Investigaciones desarrolladas en San Luis demuestran que las pasturas de alfalfa, los cultivos de cobertura y una mejor nutrición animal permiten disminuir significativamente la huella de carbono sin afectar la productividad.
La producción agropecuaria de las regiones semiáridas enfrenta el desafío de aumentar su eficiencia en un contexto marcado por el cambio climático, la escasez hídrica y la degradación de los recursos naturales. En este escenario, un reciente informe técnico elaborado por investigadores del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) San Luis aporta evidencia científica sobre prácticas capaces de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y, al mismo tiempo, mejorar la productividad de los sistemas agropecuarios.
El trabajo, titulado “Estrategias para la mitigación de gases de efecto invernadero en sistemas agropecuarios de la región semiárida central de Argentina”, sintetiza más de una década de investigaciones realizadas en la provincia de San Luis y forma parte de iniciativas nacionales e internacionales orientadas a promover una agricultura climáticamente inteligente.
Los especialistas Juan Cruz Colazo, María Laura Guzmán y Paramsothy Jeyakumar analizaron distintos sistemas productivos para determinar su capacidad de capturar carbono, reducir emisiones y adaptarse a las condiciones ambientales propias de las zonas semiáridas.
Uno de los principales hallazgos del estudio demuestra que las pasturas perennes basadas en alfalfa constituyen una herramienta estratégica para aumentar las reservas de carbono orgánico del suelo.
Los ensayos, realizados cerca de Villa Mercedes sobre suelos arenosos manejados bajo siembra directa, compararon sistemas de alfalfa pura, alfalfa consociada con agropiro y agricultura continua con rotaciones agrícolas.
Los resultados mostraron que la alfalfa pura registró los mayores niveles de carbono almacenado tanto en superficie como en profundidad. El sistema acumuló 25,5 toneladas de carbono por hectárea hasta un metro de profundidad, superando ampliamente a los sistemas agrícolas continuos.
Además, las mediciones indicaron que la incorporación de alfalfa no incrementó las emisiones de óxido nitroso, uno de los gases de efecto invernadero más relevantes en agricultura. Según los investigadores, las condiciones de baja humedad y escaso contenido de carbono presentes en estos suelos limitaron los procesos biológicos responsables de la generación de este gas.

Cultivos de cobertura
Otro de los ejes centrales del informe se concentró en evaluar el efecto de los cultivos de cobertura sobre la huella de carbono de las rotaciones agrícolas.
La investigación se desarrolló en el establecimiento Don Andrés, en Tilisarao, donde durante cinco años se compararon sistemas agrícolas con y sin cultivos de cobertura.
Los resultados fueron contundentes. Mientras los lotes sin cobertura actuaron como emisores netos de gases de efecto invernadero, aquellos que incorporaron cultivos de cobertura lograron convertirse en sumideros netos de carbono.
El principal factor responsable de esta mejora fue el aumento del carbono almacenado en el suelo. Los investigadores destacan que estas prácticas permiten mantener una mayor actividad fotosintética durante el año, capturando más carbono atmosférico y favoreciendo la sustentabilidad de los sistemas agrícolas de secano.
Mejor nutrición animal
El informe también profundiza en uno de los principales desafíos ambientales de la ganadería, como las emisiones de metano producidas durante la fermentación ruminal.
Para ello, se evaluó el comportamiento de novillos alimentados con distintos tipos de dietas, desde heno de alfalfa de diferente calidad hasta sistemas intensivos basados en maíz.
Los resultados evidenciaron que los animales alimentados con alfalfa de alta calidad lograron mayores ganancias de peso y menores emisiones por kilogramo producido. La intensidad de emisión de metano se redujo aproximadamente un 45% respecto de los animales alimentados con forrajes de menor calidad.
Asimismo, los sistemas de terminación con dietas energéticas basadas en grano de maíz mostraron una disminución de la producción de metano debido a cambios en los procesos de fermentación dentro del rumen.
Los análisis estadísticos confirmaron una estrecha relación entre la calidad de la dieta y la eficiencia ambiental. Cuanto mayor fue la digestibilidad del alimento y la ganancia de peso obtenida, menor resultó la huella de carbono de la producción.
Uno de los mensajes más relevantes que surge del trabajo es que la intensificación productiva no necesariamente implica mayores impactos ambientales.
Por el contrario, los investigadores sostienen que la denominada “intensificación sostenible” permite producir más utilizando mejor los recursos disponibles y reduciendo las emisiones por unidad de producto.
En agricultura, los cultivos de cobertura incrementan la captura de carbono y mejoran la salud del suelo. En ganadería, una alimentación de mayor calidad transforma con mayor eficiencia la energía consumida en carne, disminuyendo las pérdidas en forma de metano.
El estudio también aporta datos locales que permiten mejorar los inventarios nacionales de gases de efecto invernadero y diseñar políticas públicas más precisas para las regiones semiáridas.
Según los autores, contar con factores de emisión desarrollados bajo condiciones reales de producción en Argentina permite reemplazar estimaciones globales que muchas veces no reflejan adecuadamente las particularidades de los sistemas productivos locales.
Las conclusiones son claras. Las pasturas de alfalfa incrementan el carbono del suelo sin aumentar las emisiones de óxido nitroso; los cultivos de cobertura convierten a los sistemas agrícolas en captadores netos de carbono; y una adecuada nutrición bovina constituye la herramienta más efectiva para reducir las emisiones de metano. En conjunto, estas estrategias muestran que es posible avanzar hacia una producción agropecuaria más resiliente, competitiva y comprometida con la mitigación del cambio climático.












