Inicio Agricultura Soja y maíz en San Luis: el estudio que revela cuándo sembrar...

Soja y maíz en San Luis: el estudio que revela cuándo sembrar para ganar más y arriesgar menos

Un equipo de investigadores del INTA y el CONICET simuló 50 años de clima en tres zonas de la provincia para medir cómo influyen la fecha de siembra, el tipo de suelo y la recarga hídrica en los rendimientos de ambos cultivos.

La expansión agrícola en la Argentina ha cambiado la fisonomía de vastas regiones del país. Lo que en los años noventa parecía impensado, la soja avanzando sobre suelos de baja disponibilidad hídrica, hoy es una realidad consolidada. Y el maíz, otrora relegado a zonas más húmedas, también se abrió paso en territorios donde cada milímetro de lluvia cuenta. El semiárido central, con San Luis como epicentro, es el mejor ejemplo de esta transformación productiva.

En ese contexto, un equipo de investigadores encabezado por Maximiliano Riglos (INTA San Luis), junto a José Luis Mercau (INTA AER San Luis) y María Elena Otegui (CONICET-INTA Pergamino, FAUBA), se propuso responder una pregunta crucial: ¿qué variabilidad de rendimientos puede esperarse en soja y maíz en ambientes con limitaciones hídricas, según la fecha de siembra, el tipo de suelo y el nivel de recarga de agua al inicio de la campaña?


Los números marcan la magnitud del proceso. En el país, la soja pasó de 5,7 millones de hectáreas en 1994 a más de 18,7 millones en 2011, mientras que el maíz saltó de 2,3 millones en 2009 a 8,7 millones en 2022. San Luis no fue la excepción: aquí la soja creció de apenas 3.500 hectáreas en 1999 a casi 400 mil en 2013, y el maíz, de 63.500 hectáreas en 2010 a más de 446 mil en 2024, según datos de la Secretaría de Agricultura. Hoy, la provincia suma alrededor de 1 millón de hectáreas bajo agricultura, con soja y maíz ocupando más del 70% del área cultivada.

Pero este boom tiene un desafío central: producir con agua escasa y variable.

“Notamos que el retraso de la fecha de siembra siempre favoreció a maíz, siempre subió el piso y no cambió tanto el techo de rendimiento respecto a una siembra temprana, y en soja sí subió mucho el piso, pero retrasar la siembra te penalizan los años muy buenos en donde quizá podrías con una siembra temprana aspirar a rendimientos más altos”, sintetizó Riglos para Todo Un País.

Los resultados de la investigación fueron presentados en el reciente congreso de la Asociación Argentina de Siembra Directa (Aapresid), realizado en la Sociedad Rural Argentina.

Un experimento virtual a 50 años

El trabajo de Riglos y su equipo utilizó modelos de simulación CERES y CROPGRO del sistema DSSAT, parametrizados para híbridos y variedades representativos: DK 72-10 en maíz y NA 5009 en soja. Con ellos, se recrearon 50 años de clima (1971-2021) en Villa Mercedes, bajo condiciones de secano y diferentes escenarios de manejo: tres fechas de siembra, temprana, intermedia y tardía; tres suelos contrastantes, Buena Esperanza (150 mm de capacidad de almacenamiento), Cramer (220 mm) y Granville (240 mm), y tres niveles de recarga hídrica inicial, húmedo, moderado y seco.

La simulación permitió medir la respuesta de cada cultivo en diferentes combinaciones de factores.

Los resultados mostraron que el maíz obtiene consistentemente mejores pisos y techos de rendimiento con siembras tardías. En otras palabras, sembrar más tarde reduce el riesgo de obtener rindes bajos y, a la vez, aumenta las chances de alcanzar valores altos.

Soja: una estrategia con matices

En el caso de la soja, la siembra tardía también elevó los pisos productivos, aunque con una particularidad: en cerca del 40% de los años, en suelos con alta retención de agua y con recargas moderadas a húmedas, las fechas tempranas o intermedias lograron mejores techos de rendimiento.

Esto indica que la soja es más sensible a la interacción entre suelo y humedad inicial, y que no siempre “esperar” para sembrar garantiza mejores resultados.

El tipo de suelo fue determinante. En los de mayor capacidad de retención (como Granville y Cramer), las siembras tardías mostraron un contraste aún más marcado, reduciendo el riesgo de bajos rendimientos tanto en maíz como en soja.

Otro dato clave: al 1 de octubre, los perfiles del suelo estuvieron húmedos (80-100% de agua útil) en 2 de cada 3 años en Buena Esperanza y en 1 de cada 3 años en Cramer y Granville. Esa condición inicial redujo significativamente el riesgo de las siembras tempranas.

Los investigadores destacaron que estos resultados son insumos valiosos para diseñar estrategias de manejo agronómico adaptadas al semiárido central.

Entre las conclusiones se destaca que el maíz se beneficia más que la soja de la siembra tardía; el suelo y la recarga hídrica inicial condicionan fuertemente la respuesta, y monitorear el perfil de agua al inicio de cada campaña es clave para reducir riesgos.

Además, Riglos y su equipo señalaron que otros factores, como la evaluación de genotipos de distinto ciclo o el manejo del nitrógeno, también serán decisivos para mejorar la productividad en estos ambientes.

El estudio no sólo aporta números, sino que también deja un mensaje. En la agricultura del semiárido, la planificación debe basarse en información y escenarios posibles, más que en recetas únicas.

El desafío no es menor. Con una agricultura que ya cubre un millón de hectáreas en San Luis y que sigue avanzando, entender la interacción entre siembra, suelo y agua será el eje que marque la diferencia entre campañas de buenos resultados y años de frustraciones productivas.