En el corazón del pedemonte puntano, donde el paisaje se vuelve promesa y el viento baja desde las sierras como un susurro antiguo, la joven bodega Pietro In Bramasole escribió un capítulo que quedará grabado en la memoria de la vitivinicultura provincial, Su primer encuentro de enoturismo, una jornada que combinó historia familiar, pasión por la tierra y el orgullo de producir vinos orgánicos reconocidos en el mundo.
La convocatoria reunió a invitados, amantes del vino y curiosos que llegaron con la expectativa de conocer una experiencia distinta. Lo que encontraron fue mucho más que una visita guiada. Fue el relato vivo de una familia que decidió plantar sueños en una tierra desafiante y transformar el paisaje en identidad.
En el kilómetro 2,5 de la Autopista 25 de Mayo, en cercanías de la ciudad de La Punta, el pedemonte de las Sierras Centrales abraza la llanura y crea un escenario natural que parece diseñado para la contemplación. Allí, entre el verde intenso de las hileras de vid y la inmensidad del cielo puntano, late un emprendimiento que desafió pronósticos y prejuicios.
El nombre Pietro In Bramasole, que puede interpretarse como “fuerte como la roca en el lugar que anhela el sol”, refleja el espíritu que sostiene el proyecto. No es solo una denominación, es una declaración de principios.
Ese espíritu quedó reflejado en cada detalle del primer encuentro de enoturismo, donde los visitantes pudieron recorrer el viñedo, conocer el proceso productivo y escuchar de primera mano la historia que dio origen a este emprendimiento familiar.
Los invitados fueron recibidos por Judith Cangiano, enóloga y responsable integral del proyecto, quien lidera cada etapa del proceso, desde la producción de las uvas varietales hasta la elaboración y el envasado de los vinos. A su lado, su esposo José Agustín Ruta, comparte la visión y el compromiso que permitió convertir una idea en una realidad concreta.









La escena resultaba conmovedora. Los cuarteles prolijamente alineados se extendían como una alfombra verde, bajo el celoso cuidado de Pedro Omar Morán, encargado del manejo diario del viñedo. Nada parecía librado al azar. Cada planta, cada surco y cada sistema de riego evidenciaban que aquí no hubo improvisación, sino una decisión firme sostenida por el trabajo constante.
Durante la jornada, los visitantes pudieron recorrer los lotes, observar el estado sanitario de las plantas y conocer el sistema de riego por goteo que se abastece del acueducto que conduce agua cruda hacia la ciudad de La Punta, un recurso esencial provisto por San Luis Agua.
La historia de este viñedo comenzó a gestarse en 2018, cuando la familia decidió apostar por la vitivinicultura en un territorio que, hasta hace pocos años, parecía ajeno a la tradición del vino.
El camino no fue sencillo. Dos años después de iniciado el proyecto, el mundo se detuvo por la pandemia. Sin embargo, el sueño no se frenó. En medio de la incertidumbre global, la familia siguió adelante con una convicción que hoy se vuelve ejemplo.
En 2021 se concretó la plantación. Y en 2023 llegó la primera cosecha, un momento que marcó un antes y un después para el emprendimiento.
Fueron exactamente 6.558 plantas, un número que Judith recuerda con precisión y emoción.
“Seis mil quinientas, me acuerdo patente”, comenta con una sonrisa que mezcla orgullo y nostalgia.
Cada planta simboliza un desafío superado, una decisión tomada y una esperanza sembrada.
El viñedo está compuesto por cinco variedades cuidadosamente seleccionadas: Cabernet Franc, Cabernet Sauvignon, Ancellotta, Pinot Noir y Malbec. Las plantas fueron adquiridas en viveros especializados de Mendoza e implantadas a pie franco, una técnica que permite preservar características varietales con identidad propia.
Durante el recorrido del encuentro enoturístico, los visitantes pudieron observar cada uno de los cuarteles y conocer las particularidades de cada cepa. Las explicaciones técnicas se mezclaban con anécdotas personales, generando un clima cercano y profundamente humano.
Cada hilera contaba una historia, la del primer brote, la de las primeras heladas superadas, la de las lluvias esperadas y la de las vendimias que fueron marcando el crecimiento del proyecto.
El esfuerzo tuvo su recompensa cuando los vinos orgánicos elaborados en este viñedo obtuvieron una medalla de oro en un certamen internacional, un reconocimiento que no solo consolidó la calidad del producto, sino que también posicionó a San Luis como un nuevo actor en la vitivinicultura argentina.
Ese logro fue uno de los momentos más celebrados durante el encuentro de enoturismo. No se trató solo de un premio, fue la confirmación de que el camino elegido era el correcto.
La emoción se percibía en cada palabra y en cada mirada. Para quienes integran el proyecto, el galardón representa la validación de años de trabajo silencioso y perseverante.
El primer encuentro de enoturismo no fue solo una actividad promocional. Fue el inicio de una nueva etapa para la bodega y para la región.
La jornada permitió a los visitantes experimentar el vino desde su origen, entender la relación entre el suelo, el clima y la mano humana, y descubrir que detrás de cada botella existe una historia que merece ser contada.
El recorrido culminó con degustaciones guiadas, donde los aromas y sabores confirmaron lo que el paisaje ya anticipaba, que en estas tierras se está gestando una identidad vitivinícola propia.
El entusiasmo de los asistentes dejó en claro que el enoturismo tiene un enorme potencial en la provincia de San Luis, un territorio que combina paisajes únicos con proyectos productivos innovadores.
Para la familia que dio vida a Pietro In Bramasole, el vino no es solo una bebida, es una herencia emocional.
Cada racimo simboliza el esfuerzo compartido, la paciencia y la fe en que el trabajo bien hecho siempre encuentra recompensa. El primer encuentro de enoturismo se convirtió así en una celebración colectiva, donde los visitantes fueron testigos de una historia que sigue escribiéndose.
La jornada terminó entre brindis, risas y promesas de volver. El sol comenzaba a caer detrás de las sierras y el viento volvía a recorrer las hileras de vid, como si quisiera llevarse consigo los ecos de una experiencia inolvidable.
Porque en este rincón del pedemonte puntano, 6.558 plantas no son solo vides, son sueños enraizados en la tierra, creciendo hacia el futuro y abriendo caminos para una nueva forma de vivir el vino en San Luis.











