Hijo de un veterinario y una docente, el ingeniero agrónomo construyó su vida en el sur de San Luis. Entre los aprendizajes de la empresa familiar, los desafíos de producir carne en el semiárido y la tranquilidad de criar a sus hijos en un pueblo, cuenta una historia de trabajo y pertenencia.
Nicolás Villa nació en Capital Federal, pero sus raíces están en Arizona. Allí creció, descubrió el campo de la mano de su padre y regresó después de estudiar para construir su propio camino. Allí también formó una familia y hoy ve a sus hijos disfrutar de una libertad que reconoce como uno de los grandes valores de la vida en el pueblo.
Su lugar de nacimiento tiene una explicación familiar, Su mamá, porteña, viajaba a Buenos Aires para cada parto y después volvía al sur puntano. Así ocurrió con los cinco hermanos, Federico, Nicolás, Carolina, Sabrina y Julieta. La vida cotidiana, sin embargo, transcurría en Arizona, donde ella trabajaba como docente y su padre ejercía como veterinario.
“Siempre mi relación con el campo fue muy cercana gracias a mi papá”, recordó en diálogo con El Semiárido. Aquel vínculo se fue afirmando mientras su padre alquilaba las primeras chacras y, con el tiempo, lograba comprar pequeñas propiedades. Para Nicolás, acompañarlo era también una manera de aprender un oficio y acercarse al mundo que más adelante elegiría como profesión.
A fines de los años noventa, continuar los estudios implicaba dejar el pueblo. La educación virtual todavía no era una posibilidad y las distancias pesaban en las decisiones familiares. Su hermano mayor ya estaba en Villa Mercedes y Nicolás siguió ese destino para cursar Ingeniería Agronómica.
Vivió seis años en esa ciudad. Se adaptó, disfrutó la carrera y mantuvo el vínculo con la empresa familiar durante los fines de semana y los veranos. El regreso al campo nunca fue, por eso, una vuelta a un lugar del que se hubiera desprendido del todo.









Su incorporación formal a la empresa llegó alrededor de 2004. Para entonces, la actividad había crecido a partir de la sociedad de su padre con un tío. Pero el título universitario y el apellido no resolvían todo, había que asumir responsabilidades y demostrar capacidad.
“Primero, a ganarme un lugar”, resumió.
Una de sus primeras tareas fue trabajar en el desarrollo de un campo de cría sobre monte natural. Había que instalar acueductos, aguadas y mangas; construir la infraestructura necesaria para ponerlo en producción. Fueron años de aprendizaje concreto, de esos en los que cada decisión termina encontrando su medida en el terreno.
En aquella etapa, la empresa contaba con unas 15.000 hectáreas de campos criadores en el bosque de caldén y otras 2.000 hectáreas laborables en Arizona y La Verde. Nicolás fue sumándose también al manejo agrícola, siempre con un propósito definido, el de producir alimento para transformarlo en carne.
La incorporación de la siembra directa fue uno de los cambios más importantes. Según relató, al comenzar prácticamente no se utilizaba en la empresa; hoy alcanza entre el 80 y el 90% de la superficie destinada a siembra. La transición demandó años de pruebas y ajustes en una zona donde el agua condiciona cada planteo.
El resultado, evaluó, fue una mayor estabilidad en la producción de granos y forrajes para la cría, la recría y el engorde.
Prepararse para los meses difíciles
Una división societaria programada modificó recientemente la estructura de la empresa. La familia dejó de trabajar los campos criadores del oeste y concentró su actividad en los establecimientos agrícolas y ganaderos de Arizona y La Verde.









Ahora atraviesa una etapa de reorganización y crecimiento del stock, con la cría como prioridad, seguida por la recría. El engorde queda sujeto a la disponibilidad de excedentes de alimento.
Alrededor de la mitad de la superficie se sostiene sobre pasturas, principalmente alfalfa. El esquema se completa con verdeos de verano e invierno, sorgos y algunos maíces para consumo directo o diferido. Los rollos de alfalfa y los silos de maíz y sorgo permiten atravesar los períodos de menor oferta forrajera.
En el semiárido, esa previsión es decisiva. Las lluvias se concentran en primavera y verano; el invierno suele llegar con frío, sequedad y una fuerte caída en el crecimiento del pasto.
“El agua de lluvia y el buen uso del agua de lluvia en los lotes de agricultura para producir forraje, para producir carne, es la clave”, explicó.
Cuidar el suelo, conservar humedad y hacer reservas forman parte de una misma tarea, sostener a los animales cuando el campo produce menos. El viento y la erosión eólica también obligan a trabajar con atención en un ambiente que exige conocer sus tiempos.
Una familia, un pueblo y una forma de vivir
En ese recorrido, Nicolás destaca el acompañamiento de su familia y el intercambio con amigos, vecinos y colegas. Los vínculos de la facultad siguen presentes, al igual que las conversaciones con profesionales de San Luis y La Pampa para compartir experiencias y evaluar nuevas prácticas.
Pero el arraigo también se construye fuera del trabajo. Su esposa es de Arizona y allí crían a sus dos hijos. En un pueblo de unos 800 habitantes, reconoce, muchas actividades requieren viajar y otras encuentran una solución a través de la tecnología. Sus chicos, por ejemplo, estudian inglés de manera virtual con profesores de otro lugar.







A cambio, la infancia conserva escenas que él valora especialmente: salir en bicicleta, caminar con amigos y jugar por el pueblo.
“Son cosas que en una ciudad son impensadas”, señaló.
En esas pequeñas libertades aparece una parte de su elección de vida. Arizona es el lugar del trabajo y de los desafíos productivos, pero también el de los afectos, los recuerdos familiares y la infancia de sus hijos.
Villa considera que el sur de San Luis tiene margen para mejorar su producción. Ve oportunidades en el aprovechamiento de los lotes agrícolas y también en el manejo ganadero del caldenal, aunque advierte que este ambiente tiene límites naturales que deben reconocerse.
Una mejor distribución del agua, potreros adecuados y pastoreos planificados son algunas de las herramientas que menciona. También señala dificultades, como los caminos y los problemas de abastecimiento de agua en determinados establecimientos.
Su mirada reúne la experiencia de etapas difíciles y la confianza en una región que conoce desde chico. Para quien evalúe producir allí, su invitación es directa: “Que venga, que la zona es muy noble, muy buena”.
Sabe que habrá momentos complicados. También sabe que los desafíos forman parte de ese vínculo con el campo que comenzó junto a su padre y que hoy continúa, con responsabilidades propias y una familia que vuelve a echar raíces en el mismo pueblo.












