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Christian Quevedo: la pasión por los caballos que heredó de su padre y sueña compartir con sus hijas

Entre las tareas ganaderas, la crianza de caballos criollos y las competencias en familia, el presidente de la Sociedad Rural de Unión del Dupuy construye un proyecto que enlaza su infancia con el futuro. Su mayor ilusión es ver crecer la cabaña, acompañar a su hija Amparo y competir con un caballo nacido de su propia cría.

Antes de pensar en una cabaña, de elegir padrillos o de participar en competencias, Christian Quevedo fue un chico al que su padre subía a un caballo. En el campo, en Huinca Renancó, comenzó una relación que atravesaría su vida, primero como una experiencia de infancia; después, como una manera de trabajar y de compartir tiempo con los suyos.

Tenía alrededor de un año cuando le regalaron una petisa. La conservó hasta casi alcanzar la mayoría de edad, aunque a los tres años ya había comenzado a montar caballos grandes. Entre aquellos primeros animales hubo una yegua que dejó una huella especial, Codiciada, criada y domada por su padre.

“Fue la yegua que más me marcó”, recuerda en una entrevista con El Semiárido.

En ese recuerdo también aparece el hombre que le enseñó a montar. Su padre trabajaba mucho a caballo, en una época en la que las tareas ganaderas de la zona se hacían principalmente desde la montura. Christian aprendió a andar y, con los años, reconoció cuánto había recibido en aquellas jornadas compartidas.

“Pasar tanto tiempo con el caballo te genera realmente un vínculo que lo terminás transmitiendo”, explica. En su caso, esa transmisión fue de padre a hijo. Hoy empieza a encontrar continuidad en la siguiente generación.

Aunque los caballos siempre estuvieron presentes en su vida, su acercamiento a la raza criolla llegó en 2019. Hasta entonces había montado sobre todo mestizos y también había tenido un pura sangre. Durante su infancia en General Acha, La Pampa, donde cursó la primaria mientras su familia trabajaba en un campo alquilado, conoció algunos criollos, pero aquel contacto no había pasado de una experiencia ocasional.

Dos amigos de Huinca Renancó, Marcelo Amante y Matías Fuentes, ambos criadores, lo alentaron a conocer la raza. La invitación se volvió concreta cuando aparecieron con una yegua de tres años, comprada a Mercedes Lalor, de la cabaña La Sirena.

“Acá la tenés, es tuya, domala, hacé lo que quieras”, le dijeron.

La yegua se llamaba Atardecer Leyenda. Christian llevaba mucho tiempo sin domar un caballo y aquel encuentro terminó por abrirle un mundo nuevo. La domó, hizo cabalgatas y comenzó a participar en competencias. Con ella disputó su primer aparte campero.

También descubrió un ambiente en el que se sintió cómodo, familias, amigos y personas reunidas alrededor de una misma afición.

“Me hizo conocer el ambiente del caballo criollo, que es muy lindo, muy familiar”, cuenta.

Después decidió comprar otra yegua a Mercedes Lalor. Nairobi, también domada por él, terminó de afirmar su elección.

“La relación con Nairobi es muy especial”, dice. Destaca su buen temperamento y su aptitud vaquera, cualidades que lo impulsaron a seguir incorporando animales y, finalmente, a pensar en la cría.

El nacimiento de un proyecto familiar

La decisión de inscribirse como criador se conversó en familia. Ya participaban en competencias, disfrutaban del ambiente y habían encontrado en el criollo un caballo útil para el trabajo cotidiano.

“Si vamos con esto, vamos en serio”, se dijo Christian.

Llegó entonces el primer potrillo registrado, el RP 1. Después nació el segundo y, pocos días antes de la entrevista, el tercero. Cada nacimiento fue sumando una nueva etapa a una cabaña que todavía está formando su plantel de madres.

En el campo hay alrededor de quince caballos criollos, entre yeguas, dos padrillos y animales jóvenes. La base de las madres proviene principalmente de La Sirena, aunque también incorporó una yegua de otra cabaña.

El crecimiento es gradual. Compra potrancas en edad de iniciar la doma, las prepara y observa sus condiciones antes de llevarlas a competir. Para la reproducción utiliza los padrillos propios y busca incorporar servicios externos que le permitan sumar genética.

Su objetivo tiene una definición sencilla, criar un caballo manso, dócil, resistente y con aptitud vaquera, que conserve las características de la raza y responda en el trabajo.

Pero cuando intenta explicar qué busca, recurre a una imagen que expresa mejor su entusiasmo, un caballo que, al verlo suelto, dé ganas de ensillarlo. Y que, una vez montado, no den ganas de bajarse.

En el sur de San Luis, la cría bovina marca buena parte de sus jornadas. El trabajo cambia según la época y las necesidades de los animales: recorrer vacas durante las pariciones, atender terneros, revisar aguadas o realizar tareas de corral.

Generalmente, la mañana comienza ensillando.

Antes de salir, la primera mirada está puesta en la tropilla. Christian observa si todos están bien, si alguno permanece apartado o si hay señales de dolor, molestias o un accidente. Conocer a los animales también implica reconocer cuándo algo se sale de lo habitual.

“El trabajo con animales es de todos los días. No hay feriado, no hay fin de semana”, señala.

La responsabilidad se comparte con Alberto Lira y Carlitos, los dos trabajadores que lo acompañan en el campo. Entre los tres atienden las vacas y los caballos, recorren las yeguas próximas a parir y preparan los animales destinados a las competencias. Carlitos tiene una participación especialmente cercana en la doma y en las pruebas funcionales.

Para Christian, la rusticidad del criollo encuentra un buen lugar en las condiciones del sur puntano. Destaca su adaptación al frío del invierno y al calor del verano, además de su capacidad para responder a distintas tareas.

Esa versatilidad es una de las razones de su elección, ya que el mismo caballo que trabaja durante la semana puede subir al tráiler y salir a competir el fin de semana.

Una pasión que reúne a la familia

Cecilia, su esposa, se ocupa de los trámites, las inscripciones a los eventos y las gestiones ante la Sociedad Rural Argentina y la Asociación de Criadores de Caballos Criollos. Sus dos hijas acompañan las salidas y Amparo, la menor, integra con su padre y Carlitos el equipo de aparte campero.

Amparo estudia Veterinaria y también se capacita en equitación criolla. Su participación alimenta uno de los sueños más queridos de Christian, verla entrenar, competir y sumarse cada vez más a la cabaña.

Su padre también sigue acompañando. Así, el proyecto reúne a quien le enseñó a montar con la hija que ahora comparte la pista y el entusiasmo.

La familia comenzó por el aparte campero, sumó una marchita criolla, como experiencia de resistencia, y este año incorporó la paleteada campera. Cada prueba abre una oportunidad para aprender y disfrutar juntos.

“Todos acompañan y apoyan”, resume.

La cabaña todavía no tiene un destino comercial definido. Christian explica que, por ahora, cría para el uso del campo y de acuerdo con sus preferencias. Si esos caballos también interesan a otras personas, será una posibilidad de crecimiento. A futuro, espera que el emprendimiento pueda sostenerse económicamente.

Mientras tanto, elige disfrutar cada etapa, como pensar qué padrillo utilizar con cada yegua, esperar el nacimiento, criar al potrillo, darle una buena base de doma y descubrir para qué disciplina tiene condiciones.

“Estoy disfrutando el proceso”, afirma.

Entre sus aspiraciones está competir en una prueba de Freno con un caballo de su propia cría. También desea que haya más usuarios y criadores de la raza en el departamento Dupuy. Las distancias para participar en competencias son largas, y una mayor presencia local permitiría compartir más cerca esa afición.

A quienes quieren empezar les aconseja definir qué caballo buscan y para qué lo necesitan. Después, elegir una cabaña seria, aprovechar los años de selección genética de sus criadores y dedicar tiempo a conocer y trabajar los animales.

Porque, insiste, el criollo es un caballo para ensillar.

Cuando le preguntan cómo le gustaría ser recordado, Christian no menciona cargos ni premios. El presidente de la Sociedad Rural de Unión del Dupuy vuelve a la pasión que comenzó junto a su padre, con una petisa y aquella yegua que le enseñó tanto.

“Que me recuerden como un apasionado de andar a caballo y de haber criado caballos funcionales”.

En ese deseo caben su historia y lo que espera del futuro, seguir trabajando desde la montura, ver crecer los potrillos y compartir con sus hijas el vínculo que recibió cuando apenas empezaba a descubrir el campo.

Fotos: gentileza de Christian Quevedo.