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Necesidad o deseo – Nuestra cotidianidad en tiempos de Covid-19

En el discurrir de nuestras vidas la palabra «deseo» fue bastante maltratada. Diría que condenada. Para quienes estamos pisando los 60 estaba casi prohibida. Sobre todo aquéllos que abrevamos de una educación conservadora. En los diálogos familiares casi que no se la podía mencionar porque era «pecado».

Y dado que introduje la palabra pecado, cuando nos enseñaban las primeras herramientas de la religión Católica aparecía el deseo como mala palabra. Dónde? en los diez mandamientos. Uno de ellos lo mencionaba explícitamente: «no desearás la mujer de tu prójimo», es decir, en términos actuales, la «icardiada» está prohibida. Ahora lo modificaron por «no cometerás adulterio». Pero a nosotros nos lo enseñaron de la forma dicha en primer término.

En el décimo, expresa: «no codiciarás los bienes ajenos». Decir eso o expresar «no desearás…» es más o menos igual. De entrada, nomás, te enseñaban que «desear» estaba prohibido. Esa proposición, repetida durante años, se grababa a fuego en nuestro interior y la «voz de la conciencia» actuaba inmediatamente cuando la charla encaraba para el lado del deseo. De eso no se habla.


El uso de la palabra deseo, al menos en mi experiencia, quedó atrapado -sobre todo- en el idioma de la sexualidad. Otra cuestión prohibida allá por los años 70 y parte de los 80. La expresión del cuerpo estaba reservada sólo para el mundo del espectáculo, la actuación, el arte dramático. Para los comunes estaba reprimido. La mujer debía llegar al matrimonio vestida de blanco, es decir, no había mantenido relaciones sexuales con su novio (símbolo de época).

Como anécdota puedo comentar que en una oportunidad tenía una novia en una ciudad distinta de donde vivía. Cuando la iba a visitar me mandaban a dormir a la casa de su hermana, casada ya, porque no se debía dormir juntos. De nuevo, el deseo censurado.

¿Qué palabra comenzamos a utilizar para reemplazar a «deseo»? pues, «necesidad». Era más versátil, no tenía oposición, era amigable, su utilización no molestaba. El «yo necesito» pasó a reemplazar al «yo deseo».

Pero el capitalismo siempre mete la cola. En esa época la publicidad tuvo una explosión en los medios de comunicación disponibles, dado que los elementos tecnológicos experimentaron un avance exponencial. El ensamble de sonidos e imágenes, ya sea en el lenguaje de la gráfica, la radio o de la televisión invitaban a adquirir cuanto producto se ofrecía. Nos llamaban y nos decían: «vení, comprame».

Y acá aparece la confusión. Lo que se ofertaba y se oferta para su compra o para la utilización de determinado servicio, se lo propone como una necesidad imperiosa de la cual no se puede ni debe zafar. Cuando, en realidad, constituye un deseo, que expresado como necesidad, borra los límites existentes entre uno y otro y esa frontera indeterminada produce una fuerte confusión en el inconsciente colectivo y en el mundo interno del común de los mortales.

Sumado a este aspecto, la sociedad comenzó a abrir los límites de lo permitido y todo lo que padecimos en los años 70 y principios de los 80 quedó reducido a un mal recuerdo. Desear desde la corporalidad comenzó a ser un término de uso común y con aceptación tanto desde lo discursivo cuanto desde los hechos. Ergo, hoy la sexualidad se habla y se ejerce desde la adolescencia (habría que establecer una convención sobre la edad de la adolescencia, pero este no es el espacio).

¿Dónde se esconde la palabra deseo? pues en la comercialización. Todo lo que se oferta es desde la necesidad. Hoy te ofertan un celular desde la necesidad. Empezaste a juntar peso sobre peso. cuando lo adquiriste ya apareció un modelo que lo supera y te genera una frustración porque lo que compraste ya es «viejo». No te detienes a analizar el servicio que presta, sino que la publicidad te recuerda que ya hay un aparato que supera al que compraste. Alto fracaso se siente. A remar de nuevo…

O, si no, no necesitaste juntar peso sobre peso, sino que lo compraste en 12 cuotas. Es decir, lo tienes ya. Ahhh… qué satisfacción. Lo querías, lo tuviste. Pero… a la cuota 6 ya apareció un modelo superador del que tienes. También se vive como alta frustración. En definitiva, el sistema te tiene atrapado, te obliga a comprar, te mantiene siempre endeudado y te frustra porque nunca (y acá la palabra nunca está bien utilizada) llegás a la cima. Siempre te corre los límites para que sientas la angustia de no poder poseer lo deseado (o lo necesitado, según el sistema).

Eso ocurre si no nos detenemos a pensar. La vertiginosidad y la aceleración de la actividad y de los tiempos que vivimos no nos permiten visualizar, analizar, ponderar muchas de las acciones que realizamos, sobre las que elegimos hacerlas, pero que, muchas veces, no nos detenemos a pensar el porqué de la decisión tomada.

Esta nota fue motivada por la llamada de un amigo. Cuando le pregunté qué hacía, entre otras actividades a las que hizo mención, me dijo:

– Estoy haciendo bicicleta fija.

– Ah. Qué bien. ¿Practicas siempre? le pregunté.

-No, ahora. para ocupar el tiempo. Hace como 10 años que la tengo. No la usaba. La utilizaba como perchero en la habitación porque no sabía dónde ubicarla.

– ¿Cómo fue que la compraste? le repregunté.

– Fue cuando hubo una oferta y muchísima gente la compró. Un embole porque la usé un mes y me cansé. Me aburrí. La dejé. Ahora retomé.

– ¿Vas a continuar cuando termine todo esto?

– No. Seguro que la vuelvo a utilizar como perchero… (fin de la charla)

Este simple extracto nos permite observar la diferencia entre la necesidad y el deseo. ¿Cuántos objetos materiales tenemos en casa y no utilizamos? ¿Cuántas veces nos hemos embarcado en compras que con el tiempo nos dimos cuenta que era un sinsentido? ¿Tenemos la voluntad para ponernos a analizar cuáles de los objetos que nos rodean en el mundo-hogar forman parte de nuestra necesidad y de nuestro deseo?

Tiempo de pandemia. Tiempo de coronavirus. Tiempo de cuarentena. Tiempo para detenerse a pensar. Hacerlo, es una elección acertada. Dejar pasar este momento implica seguir viviendo con anteojeras. Por supuesto, si no hay una mirada y un accionar crítico respecto del funcionamiento de la sociedad que nos contiene.

La salida de esta situación debe encontrar una persona con la suficiente capacidad y voluntad de analizar y distinguir qué es necesario y qué es deseo en su propia vida; y a una sociedad que mida los estragos que le estamos propinando al planeta como consecuencia de no frenar el deseo y empiece a ralentizar sus movimientos porque, de continuar como el mundo ingresó en la pandemia, chocaremos y nos autodestruiremos.

Sergio Garis