La ingeniera agrónoma Teresa Ruiz, integrante de la empresa Asfe, plantea un cambio de enfoque en el uso de bioinsumos. Sostiene que estas herramientas deben evaluarse por su capacidad para estimular procesos biológicos dentro del sistema suelo-planta y no únicamente por los componentes que contienen. Además, destaca la importancia de herramientas de diagnóstico como el análisis de savia, el °Brix, el pH y el déficit de presión de vapor para tomar decisiones agronómicas más precisas.
En un contexto donde los bioinsumos ganan cada vez más protagonismo dentro de los sistemas agrícolas, la ingeniera agrónoma Teresa Ruiz propone una mirada diferente sobre estas herramientas biológicas. Según explica, el verdadero potencial de los bioinsumos no radica exclusivamente en los microorganismos, extractos vegetales o metabolitos que contienen, sino en los procesos que son capaces de activar dentro del cultivo.
“Muchas veces se define un bioinsumo por lo que contiene, pero desde nuestra experiencia de campo preferimos definirlo por lo que hace”, afirma Ruiz. Bajo esta premisa, considera que un bioinsumo debe entenderse como una herramienta destinada a activar, estimular o potenciar procesos biológicos que ocurren naturalmente en el suelo, las raíces y las plantas.
La profesional explica que estos procesos son los responsables de transformar agua, nutrientes y energía en crecimiento, calidad y rendimiento. Por ello, asegura que la incorporación de bioinsumos implica modificar la manera tradicional de abordar las decisiones agronómicas.
Mientras un fertilizante aporta nutrientes específicos, un herbicida controla malezas y un fungicida combate enfermedades, los bioinsumos actúan principalmente sobre mecanismos fisiológicos y biológicos. Entre sus beneficios potenciales menciona la estimulación del crecimiento radicular, la mejora de la actividad microbiológica del suelo, el incremento en la mineralización de nutrientes y una mayor tolerancia frente a situaciones de estrés ambiental.
Para Ruiz, la pregunta inicial no debería ser qué producto aplicar, sino qué proceso biológico necesita ser estimulado.
“Los bioinsumos, la nutrición y las decisiones de manejo no deberían empezar por el producto, sino por el proceso que queremos mejorar”, sostiene.

Ese análisis puede estar orientado a distintos objetivos productivos, como favorecer el desarrollo de raíces, incrementar la fotosíntesis, optimizar la absorción de nutrientes, mejorar la tolerancia al estrés o sostener niveles elevados de proteína en cultivos forrajeros como la alfalfa.
Una vez definido el proceso a intervenir, resulta indispensable determinar si la planta se encuentra en condiciones de responder favorablemente. Para ello, la especialista destaca el uso de diversas herramientas de diagnóstico fisiológico.
Uno de los indicadores más utilizados es el °Brix, que mide la concentración de sólidos solubles presentes en la savia, principalmente azúcares generados a través de la fotosíntesis.
Según Ruiz, este parámetro permite conocer el nivel de energía que está produciendo el cultivo y evaluar aspectos como la eficiencia fotosintética, el estado energético, la respuesta frente al estrés y la evolución fisiológica de la planta.
“La pregunta que responde el Brix es si la planta está generando suficiente energía para crecer y responder”, explica.
Otro indicador clave es el pH de la savia, una medición que permite conocer el grado de acidez o alcalinidad de los fluidos internos de la planta.
Este parámetro está relacionado con procesos metabólicos fundamentales como la actividad enzimática, la síntesis de proteínas y el equilibrio fisiológico general.
Su monitoreo permite detectar posibles desequilibrios nutricionales, evaluar el estado metabólico y conocer la capacidad de respuesta frente a condiciones adversas.
La ingeniera también destaca la importancia del Déficit de Presión de Vapor (VPD), un indicador que mide la demanda atmosférica de agua.
Este parámetro surge de la diferencia entre la humedad que el aire podría contener y la que efectivamente contiene, influyendo directamente sobre la transpiración, la apertura estomática, la fotosíntesis y el movimiento de nutrientes dentro de la planta.
Su interpretación permite evaluar el nivel de estrés ambiental, identificar riesgos de cierre estomático y definir los momentos más adecuados para realizar intervenciones agronómicas.
“Nos ayuda a responder si la atmósfera está favoreciendo o limitando el funcionamiento de la planta”, señala.
Para Ruiz, el análisis de savia constituye una de las herramientas más valiosas para comprender el estado fisiológico de los cultivos.
La savia transporta agua, nutrientes, azúcares, hormonas y señales bioquímicas que regulan el funcionamiento interno de la planta. Por ello, su estudio permite obtener información inmediata sobre lo que realmente está ocurriendo dentro del cultivo.
“La savia es comparable a la sangre en los animales porque refleja en tiempo real el estado de la planta”, explica.
La propuesta de Asfe integra todos estos indicadores dentro de un modelo de Agricultura Estratégica Biológica, donde la toma de decisiones se apoya en el diagnóstico fisiológico del cultivo.
El proceso comienza con la identificación del mecanismo biológico que se busca estimular. Luego se realiza un diagnóstico mediante el análisis conjunto de savia, °Brix, pH y VPD. A partir de esa información se interpreta la situación del cultivo y se definen estrategias de nutrición o aplicación de bioinsumos orientadas a obtener una respuesta fisiológica favorable.
El objetivo final es mejorar la calidad de la producción y maximizar los rendimientos de manera sustentable.
Como síntesis de este enfoque, Ruiz destaca una frase que resume la filosofía de trabajo de la empresa: “No medimos °Brix, pH de savia y VPD para obtener números. Los medimos para comprender cómo está funcionando la planta y decidir qué proceso biológico podemos estimular con mayor probabilidad de éxito”.











