Investigadores del INTA San Luis desarrollaron un simulador de lluvia capaz de reproducir precipitaciones intensas en condiciones controladas para estudiar uno de los problemas más graves que afectan a los sistemas productivos de las regiones semiáridas, la erosión hídrica. La herramienta permite evaluar prácticas de manejo, medir pérdidas de suelo y generar información clave para proteger uno de los recursos más valiosos de la agricultura.
La erosión hídrica constituye uno de los procesos de degradación más importantes que afectan a los suelos de las regiones semiáridas del centro del país. Aunque estas zonas no se caracterizan por registrar elevados niveles de precipitaciones anuales, los eventos de lluvia intensa suelen concentrarse en cortos períodos de tiempo y pueden provocar importantes pérdidas de suelo fértil, disminuyendo la capacidad productiva de los establecimientos agropecuarios.
Con el objetivo de comprender mejor este fenómeno y generar herramientas que permitan mitigarlo, un equipo de investigadores del INTA San Luis desarrolló un simulador de lluvia capaz de recrear precipitaciones de alta intensidad bajo condiciones controladas. La iniciativa es encabezada por el ingeniero agrónomo Juan Cruz Colazo y forma parte de una línea de investigación orientada a la conservación de los recursos naturales y la sustentabilidad de los sistemas productivos.
La herramienta permite reproducir lluvias similares a las que ocurren en la naturaleza, pero con la ventaja de poder controlar variables fundamentales como la intensidad, la duración y las condiciones del suelo sobre las que se realizan los ensayos. De esta manera, los especialistas pueden comparar distintos manejos agrícolas, evaluar prácticas conservacionistas y medir con precisión la magnitud de las pérdidas ocasionadas por el escurrimiento superficial.
Según explicó Juan Cruz Colazo, la erosión hídrica representa una amenaza permanente para los ambientes productivos de San Luis y otras provincias de características similares.
“En una región semiárida, la erosión hídrica es un proceso de degradación muy importante para nuestros suelos. Y eso sucede porque, a pesar de que las precipitaciones anuales no sean tan abundantes, sí tenemos precipitaciones intensas que muchas veces coinciden con períodos en los cuales el suelo se encuentra vulnerable”, señaló el investigador.






El especialista destacó que una de las principales dificultades para estudiar estos fenómenos es la imposibilidad de controlar cuándo y cómo ocurren las lluvias naturales. Frente a esta limitación, el simulador ofrece una alternativa de enorme valor científico.
“A veces, para estudiarlo, nosotros no contamos con la posibilidad de controlar las precipitaciones, pero sí tenemos metodologías que nos permiten estudiar las precipitaciones en las condiciones controladas que nosotros queramos”, explicó.
La tecnología desarrollada por el equipo del INTA permite reproducir eventos de lluvia intensa, precisamente aquellos que suelen desencadenar los mayores procesos erosivos. Gracias a ello, los investigadores pueden determinar cuáles son las prácticas de manejo más eficientes para reducir la degradación del suelo.
“Las lluvias intensas son las responsables de que existan estos procesos de erosión hídrica. Por lo tanto, con este instrumento, que es un simulador de lluvia, podemos controlar esa intensidad y comparar cuáles son las mejores prácticas y también las diferentes condiciones de suelo que condicionan la expresión de este fenómeno”, agregó Colazo.
La investigación no sólo apunta a comprender el comportamiento de los suelos frente a eventos extremos, sino también a brindar recomendaciones concretas para los productores. Los resultados obtenidos permiten ajustar prácticas de manejo, diseñar estrategias de sistematización predial, estabilizar ambientes degradados y promover medidas que reduzcan las pérdidas de suelo y agua.
Dentro de esta línea de trabajo participa también el investigador Pablo Peralta, quien explicó la metodología utilizada durante los ensayos realizados por el equipo.
“Dentro del grupo nos propusimos estudiar la dinámica erosiva en texturas y manejos diferentes. Para poder cumplir con ese objetivo hicimos uso de un simulador de lluvia al que aplicamos una lámina de 35 milímetros en 10 minutos; es decir, generamos una lluvia de alta intensidad”, detalló.
La magnitud de la precipitación simulada permite recrear escenarios críticos para los suelos agrícolas, especialmente en aquellos ambientes donde la infiltración es limitada o donde las prácticas de manejo dejan la superficie más expuesta al impacto de las gotas de lluvia.
“Lo que buscábamos era que, al impactar sobre el suelo que estábamos evaluando, se generara escurrimiento superficial. Debido al tipo de textura que tenemos en nuestros ambientes, podíamos asegurarnos de observar ese comportamiento”, explicó Peralta.
Una vez producido el escurrimiento, los investigadores procedieron a recolectar y analizar el material transportado por el agua. Este paso resulta fundamental para cuantificar las pérdidas y comprender los mecanismos que intervienen en el proceso erosivo.
“Ese material que era arrastrado por la escorrentía superficial lo recolectamos en un recipiente y realizamos las evaluaciones correspondientes, tanto de sedimentos como de agua escurrida y de infiltración”, señaló.
Los estudios permiten conocer con precisión cuánto suelo se pierde durante un evento de lluvia intensa y cuáles son las condiciones que favorecen o limitan la infiltración del agua. Esta información resulta estratégica para diseñar prácticas agrícolas más eficientes y sustentables.
Los especialistas remarcan que la erosión no sólo implica la pérdida física de suelo. Con cada partícula arrastrada también se pierden nutrientes, materia orgánica y capacidad productiva, generando impactos que pueden extenderse durante años. En regiones semiáridas como San Luis, donde el recurso suelo constituye un capital estratégico para la producción agropecuaria, la adopción de prácticas conservacionistas adquiere una relevancia aún mayor.
Los resultados obtenidos servirán para fortalecer las recomendaciones técnicas destinadas al sector agropecuario y avanzar hacia sistemas productivos más resilientes frente a eventos climáticos extremos, cada vez más frecuentes en distintas regiones del país. La iniciativa demuestra además el papel fundamental que desempeña la investigación pública en la búsqueda de soluciones innovadoras para los desafíos que enfrenta la agricultura moderna y la conservación de los recursos naturales.











