La caída de árboles secos, el avance del calor extremo y la falta de una política sostenida de forestación encendieron la alarma en San Luis. La ingeniera Cecilia Carossio advirtió que el deterioro del arbolado urbano representa un riesgo para vecinos y bienes, y reclamó planificación, inversión y un compromiso colectivo urgente para recuperar la sombra y la calidad de vida en la ciudad.
En una entrevista concedida al periodista Mario Otero para su programa Nada Secreto de FM Digital San Luis, la ingeniera Cecilia Carossio, docente de la Universidad Nacional de San Luis e integrante de la Asociación Pircas, trazó un crudo diagnóstico sobre el estado del arbolado en la capital puntana y reclamó una política urgente, sostenida y con respaldo ciudadano para revertir lo que definió como una situación crítica.
Carossio fue contundente al advertir que el principal problema hoy son los árboles secos que permanecen en pie en distintos puntos de la ciudad. “Es un riesgo para todos. Para los vehículos, para las viviendas y para la vida misma de una persona”, señaló, al recordar la reciente caída de un ejemplar de gran porte en el Paseo del Padre, que pudo haber provocado una tragedia. Si bien hasta el momento no se registraron víctimas fatales, consideró que la situación es “urgente” y que no admite más demoras.
La ingeniera explicó que, tras los últimos episodios de viento, cayeron numerosos árboles, en su mayoría secos, tanto dentro de las cuatro avenidas como en distintos barrios. Incluso ejemplares pequeños terminaron desplomados, lo que demuestra, según indicó, el avanzado deterioro del arbolado urbano.
Para Carossio, el problema no se resuelve con intervenciones aisladas. “Necesitamos una planificación y un proyecto a largo plazo, no solo para forestar sino también para retirar definitivamente los árboles secos y reponerlos”, afirmó. En ese sentido, propuso iniciar una campaña inmediata de identificación de ejemplares muertos mediante la señalización con pintura en los troncos, de modo que durante el invierno puedan distinguirse con claridad de aquellos de hojas caducas que pierden su follaje de manera natural.
La especialista explicó que en pocas semanas muchos árboles comenzarán a perder sus hojas por el cambio estacional, lo que podría generar confusión. Por eso consideró clave marcarlos ahora, para facilitar su posterior extracción en los meses fríos.
Además, planteó que la remoción debe realizarse con tecnología adecuada, como destoconadoras, máquinas que permiten triturar el resto del tronco y las raíces sin romper veredas ni afectar cañerías. Según detalló, se trata de equipos de costo accesible y con dos o tres unidades sería suficiente para avanzar de manera sostenida en toda la ciudad. Como ejemplo, mencionó la experiencia del gobierno mendocino, que distribuyó este tipo de maquinaria entre sus municipios para abordar el problema del arbolado.
Carossio vinculó el deterioro del arbolado con las condiciones climáticas cada vez más exigentes. “Tenemos veranos con temperaturas más altas y en San Luis se suma el viento, que incrementa la evapotranspiración y seca el suelo rápidamente”, explicó. En ese contexto, subrayó que los árboles recién implantados requieren riegos frecuentes durante al menos dos o tres años para garantizar su supervivencia.
La ingeniera advirtió que en algunos sectores céntricos los ejemplares fueron colocados con la responsabilidad de riego a cargo de comerciantes, pero esa modalidad no siempre dio resultados. “Si no se riegan y no llueve, el árbol se muere. Es un compromiso de todos”, sostuvo.
En su análisis, también hizo hincapié en la contradicción social: vecinos que no se involucran en el cuidado del arbolado, pero luego buscan desesperadamente sombra en jornadas de 40 grados. “Hay cuadras enteras sin un solo árbol. La gente protesta por el calor, intenta caminar pegada a la sombra de los edificios. Es tremendo”, describió.
Educación ambiental desde la escuela
Para la integrante de Pircas, el problema tiene una raíz cultural que debe abordarse desde la educación. Propuso incorporar desde los primeros años de escolaridad contenidos vinculados al cuidado del arbolado y la importancia de los espacios verdes para la salud y la calidad de vida.
En ese marco, destacó la transformación lograda en la ciudad de Villa Mercedes, donde, según indicó, en la última década se implementó una política sostenida de extracción de ejemplares secos, reforestación y riego sistemático, acompañada de campañas de concientización. “La ciudad ha cambiado, tiene más árboles y la gente los cuida”, afirmó.
Carossio también aludió a experiencias internacionales que demuestran el impacto positivo del arbolado en la salud pública. Mencionó el caso de una ciudad desértica de Estados Unidos que, tras detectar altos índices de obesidad y diabetes, puso en marcha un plan decenal de forestación masiva. La iniciativa no solo mejoró el paisaje urbano, sino que redujo enfermedades cardiovasculares y metabólicas, al generar espacios más amigables para la actividad física.
“El árbol mejora la calidad de vida. Si no hay sombra, la gente no sale a caminar. Es algo tan básico como elegir dónde pararse en el campo en pleno verano, nadie se queda bajo el sol si puede refugiarse debajo de un árbol”, ejemplificó.
Presupuesto y decisión política
Si bien reconoció avances puntuales, como la ampliación de las tazas en la peatonal Rivadavia para evitar el estrangulamiento de raíces, Carossio advirtió que las acciones resultan insuficientes sin una asignación presupuestaria clara y sostenida. Propuso incluso que el gobierno provincial brinde apoyo extraordinario a los municipios para ejecutar planes específicos de arbolado público durante un período determinado.
Finalmente, insistió en la necesidad de construir políticas de Estado que trasciendan los cambios de gestión. “Hace falta educación, inversión y voluntad de sostener un proyecto a largo plazo, sin importar el partido político que gobierne. No podemos empezar de cero cada vez”, concluyó.
La advertencia es clara. En una ciudad donde el calor aprieta y el viento castiga, la sombra no es un lujo estético sino una condición básica de habitabilidad. El desafío, ahora, es transformar el diagnóstico en acción concreta antes de que el próximo árbol caído deje de ser solo una señal de alarma.











