la posibilidad de que los sistemas que conservan y recuperan ambientes puedan acceder en el futuro a mecanismos vinculados con el mercado de carbono. En ese sentido, explicó que trabajan en el desarrollo de un programa denominado “Remonte”, orientado a capturar parte de esos beneficios.

Sin embargo, el planteo central no pasa por modificar el sistema exclusivamente para obtener una certificación ambiental o un ingreso adicional.

La prioridad, según explicó, es lograr campos que funcionen mejor: con mayor oferta de servicios ecosistémicos, más eficiencia productiva y mayor capacidad para soportar años difíciles.

Definir primero qué campo se quiere tener

Para Naval hay una decisión previa a cualquier rolado, desarbustado o intervención forestal: establecer qué paisaje se pretende construir.

Antes de contratar una máquina y decidir qué eliminar, el productor debería preguntarse cómo quiere que sea ese campo dentro de diez, veinte o más años.

A partir de ese objetivo pueden definirse las herramientas.

El desafío, entonces, deja de ser una batalla contra el monte. Pasa a ser una tarea de manejo: decidir qué árboles conservar, cuáles aprovechar, cómo fortalecer el pastizal, cuánto descanso necesita, cómo recuperar la infiltración del agua y cuándo intervenir sobre los renovales.

En una región donde monte y ganadería comparten territorio desde hace generaciones, la propuesta expuesta en Naschel apunta a cambiar una pregunta histórica. Ya no se trata solamente de cuánto monte hay que sacar para producir, sino de cómo manejarlo para que vuelva a formar parte de la producción.