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Ganadería regenerativa: productores de San Luis comenzaron a cobrar por capturar carbono en sus campos

El programa SARA concretó los primeros pagos por créditos de carbono generados a partir del manejo regenerativo de establecimientos ganaderos. En San Luis, tres productores ya recibieron sus primeros ingresos. El sistema combina planificación del pastoreo, medición de indicadores ambientales y tecnología para convertir la regeneración de los suelos en una fuente adicional de rentabilidad.

Un nuevo capítulo comenzó a escribirse para la ganadería de San Luis: productores de la provincia empezaron a recibir ingresos por los créditos de carbono generados a partir del manejo regenerativo de sus campos. El hecho constituye un hito para una actividad que durante años estuvo asociada principalmente a la producción de carne y que ahora incorpora también la generación de servicios ecosistémicos como una posibilidad concreta de negocio.

El anuncio fue realizado por Juan Castro, ingeniero agrónomo y técnico del nodo WITRU de Ovis 21 en San Luis, quien destacó que tres productores puntanos ya cobraron durante la última semana sus primeros bonos de carbono. El proceso forma parte del programa SARA —Programa de Ganadería Regenerativa Sudamericana— desarrollado por Ruuts junto con Ovis 21 y Anthesis.


“Lo que pasó esta semana como hito histórico fue que los primeros productores en San Luis cobraron por primera vez bonos de carbono en base al manejo de la ganadería”, explicó Castro.

Según la información del programa, SARA se convirtió en el primer programa de ganadería regenerativa a escala sudamericana en pagar a productores por créditos de carbono generados en sus establecimientos. El mecanismo comenzó a funcionar luego de que el programa alcanzara la primera emisión de créditos verificados —VCUs— bajo la metodología VM0042 de Verra.

Un premio al manejo del campo

Para Castro, uno de los aspectos centrales del sistema es que el bono de carbono no aparece como un ingreso aislado, sino como una consecuencia de un proceso productivo que busca mejorar el funcionamiento del establecimiento.

“El sistema de bonos exige un nivel de información y de recolección de datos muy exhaustivo. Eso te va a servir para cobrar los bonos, pero, a su vez, te sirve para manejar mejor y conocer mejor tu sistema”, señaló.

De allí surge, según el técnico, una lógica de “ganar-ganar”: el productor recibe una compensación económica por el carbono capturado, pero al mismo tiempo obtiene información que le permite conocer con mayor precisión la evolución de su campo.

El programa se apoya en el Manejo Holístico, una herramienta de planificación y gestión del pastoreo que busca integrar los resultados económicos del establecimiento con el ambiente y la calidad de vida de las personas.

La propuesta apunta a recuperar procesos biológicos del suelo. La ecuación planteada por Castro es directa: mejor suelo, mejor pasto y, finalmente, mayor producción de carne.

San Luis, un territorio con margen para regenerar

La posibilidad de avanzar con este tipo de manejo adquiere particular importancia en San Luis por las características de buena parte de sus sistemas productivos.

Castro considera que la provincia no necesariamente enfrenta una dificultad mayor para regenerar sus campos. Por el contrario, la fragilidad de muchos ambientes implica también que exista un margen significativo para recuperar productividad.

“Muchos están más rotos”, explicó el ingeniero, al referirse a campos que atravesaron procesos de deterioro y, en algunos casos, fueron incorporados a la agricultura en zonas que no presentan condiciones naturales para sostener una agricultura intensiva.

En ese escenario, la ganadería puede convertirse en una herramienta de recuperación. “Esos lotes agrícolas que se estaban rompiendo se pueden empezar a acomodar con ganadería”, sostuvo.

La mirada parte de una concepción en la que los animales cumplen un papel fundamental dentro de los ecosistemas pastoriles. “La solución pasa por las vacas, porque así lo plantea la naturaleza”, resumió Castro.

La regeneración no implica necesariamente alcanzar los mismos niveles productivos de las zonas más favorecidas del país. Pero, justamente por las características de los sistemas más marginales, pequeñas mejoras pueden tener un impacto económico significativo.

Castro señala que incrementos del orden del 30% pueden ser difíciles de conseguir en sistemas muy ajustados de la Pampa Húmeda, mientras que en ambientes con mayores niveles de deterioro existe un margen mucho más amplio para mejorar.

En San Luis, esa posibilidad comienza a despertar interés tanto entre grandes empresas como entre pequeños productores.

“Las empresas grandes que miran números ya se dieron cuenta hace un tiempo”, explicó. Pero también observa movimiento entre productores de menor escala, incluso propietarios de establecimientos de apenas 100, 150 o 300 hectáreas.

El regreso de pequeños productores a la ganadería

Uno de los ejemplos mencionados por Castro refleja ese cambio de perspectiva.

Se trata de un trabajador municipal que posee unas 150 hectáreas que permanecían prácticamente abandonadas y que eran utilizadas principalmente para extraer leña o cazar. Al analizar la posibilidad de incorporar ganadería, comenzó a evaluar el potencial de mantener unas 30 vacas y producir entre 20 y 25 terneros.

La conclusión del productor fue que esa actividad podría representar un ingreso comparable, e incluso superior, al que obtiene actualmente con su trabajo.

Para Castro, situaciones como ésta demuestran que el proceso no solamente se está produciendo “desde arriba”, impulsado por empresas que analizan sus números, sino también “desde abajo”, entre pequeños propietarios que empiezan a encontrarle un nuevo valor productivo a tierras que permanecían subutilizadas.

A esa transformación se suma un contexto que, según Castro, presenta condiciones favorables para realizar inversiones ganaderas.

La relación entre el precio de la hacienda, los insumos y el costo de determinadas obras de infraestructura genera una oportunidad para mejorar los establecimientos. El técnico menciona particularmente las inversiones necesarias para alambrados y aguadas.

Pero aclara que no todo pasa por la infraestructura.

“El desafío es invertir en cosas duras, pero sobre todo en proceso”, plantea. Es decir, en la gestión del pastoreo y en la planificación del uso del recurso forrajero.

En algunos casos será necesario mejorar la infraestructura para comenzar a manejar adecuadamente el campo. En otros, el productor puede iniciar el proceso a partir de un cambio en la forma de administrar el pastoreo.

El objetivo final es recuperar el funcionamiento biológico del suelo y, a partir de allí, mejorar la producción ganadera.

Medir para demostrar que el campo se regenera

Uno de los pilares del programa es la medición. La regeneración, sostiene Castro, no puede quedar solamente en una percepción visual o en una declaración de principios.

“No se puede hablar de regeneración si no se puede medir”, afirmó.

El sistema de SARA incorpora un esquema de Medición, Reporte y Verificación (MRV) que combina monitoreo ecológico, modelización de carbono y conocimiento de campo. Los técnicos de la red de nodos realizan mediciones sobre indicadores como biodiversidad, cobertura del suelo, infiltración de agua y carbono almacenado en el suelo.

Los datos son registrados mediante una aplicación de monitoreo integrada con imágenes satelitales. Esa combinación permite establecer una trazabilidad sobre la evolución de cada establecimiento y convertir los resultados ambientales en créditos de carbono verificables.

209.244 créditos verificados

El programa SARA ya alcanzó una escala significativa. Según la información proporcionada, se emitieron 209.244 créditos de carbono verificados (VCUs) bajo la metodología VM0042 de Verra.

Una parte de esos créditos ya fue colocada en el mercado, mientras que el volumen restante se encuentra disponible para nuevos compradores.

El primer ciclo de comercialización representó US$1,2 millones vendidos, cobrados y distribuidos a través de SARA, mientras que el valor promedio generado para el productor en esta primera etapa fue estimado en US$27 por hectárea.

El programa, además, plantea una meta ambiciosa: alcanzar desembolsos del orden de US$30 millones anuales para 2030.

La experiencia de productores que ya participan del programa muestra que el carbono no constituye necesariamente el único beneficio económico del modelo.

El caso de Gerardo Fioritti, productor de establecimientos ubicados en la Depresión del Salado, es presentado como ejemplo. Desde 2019 aplica pastoreo planificado y, de acuerdo con la información del programa, logró aumentar la carga animal y mejorar indicadores de salud del suelo y los pastizales sin recurrir a insumos.

En su primer año dentro de SARA, registró una fijación promedio cercana a tres toneladas de carbono por hectárea por año y comenzó a recibir los primeros pagos por los créditos comercializados.

La experiencia refuerza la idea de que la ganadería regenerativa busca unir tres objetivos que durante mucho tiempo fueron analizados por separado: producir carne, recuperar el suelo y generar ingresos por servicios ambientales.

Para San Luis, donde amplias superficies ganaderas enfrentan restricciones ambientales y productivas, el desarrollo de este mercado puede abrir una nueva alternativa para mejorar la rentabilidad de los establecimientos y, al mismo tiempo, recuperar recursos naturales.

El desafío, ahora, será ampliar la cantidad de productores que puedan incorporarse al sistema, sostener los procesos de medición y verificación y demostrar que la regeneración puede convertirse, además de una herramienta ambiental, en una estrategia económica de largo plazo.

La llegada de los primeros pagos a productores puntanos marca, en ese sentido, un punto de inflexión: el carbono que se captura en el suelo comienza a tener un valor económico concreto para la ganadería de San Luis.