Pietro In Bramasole, la historia de una familia que plantó 6.558 sueños al pie de las sierras y logró una medalla de oro internacional con vinos orgánicos nacidos en San Luis.
En el kilómetro 2,5 de la Autopista 25 de Mayo, donde el pedemonte de las Sierras Centrales abraza la llanura y el viento chorrillero acaricia las hileras verdes, late un proyecto que nació de la pasión y se convirtió en orgullo puntano. Allí se alza Pietro In Bramasole, un viñedo que, fiel a su nombre, “fuerte como la roca en el lugar que anhela el sol”, desafía al semiárido y escribe una de las historias más emotivas de la nueva vitivinicultura de San Luis.
El equipo de El Semiárido fue recibido por Judith Cangiano, enóloga y responsable integral del proyecto, desde la producción de uvas varietales hasta la elaboración y envasado, junto a su esposo, José Agustín Ruta. Los cuarteles prolijamente alineados, bajo el celoso cuidado de Pedro Omar Morán, reflejan que aquí no hay improvisación, sino convicción, trabajo y una decisión familiar que cambió el destino de estas tierras.
“Primero fue la pasión por el vino”, confiesa Judith. “Sabíamos que teníamos la tierra y queríamos forestarla, trabajarla en familia. Nos preguntamos: ¿qué ponemos? Y apareció la idea del viñedo”.
Antes de plantar, hicieron lo imprescindible, un estudio de suelo. La respuesta fue afirmativa. La tierra puntana estaba lista. El proyecto comenzó a gestarse en 2018. Dos años después, la pandemia atravesó al mundo, pero no frenó el sueño. En 2021 se concretó la plantación y en 2023 llegó la primera cosecha.
Fueron exactamente 6.558 plantas, “6.500, me acuerdo patente”, dice Judith con una sonrisa, distribuidas en cinco cepas, Cabernet Franc, Cabernet Sauvignon, Ancellotta, Pinot Noir y Malbec. Las variedades llegaron desde Mendoza y fueron implantadas a pie franco, con riego por goteo abastecido por el acueducto que conduce agua cruda hacia la ciudad de La Punta, provista por San Luis Agua.





El sistema es costoso, pero indispensable. En el semiárido, el agua no es un detalle, es el límite entre el sueño y la frustración. “El gran problema es el agua”, advierte Pedro Morán, encargado del viñedo y hombre de campo de toda la vida. “Cuando hay un año seco, la planta la necesita y no hay. Entonces hay que medir, repartir, sostenerla. No tiene el agua que debería tener. Y eso se siente”.
Sin embargo, la ubicación estratégica ofrece ventajas naturales. El cordón serrano protege de heladas y los vientos autóctonos secan rápidamente la humedad, reduciendo la aparición de hongos y evitando fumigaciones. El resultado, uvas orgánicas, sin agroquímicos, y una vinificación natural.
Los números cuentan una historia de crecimiento sostenido. En 2023, la primera cosecha rindió 4.200 kilos. En 2024, 6.200. En 2025, 8.500. Y en 2026, la cuarta vendimia alcanzó los 15.816 kilos, según describió Ruta.
Pero el objetivo no es producir más, sino mejor. Con la poda estratégica de Pedro, buscan estabilizar el volumen para preservar la calidad. “Queremos fruta de excelencia, no cantidad”, subrayan.
Cada cosecha es manual. Desde las seis de la mañana hasta la noche, la familia entera participa. No hay maquinaria industrial. Hay cuidado extremo para que el racimo no se golpee ni se fermente antes de tiempo. Es un trabajo artesanal, a pulmón y con brazo partido, como dicen ellos.








La sorpresa que emocionó
Cuando embotellaron por primera vez, quisieron saber dónde estaban parados. Presentaron sus vinos en el concurso internacional VINUS, una cata ciega que reúne más de 1.500 etiquetas de Argentina, Chile, España y otros países.
El resultado fue inesperado y contundente, medalla de oro en su primera cosecha. La Ancellotta obtuvo 94 puntos. El Pinot Noir también se destacó. Dos cepas poco habituales en la provincia dieron el puntaje más alto.
“En San Luis somos el único viñedo con Pinot Noir y Ancellotta”, explican. Y fueron precisamente esas variedades las que sorprendieron al jurado internacional. La tierra puntana habló por sí sola.
Cada etiqueta encierra un homenaje. El vino insignia, Pietro, es un bivarietal de Cabernet Franc y Cabernet Sauvignon. Su nombre alude a la piedra, pietro en italiano, piedra en latín, y a la fortaleza del suelo franco, arenoso y pedregoso.
Blas, la Ancellotta, honra al padre de Judith. José Lino, un Cabernet Franc reserva, recuerda al abuelo paterno de Juan Agustín, antiguo productor agrícola-ganadero y propietario original de esas tierras. El Pinot Noir, Ju, lleva el nombre abreviado de Judith. Y el Malbec se llama La Injusticia, en respuesta a la antigua interpretación francesa que asociaba el término “Malbec” con “malo en boca”. “Es injusto decir eso del Malbec argentino”, sostiene Ruta. “Y, además, todos hemos vivido alguna injusticia”.
Las etiquetas fueron diseñadas por Agustina, sobrina de la familia y arquitecta, reafirmando la impronta íntima y artesanal del proyecto
Aunque el viñedo es puntano, la vinificación se realiza en Córdoba. La logística implica un esfuerzo económico significativo. El deseo es elaborar en casa. La reciente inauguración de la bodega de Sol Puntano abre una puerta a futuro. Si la capacidad operativa lo permite, Pietro In Bramasole podría cerrar el círculo productivo dentro de la provincia.
Los vinos ya se comercializan en San Luis capital, Merlo y distintos puntos turísticos como Vinoteca Envinarte en Paseo de la Comarca, además de restaurantes y comercios en Potrero de los Funes. También participaron en degustaciones en Buenos Aires y Córdoba, donde el Pinot Noir y el Malbec despertaron especial interés.
La difusión cuenta con el acompañamiento de Cepa Puntana, organización que impulsa la vitivinicultura local. Sin embargo, insertarse en el mercado no es sencillo. San Luis no posee una tradición enológica tan arraigada como Mendoza. Imponer un vino nuevo requiere constancia, presencia y mucha perseverancia.
“Es preferible que en San Luis se vendan vinos puntanos y no mendocinos”, afirman con convicción. No se trata de competir, sino de afirmar identidad. De demostrar que el semiárido también puede dar frutos nobles.
Pietro In Bramasole no es solo un viñedo. Es la decisión de una familia de volver a la tierra, de honrar a sus mayores y de apostar por el futuro. Es el testimonio de que, incluso en contextos adversos, la pasión puede transformar el paisaje.
Al pie de las sierras, donde el sol golpea fuerte y el agua escasea, 6.558 plantas siguen creciendo. Fuertes como la roca. Buscando el sol. Y llevando el nombre de San Luis más allá de sus horizontes.

















