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El amor encapsulado en la cotidianidad de la pandemia

El fin de semana anterior escuchaba a Vicente Zito Lema en una charla virtual que protagonizó en el Cuarto Congreso Nacional de Psicología Social en el NEA. En lo que considero un giro semántico en su discurso se refirió, entre otros temas, a las emociones y, más específicamente al amor. En un reportaje que le hice a fines de los ’80 era un guerrero. Hoy, a sus 80 años, su tono es tranquilo, su estilo reflexivo y su mensaje es amoroso.

Mientras sus palabras resonaban, un pensamiento me invadió y recorrió sensiblemente: Éste es el disparador, sentí. Durante el lapso que llevamos transitando la pandemia he referido a varios temas de la cotidianidad, como la evolución del trabajo, el rumor, la familia, la necesidad o el deseo, aunque no reparé en las emociones, sobre todo en el amor y en las formas como se manifiesta en este tiempo.

Apelo a tres escenas extraídas de la vida cotidiana. En este caso son fragmentos de charlas que mantuve.


Primera escena. El fallecimiento de una familiar. Diálogo telefónico

Yo: Hola

Familiar: Sí. Sergio, tengo que darte una pésima noticia

-¿Qué pasó?

-Ha fallecido mi hermana, es decir, tu prima. Muerte súbita. Se detuvo su corazón.

-Me dejas paralizado. Y sus hijos? qué van a hacer? (tenía dos hijos con ella en Río Negro y dos en Córdoba). Van a poder viajar?

-No. No van a poder despedir a su madre ni abrazarse con su padre y sus hermanos. Es terrible. se juntan el dolor de la partida y el dolor de no poder estar presente.

Segunda escena. Una beba cumple un año. Diálogo en un auto por un camino de San Luis.

Yo: ¿Cuántos hijos tienes?

Fernando: Cuatro. Y una nieta, hija del mayor. Nació el año pasado. Viven en Córdoba.

– ¿Durante este tiempo los viste a tus hijos y a tu nieta?

– No. Sólo por videollamadas. Para colmo la nena cumplió un año en este tiempo y no pude ir a darle un beso, tenerla en brazos… Es triste. Mi primera nieta. Su primer año. No pude disfrutarlo. Eso no vuelve más. Lo que se perdió… ya fue.

Tercera escena. Re-encuentro. Diálogo telefónico

Yo: En esta pandemia suceden situaciones curiosas…

Raúl: Me vas a decir a mí! Te acordás de mi gran amor, Gabriela? Me reencontré con ella durante esta pandemia, después de 35 años. Por celu. Intercambiamos varios mensajes hasta que llegamos al punto central: ella me confesó que fui y sigo siendo el amor de su vida. Yo le expresé lo mismo. Los dos no sabemos por qué no estamos juntos.

– Te habrás encontrado o te encontrarás con ella…

– Siempre esperé este momento. De hecho, estoy solo. Pero ella no. Y vive en otra provincia.

-Y entonces? cómo te sientes después de tantos años y semejante confesión de partes?

– Feliz, por un lado, porque me reencontré con el amor de mi vida y me dejó helado saber que para ella también lo sigo siendo. Pero muy triste porque no hay posibilidad de encuentro. El paso interprovincial está cerrado. Deberé seguir teniendo paciencia, pero se me consume la vida…

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Las tres escenas que se relatan pertenecen a la vida real. Son de mi conocimiento y las seleccioné (con nombres cambiados) porque si bien tratan diferentes temáticas, en el fondo tienen un hilo conductor que las une: el amor que emerge desde lo profundo del ser.

¿Por qué el amor? porque el amor nos atraviesa. Está presente en cada una de las actitudes de vida que elegimos protagonizar. Podemos prescindir de él en honor a la racionalidad, pero está siempre incidiendo a la hora de tomar una decisión.

En el día planificamos actividades. Cada una de las que elegimos está acompañada por una emoción. De acuerdo con nuestra emocionalidad, seleccionamos una y desechamos otra. A modo de ejemplo, si tengo un tiempo libre y decido visitar a un amigo, me inclinaré por aquél con quien me siento mejor, con quien tengo resonancia.

Pero, como decía aquél viejo tema de Nazareth de los años ’70, «el amor duele». Cuando se ama tanto, o se depositan sentimientos positivos sobre otra persona, si ocurre algo malo decimos que nos «pega directo al corazón» y nos desestructura…

En esta época de pandemia muchos familiares no pueden despedir a los seres queridos que han partido. Cada día llegan historias con alta repercusión emocional a nuestros oídos. Como en el primer ejemplo, dos hijos que viven en una ciudad diferente  no pueden transitar por un  ritual amoroso con su madre que súbitamente fue arrancada de la vida física. Ese sufrimiento genera un dolor intenso, una angustia que no encuentra ni encontrará consuelo. El amor inconmensurable de hijo/a hacia la madre queda encapsulado en el dolor…

La segunda escena, no por habitual entre las familias argentinas durante este tiempo hay que relativizar su importancia. Destaco la emocionalidad, el amor con que hablaba ese papá respecto de sus hijos y nieta, sobre cómo tenía organizada su vida para ir a visitarlos desde Villa Mercedes, San Luis, a Córdoba.

De repente todo se cortó. No pudo visitarlos desde que comenzó la cuarentena por causa de la pandemia. A ello se sumó que su nieta cumplía un año. Para quienes somos papás o mamás sabemos la implicancia que tiene la celebración del primer año de vida. Quienes ya ejercen el abuelazgo comentan que el amor se duplica. Exagerado o no, lo cierto es que Fernando tiene su primera nieta que cumplió su primer añito y no pudo estar presente, tal como lo soñó durante mucho tiempo. Frustrante.

Ese inmenso acto de amor se vio encapsulado en el dolor de la ausencia, tanto de abuelos, cuanto de los padres que esperaban poder contar con ellos. Una simple expresión de la cotidianidad como es celebrar la vida quedó postergada y sin retorno… porque el tiempo no vuelve atrás, como dijo el propio Fernando.

La tercera escena responde al amor de pareja. La mutua atracción entre hombre y mujer, en este caso. Conozco a ambos. Fueron y son mis amigos. Vivieron su amor. Se separaron. Cada quien organizó su vida y ahora, cuando están llegando a los 60 viven la primavera de un reencuentro emocional.

Pero para Raúl, mi interlocutor, lo que es «tocar el cielo con las manos», en poco tiempo se transforma en frustración, en impotencia por no poder transformar ese reencuentro emocional en su nuevo camino de vida. Las fronteras interprovinciales están cerradas. Las del acceso a su amor ¿imposible?, también. El amor quedó encapsulado en el dolor del no – encuentro.

La pandemia corrió el velo de numerosos acontecimientos, decires, sentires. Puso en escena este tipo de cuestiones emocionales que apelan a lo profundo del ser. Nos constituyen. Nos determinan en nuestra vida.

La emocionalidad califica y determina cada uno de nuestros actos racionales. Su influencia para la toma de decisiones es muy fuerte. Condiciona cualquier situación de emprendimiento.

En los tres ejemplos mencionados, con diferentes matices y en circunstancias particulares, la expresión del amor inconmensurable es protagonista con todas sus fuerzas, su energía, pero queda encapsulado en el dolor del no-ser, del no-encuentro.

Nuestra vida cotidiana se reparte entre la vida en familia, el trabajo y el tiempo libre que dispongamos. La emocionalidad, el amor, aunque no lo notemos, atraviesa cada una de ellas y actúa como un organizador de vida. De acuerdo a cómo influye esa energía serán nuestras iniciativas y nuestras respuestas a lo largo del día; que a su vez se sustentan en una historia de vínculos.

En la configuración de nuestra personalidad tendemos a responder con esa emocionalidad que hemos internalizado y que fluye con naturalidad en cada una de nuestras acciones y nuestras elecciones de vida.

Lo que generó la pandemia es que la emoción del amor quedó sitiada, encapsulada por el dolor.  En los ejemplos que tomamos actúa como un agente externo que influye y condiciona el resultado final, como la falta de libertad  para poder despedir a un ser querido, para celebrar el cumpleaños de una nieta o para reencontrarse con el viejo – nuevo amor.

En todos los casos las lágrimas corren por el rostro, caen, se dispersan y se pierden en una huella que ya ha demostrado que determinados acontecimientos ocurren una sola vez en la vida. De allí la impotencia del sentimiento de amor que no se pudo plasmar, y en ese escenario quedó encapsulado una eternidad de dolor…

Sergio Garis

Agradecimiento. A mi amiga Silvia Ortúzar. Por su corrección del texto.