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La cantera olvidada donde la cal forjó un pueblo y hoy nace otro futuro

Ubicado entre Naschel y Villa del Carmen, el campo El Tala del Carrizal guarda una historia tan intensa como poco conocida. Inmigración, auge minero, desarrollo social y, hoy, conservación. Juan Magrini reconstruye el pasado de la cantera de cal que supo emplear a más de 200 personas y transformar la región, mientras impulsa un nuevo modelo productivo basado en la ganadería Hereford y el respeto por el ambiente.

En el corazón serrano de San Luis, sobre la Ruta Provincial 22, a la altura del kilómetro 12, se extiende un paisaje que hoy transmite calma y silencio. Sin embargo, detrás de esa postal natural se esconde una historia de trabajo intenso, crecimiento económico y transformación social que marcó a toda la región. Se trata del campo El Tala del Carrizal, donde una antigua cantera de cal fue, durante décadas, el motor de una pequeña comunidad.

Juan Magrini, actual propietario del establecimiento reconstruye ese pasado con la precisión de quien heredó no solo la tierra, sino también los relatos de quienes la habitaron antes. “La historia de nuestro campo es también la historia de una época”, resumió para Todo Un País, al describir un período que se remonta a las primeras décadas del siglo XX.


Todo comenzó entre 1910 y 1920, cuando un inmigrante suizo, conocido como Gerohe, llegó a la zona y fundó la estancia La Suiza. Fue él quien identificó el potencial mineral del lugar y puso en marcha la explotación de una cantera de cal ubicada al este del actual campo. La calidad del producto pronto trascendió los límites locales y posicionó a la zona como un punto de referencia en la producción calera.

En aquellos años, la actividad rural tenía características muy distintas a las actuales. El ganado, prácticamente salvaje, exigía métodos de manejo extremos. Para ello se construyeron corrales de piedra de dimensiones imponentes, con muros altos, sólidos, levantados con esfuerzo manual y materiales del lugar. Esas estructuras, que aún permanecen en pie, son hoy un testimonio tangible de la dureza del trabajo en esa época.

Con el paso del tiempo, Gerohe decidió vender parte de sus tierras, dando lugar a una nueva etapa. Una porción significativa fue adquirida por Francisco Albarracín, un empresario de gran influencia económica que llevó la explotación minera a su máximo desarrollo. Desde la década de 1940 hasta mediados de los años 60, la cantera vivió su auge, generando empleo y dinamizando toda la región.

Albarracín no solo expandió la actividad, sino que también consolidó un verdadero polo productivo. Llegó a emplear a más de 200 personas, en una época en la que el trabajo era completamente manual. La extracción, procesamiento y cocción de la cal se realizaban con técnicas rústicas, con hornos alimentados a leña, herramientas básicas y una logística sostenida por el esfuerzo humano.

La demanda de leña era tan alta que el propio Albarracín adquiría campos exclusivamente para abastecer los hornos. Su visión iba más allá de una explotación puntual, ya que recorría distintos territorios en busca de indicios minerales y, cuando detectaba potencial, invertía en nuevas tierras para expandir el negocio.

Ese movimiento económico transformó radicalmente la vida en El Tala. Lo que hoy es un paraje tranquilo, en aquel entonces funcionaba como un pequeño pueblo. Contaba con hotel, parada de colectivos, presencia policial e incluso una escuela rural dentro del campo. Las construcciones, muchas de ellas levantadas con piedra local mediante técnicas de pirca, dotaban al lugar de una identidad arquitectónica singular.

El crecimiento fue tal que, con el tiempo, se donaron tierras para la construcción de una nueva escuela, inaugurada en 1972. La educación, al igual que el empleo, formaba parte de una dinámica social impulsada directamente por la actividad minera.

Sin embargo, como ocurre con muchos ciclos productivos, el auge tuvo un final. Hacia mediados de los años 60, el yacimiento de cal se agotó y la actividad comenzó a declinar. La cantera quedó como un vestigio de lo que fue, mientras la región iniciaba un proceso de transformación.

Décadas más tarde, en el año 2000, la familia Magrini adquirió el campo al hijo de Albarracín. Fue él mismo quien transmitió muchas de las historias que hoy permiten reconstruir ese pasado. “Nos contó cómo era la vida, el trabajo, la magnitud de lo que había sido esto”, recordó Juan.

Actualmente, la cantera permanece inactiva y presenta un escenario tan atractivo como riesgoso. Las formaciones y cavidades generadas por la explotación representan un peligro potencial de derrumbes, por lo que el acceso está restringido. Lejos de reactivar la actividad, la familia tomó una decisión diferente, preservar.

El objetivo es convertir ese sector en una reserva faunística de entre 10 y 15 hectáreas, permitiendo que la naturaleza recupere gradualmente el espacio intervenido durante décadas. “Queremos proteger la flora y la fauna, sin seguir alterando ese ambiente”, explicó Magrini, marcando un cambio de paradigma respecto al uso histórico del lugar.

Ganadería de elite

Pero la historia del campo no se detiene en su pasado minero. En paralelo, el establecimiento se proyecta hacia el futuro con una propuesta productiva basada en la ganadería. Juan Magrini, de 26 años, lidera una cabaña de reproductores Hereford, bajo un modelo adaptado a las condiciones serranas.

El joven productor vive en Las Higueras, cerca de Río Cuarto, pero pasa la mayor parte del tiempo en el campo, donde administra unas 730 hectáreas, de las cuales 600 corresponden a zona de sierra. Esto implica que solo alrededor del 30% de la superficie es plenamente productiva, lo que exige una planificación eficiente.

La base del sistema es la cría, recría y producción genética de Hereford, una raza que ha demostrado una notable adaptabilidad a las condiciones de monte, sequía y pastizales naturales. La genética utilizada proviene de una línea con más de 30 años de desarrollo, iniciada en 1987 en Tandil por Fernando Hernández.

“Hoy estamos muy enfocados en producir genética. Sabemos que nuestro valor agregado es la adaptación al ambiente”, destacó Magrini. En ese sentido, el sistema se complementa con la producción de rollos de alfalfa y cultivos como maíz, sorgo y mijo, destinados a la alimentación invernal del rodeo.

El contraste entre el pasado y el presente es marcado. Donde antes hubo explotación intensiva de recursos minerales, hoy se busca equilibrio con el entorno. Donde alguna vez funcionó un núcleo poblacional impulsado por la minería, hoy se desarrolla una actividad ganadera sustentable.

El Tala del Carrizal es, en definitiva, mucho más que un campo. Es un espacio donde conviven distintas etapas de la historia productiva argentina, la inmigración europea, el auge de las economías extractivas, el desarrollo rural y, en la actualidad, una mirada orientada a la conservación y la producción responsable.

En ese cruce de tiempos, la vieja cantera permanece como símbolo. Un recordatorio de lo que fue, pero también un punto de partida para pensar lo que viene.