Inicio Agricultura Drones agrícolas en San Luis: la tecnología avanza, pero la eficiencia depende...

Drones agrícolas en San Luis: la tecnología avanza, pero la eficiencia depende de cómo se aplica

El ingeniero agrónomo Facundo Menta advirtió que incorporar drones pulverizadores no garantiza por sí solo mejores tratamientos. Durante una jornada organizada por Tecnoplant en Las Barranquitas, San Luis, explicó que medir el tamaño y distribución de las gotas, regular cada equipo, controlar el viento y trabajar correctamente los caldos son factores decisivos para aprovechar una tecnología que gana terreno en el agro.

La irrupción de los drones agrícolas está modificando la forma de realizar aplicaciones de fitosanitarios, pero detrás de la autonomía, la velocidad de trabajo y la posibilidad de operar con bajos volúmenes aparece un desafío que resulta mucho menos visible, como lograr que cada tratamiento sea realmente eficiente.

Ese fue uno de los ejes planteados por el ingeniero agrónomo y asesor privado Facundo Menta, representante de la firma Better Drop, durante la jornada desarrollada en el establecimiento Los Algarrobitos, de Juan Pablo Ruggeri, en Las Barranquitas, San Luis. Allí, Tecnoplant reunió a productores, técnicos y especialistas para mostrar en acción la nueva generación de drones agrícolas DJI que comenzó a comercializar. La actividad fue presentada por Alfredo Cartellone, representante de Tecnoplant en San Luis desde hace 18 años, y contó además con la presencia de Walter Cereda, socio gerente de la empresa mendocina con 40 años de trayectoria.

Menta puso el foco en un aspecto que considera fundamental, antes de discutir qué tecnología es mejor, hay que saber cómo se está aplicando.

El especialista trabaja generando y contrastando información sobre aplicaciones de fitosanitarios realizadas con aviones, pulverizadoras terrestres y drones. Según explicó, el avance de estos últimos volvió a colocar en primer plano una discusión que durante mucho tiempo permaneció relegada: la calidad con la que se realizan los tratamientos.

Para Menta, el primer cambio que deben realizar productores, técnicos y operadores es comenzar a medir.

Una de las herramientas más sencillas y económicas son las tarjetas hidrosensibles, que permiten conocer qué ocurre realmente con las gotas una vez que salen del equipo.

No se trata, aclaró, de evaluar cada aplicación de una campaña, sino de dedicar tiempo a regular la máquina y comprender cómo responde ante diferentes configuraciones. En un dron, por ejemplo, modificar el tamaño de gota resulta relativamente sencillo, pero saber qué tamaño utilizar y comprobar cómo se distribuye a lo ancho de la pasada requiere mediciones.

El mismo principio se aplica a las pulverizadoras terrestres. Una boquilla puede producir gotas grandes, con menor riesgo de deriva pero menor cobertura, mientras otra puede generar gotas pequeñas, mejorar la cobertura y aumentar al mismo tiempo determinados riesgos. La clave es conocer qué produce cada configuración y utilizarla de acuerdo con el tratamiento que se pretende realizar.

Menta remarcó que los drones obligaron a mirar con mayor atención estas variables debido, entre otros factores, a su limitada capacidad de carga. A diferencia de una pulverizadora terrestre, el equipo aéreo necesita trabajar con bajos volúmenes para conservar eficiencia operativa.

El gran desafío: distribuir de manera uniforme

Uno de los mayores retos de los drones pulverizadores aparece en la uniformidad de distribución.

El objetivo, explicó Menta, es que diferentes tarjetas colocadas a lo ancho de la faja de aplicación reciban cantidades similares de gotas. De poco sirve establecer una dosis determinada por hectárea si una parte de la superficie recibe más producto y otra, menos.

Para alcanzar esa uniformidad entran en juego numerosas variables: altura de vuelo, velocidad de avance, tamaño de gota, ancho de trabajo y condiciones ambientales.

Incluso dos drones configurados aparentemente de la misma manera pueden entregar resultados distintos. El peso del equipo, la potencia y características de las hélices y hasta el nivel de carga del tanque modifican el comportamiento del flujo de aire y, en consecuencia, la trayectoria y distribución de las gotas.

Por eso, según Menta, no existe una receta única que pueda trasladarse automáticamente de un modelo de dron a otro.

Entre las variables disponibles, la velocidad de avance adquiere una importancia especial. A medida que cambia, también se modifica la interacción entre las gotas y el flujo descendente generado por las hélices. En cultivos bajos o aplicaciones sobre barbechos, esa relación resulta determinante para conseguir una distribución más uniforme.

Producto, objetivo y ambiente

Menta resumió la regulación de una aplicación alrededor de tres grandes factores: el producto utilizado, el objetivo que se busca alcanzar y las condiciones ambientales.

Esos elementos deben definir, entre otras cuestiones, el tamaño de gota.

Una gota pequeña permite multiplicar la cantidad de impactos con un mismo volumen de caldo. El especialista explicó que una gota de 400 micrones equivale, en volumen, a ocho gotas de 200 micrones. Reducir el diámetro permite entonces aumentar fuertemente la cobertura.

Pero mayor cantidad de gotas no significa necesariamente una mejor aplicación.

Los productos sistémicos requieren una cantidad de impactos menor que aquellos que actúan por contacto. Según los parámetros expuestos durante la jornada, un producto sistémico puede requerir aproximadamente entre 20 y 30 impactos por centímetro cuadrado, mientras que uno de contacto demanda alrededor de 50 a 70.

El objetivo del tarjeteo, por lo tanto, no debería ser obtener una tarjeta visualmente cargada de gotas, sino comprobar si se alcanzó la cobertura necesaria para que el producto utilizado cumpla su función.

Menos agua puede significar más autonomía

Durante su exposición, Menta mostró un ejemplo concreto realizado con un dron T50.

En una primera configuración se trabajó con 15 litros por hectárea, tres metros de altura, 7,5 metros de ancho de trabajo, una velocidad de 35 kilómetros por hora y una selección de 100 micrones. El resultado fue cercano a 293 impactos, con un diámetro volumétrico medio de 122 micrones.

Para un tratamiento con productos sistémicos, semejante cantidad de impactos era ampliamente superior a la necesaria.

El inconveniente estaba en otro lugar: gotas tan pequeñas restringían la ventana ambiental disponible para trabajar debido al riesgo de desplazamiento lateral.

La regulación fue modificada aumentando el tamaño de las gotas. Con 400 micrones seleccionados en el equipo y manteniendo inicialmente los 15 litros por hectárea, la cantidad de impactos descendió hasta alrededor de 100, todavía por encima de lo requerido.

A partir de allí se redujo el volumen hasta aproximadamente 7 litros por hectárea. Los impactos bajaron a 42, pero continuaron siendo suficientes para el tratamiento planteado.

El cambio tuvo una consecuencia operativa relevante: al reducir prácticamente a la mitad el volumen utilizado por hectárea, el dron pudo incrementar sustancialmente su autonomía entre recargas y cambios de batería.

El ejemplo permitió mostrar uno de los conceptos centrales de la exposición: no siempre agregar agua mejora una aplicación. La combinación entre volumen, tamaño de gota y cobertura requerida puede permitir trabajar con menos litros y aumentar la capacidad operativa sin resignar eficacia.

El viento, la variable que manda

La utilización de gotas finas y medias también obliga a prestar especial atención a las condiciones ambientales.

Para Menta, entre todas las variables que debe controlar un operador de drones, el viento ocupa el primer lugar.

No alcanza con conocer su intensidad: también hay que determinar dirección, rachas y comportamiento durante el tratamiento. El vuelo debe planificarse considerando hacia dónde se desplazarán las gotas y cómo se producirá la superposición entre pasadas.

El especialista llamó además la atención sobre una situación que puede resultar contraintuitiva: el viento cero tampoco representa necesariamente una condición segura.

En momentos de calma, especialmente hacia el final de la tarde, pueden producirse inversiones térmicas. Bajo esas condiciones, las gotas pequeñas pueden permanecer suspendidas y desplazarse fuera del objetivo.

Por ese motivo, la recomendación fue abandonar evaluaciones visuales —como observar si se mueven o no las hojas de los árboles— y utilizar instrumental que permita conocer y registrar las condiciones ambientales en tiempo real.

El caldo también define el resultado

La regulación del vuelo constituye apenas una parte del proceso.

Menta dedicó especial atención al armado del caldo, la calidad del agua, el orden de incorporación de productos, la compatibilidad de las mezclas y la limpieza de los equipos.

El punto adquiere todavía mayor relevancia cuando se trabaja con bajos volúmenes.

Una de las particularidades de los drones es que sus tanques no cuentan, en general, con sistemas de agitación equivalentes a los disponibles en una pulverizadora terrestre. Frente a esa limitación, Menta señaló la importancia de trabajar con un mixer externo, preparar correctamente el caldo y reducir al mínimo el tiempo entre la carga y la aplicación.

La agitación es particularmente importante cuando intervienen formulaciones poco solubles. De no mantenerse homogénea la mezcla, parte del producto puede depositarse en el fondo del tanque, generando primero sobredosificaciones y luego aplicaciones con concentraciones menores a las buscadas.

Por esa razón, las pruebas de compatibilidad a pequeña escala pasan a ser una herramienta fundamental antes de realizar mezclas complejas.

La calidad del agua, desde el comienzo

Otro punto destacado fue la calidad del agua.

Menta recomendó analizarla para conocer, entre otras características, su dureza y realizar las correcciones necesarias antes de incorporar los fitosanitarios.

El orden resulta fundamental. Si existe un problema de dureza, el corrector debe actuar sobre el agua antes de que ingresen los productos susceptibles de verse afectados.

El caso más conocido es el glifosato, cuya eficacia puede disminuir frente a determinados niveles de dureza debido a la presencia de calcio y magnesio.

La lógica vuelve a ser la misma: ningún factor aislado necesariamente explica el éxito o fracaso de un tratamiento, pero la acumulación de pequeños errores puede terminar comprometiendo el resultado.

Coadyuvantes y bajo volumen

La concentración de productos que implica trabajar con pocos litros por hectárea también obliga a prestar atención a la estabilidad de las mezclas.

Menta mostró ejemplos de combinaciones de herbicidas en las que aparecían precipitados después de pocos minutos y cómo, bajo determinadas condiciones, el agregado previo de un coadyuvante adecuado podía contribuir a mantener estable la preparación.

Sin embargo, remarcó que el coadyuvante no reemplaza una correcta regulación.

Su función es acompañar y respaldar una decisión técnica previamente adoptada: puede ayudar a modificar la dinámica de las gotas, mejorar retención y contacto, reducir extremos en la distribución de tamaños y favorecer la estabilidad de determinadas mezclas.

En aplicaciones de bajo volumen, sostuvo, estas herramientas adquieren una importancia creciente.

No todo puede aplicarse con bajo volumen

La búsqueda de eficiencia tampoco debe transformarse en una carrera para reducir indefinidamente los litros por hectárea.

Menta advirtió que existen formulaciones que necesitan una determinada cantidad de agua para hidratarse, incorporarse al caldo y distribuirse homogéneamente.

Una mezcla puede no funcionar con cinco litros por hectárea y resultar viable con 15.

Por eso, el criterio no debería ser bajar volumen simplemente porque el equipo lo permite, sino encontrar la configuración adecuada para cada situación.

“No ajustar por ajustar, ajustar con sentido”, fue uno de los conceptos que atravesó la explicación.