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Ariel Bonilla: de domar su primera yegua a los 14 años a preparar caballos de polo que llegan a Palermo

El domador de Villa Mercedes construyó su trayectoria junto a su padre y convirtió una tradición familiar en una actividad vinculada con figuras del polo. Desde su campo en el sur de la ciudad, trabaja en la formación de caballos que alcanzan la máxima competencia. En 2024, domó y presentó a Don Ercole Lámpara, consagrada Gran Campeona Hembra de Polo Argentino en la Rural.

Antes de que un caballo de polo llegue a una cancha y responda a las exigencias de un jugador, hay un trabajo de formación que comienza lejos de las tribunas. En esa etapa, donde se construyen las primeras respuestas y el vínculo con el animal, desarrolla su oficio Ariel Bonilla, un domador de Villa Mercedes cuya trayectoria conecta la tradición familiar con el polo de alto nivel.

En una entrevista con El Semiárido, Bonilla repasó un recorrido que empezó durante su infancia, se afirmó bajo la enseñanza de su padre, Osvaldo, y terminó convirtiéndose en un proyecto de vida. Hoy, desde un campo ubicado al sur de Villa Mercedes, combina la doma, la preparación de caballos de polo y la cría, con el objetivo de que los animales formados allí puedan llegar a las principales competencias.

“Es toda una vida dedicada al caballo y al polo, que es lo que me gusta”, resumió.

El primer contacto con los caballos llegó mucho antes de que pudiera imaginar una profesión. Su padre era domador y Ariel conserva fotografías de cuando, con apenas tres años, participaba de desfiles montado, mientras Osvaldo caminaba a su lado.

Durante una parte de su infancia vivió en Villa Mercedes con su madre y sus hermanos, mientras su padre trabajaba en una estancia. Las vacaciones eran la oportunidad para acompañarlo y pasar más tiempo entre caballos. Cuando Osvaldo se instaló nuevamente en la ciudad, ese aprendizaje se volvió cotidiano.

A los 14 años domó su primera yegua. Después del secundario intentó seguir una carrera universitaria, pero a los tres meses comprendió que su vocación estaba en otro lugar. Decidió dedicarse a la doma y a la formación de caballos para polo.

El oficio tenía una base familiar, aunque especializarse en esa disciplina requería conocimientos que entonces no resultaban fáciles de encontrar en la zona.

Aprender a mirar el caballo desde la cancha

Además de las enseñanzas de su padre, Bonilla destacó la influencia de Tito Bueno, un hombre de Buenos Aires que había jugado al polo y tenía experiencia en doma. Su llegada permitió incorporar herramientas específicas para preparar animales destinados a ese deporte.

La relación se transformó en una amistad y abrió una etapa de aprendizaje que Ariel continuó por distintas vías, como la observación, los videos, la experiencia diaria y, especialmente, la escucha de los jugadores.

“Escuchaba lo que ellos necesitaban en la cancha, cómo tenía que ser un caballo”, recordó.

Comprender esas demandas fue central para orientar su trabajo. El caballo de polo necesita un manejo adecuado a una disciplina particular, y la doma debe sentar las bases para su posterior preparación deportiva. Para Bonilla, ese conocimiento se construye con años de práctica y con la disposición permanente a aprender.

Un paso importante llegó en 2000, cuando jugadores como Adolfo Cambiaso y Gonzalo Pieres les enviaron caballos para probar su trabajo. Aquella oportunidad fortaleció el vínculo con el polo de alta competencia y dio continuidad al proyecto.

El centro de doma comenzó a tomar forma entre 1998 y 1999, en una quinta ubicada detrás de la Sociedad Rural Rio Quinto de Villa Mercedes. Allí trabajó junto con su padre y su hermano durante alrededor de 17 años.

Más adelante trasladó la actividad al campo donde se encuentra actualmente. Ese cambio permitió ampliar el proyecto y reunir distintas etapas de la producción y formación de los caballos.

Su esposa es veterinaria y participa de una estructura que, según explicó, abarca “desde el embrión hasta el caballo jugador”.

En la doma lo acompañan Alexis y Miguel, dos ayudantes que llevan unos 12 años trabajando con él. La continuidad del equipo permitió organizar las tareas y distribuir responsabilidades dentro de una actividad que exige atención diaria.

Bonilla explicó que trabajan con lotes de aproximadamente 45 caballos, mientras otros animales descansan. La paciencia, la sensibilidad y la construcción de confianza con cada ejemplar forman parte de esa preparación.

El reconocimiento en Palermo

Uno de los logros destacados de su trayectoria llegó en la Exposición Rural de Palermo de 2024. Bonilla domó y presentó a Don Ercole Lámpara, la yegua de Matías Magrini que fue consagrada Gran Campeona Hembra de Polo Argentino.

El premio puso en primer plano una tarea que suele desarrollarse lejos de la exposición pública, pero que resulta fundamental en la formación de los animales.

A ese reconocimiento se suma la satisfacción de haber preparado caballos que llegaron a disputar el Abierto Argentino de Polo y a integrar equipos de primera línea.

“Es para lo que uno trabaja todo el año”, afirmó. Su propósito es acompañar a los ejemplares con condiciones para que puedan expresar su potencial junto a los mejores jugadores.

Después de consolidarse como domador, Bonilla comenzó a sumar desafíos propios en la cría. Ahora, además de trabajar con caballos de clientes, busca desarrollar animales de su producción y verlos competir al máximo nivel.

Al momento de la entrevista, señaló que una de sus yeguas tenía posibilidades de jugar partidos en Palermo, una expectativa que representa un nuevo paso dentro de su recorrido.

Su historia también acompaña el crecimiento del polo en San Luis. Bonilla recuerda que, cuando comenzó, encontrar conocimientos específicos en la zona era difícil. Hoy observa una provincia con organizaciones y criadores que ampliaron la presencia de la actividad, como Santiago Ballester, prestigioso criador de Batavia.

Desde Villa Mercedes, su aporte se sostiene en el trabajo cotidiano, formar caballos, interpretar sus respuestas y preparar las bases de un futuro deportivo. Un oficio aprendido junto a su padre que, con el tiempo, encontró su lugar en las canchas más exigentes del polo argentino.