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Riego en San Luis: qué pasó con las zonas que la ciencia señaló hace 25 años

Estudios realizados entre 1999 y 2002 identificaron áreas con condiciones de interés para investigar el aprovechamiento agrícola del agua subterránea. Alto Pelado, Villa General Roca y un corredor que conecta Río Quinto con la Llanura Sur forman parte de ese mapa. Sus antecedentes justifican nuevas evaluaciones, aunque todavía falta información para determinar cuánto se desarrollaron y qué posibilidades siguen vigentes.

Hace un cuarto de siglo, una investigación argentino-australiana puso bajo estudio una pregunta que conserva importancia para la producción de San Luis, en qué lugares podían coincidir agua subterránea, suelos y condiciones económicas para desarrollar agricultura bajo riego.

El trabajo recorrió la provincia, reunió cientos de muestras, comparó la composición del agua y evaluó características del terreno. Después avanzó hacia investigaciones de detalle y perforaciones experimentales en áreas seleccionadas.

De aquella tarea surgió un mapa que excedía los polos irrigados más conocidos. Además de Quines–Candelaria y el Valle del Conlara, aparecieron Alto Pelado, sectores de Río Quinto, Villa General Roca y áreas de la Llanura Sur.

Hoy esos antecedentes permiten formular una pregunta productiva concreta, ¿qué ocurrió con los territorios que los estudios señalaron como interesantes y qué parte de aquellas posibilidades merece una nueva evaluación?

El potencial que aparece en esos trabajos debe entenderse como una razón para estudiar un territorio. Convertirlo en un proyecto requiere resolver otras preguntas, como la calidad del agua, capacidad de las captaciones, comportamiento del acuífero, aptitud del suelo, costos y autorizaciones.

Una de las principales bases documentales es la Evaluación de posibilidades físicas y económicas de riego con aguas subterráneas en la Provincia de San Luis, desarrollada mediante cooperación argentino-australiana, con participación del Bureau of Rural Sciences de Australia, el Servicio Geológico Minero Argentino y el Instituto Nacional del Agua.

La primera fase, publicada en 2000, utilizó un censo hidrogeológico de 1999 que reunió 588 muestras, 538 correspondientes a pozos, 37 a fuentes superficiales y 13 a piezómetros, instalaciones destinadas a observar el agua subterránea.

Los análisis incluyeron salinidad, composición iónica, sodio, boro, arsénico, fluoruro y otros parámetros. La evaluación territorial incorporó, además, profundidad del agua, características hidrogeológicas, textura y profundidad del suelo, permeabilidad, relieve, erosión y salinidad de las tierras.

Esa combinación resulta central para interpretar los resultados. Encontrar agua de composición favorable era una parte del problema. También debía evaluarse si el terreno ofrecía condiciones para utilizarla.

Dentro de las áreas seleccionadas, el estudio clasificó aproximadamente 1.675.500 hectáreas de tierras como aptas con limitaciones o en categorías mejores para riego con agua subterránea.

La cifra exige una aclaración, ya que no representaba una superficie que pudiera incorporarse efectivamente al riego. El propio trabajo distinguía la extensión del terreno con determinadas condiciones físicas del recurso hídrico estimado para abastecerlo.

Por eso, aquellas hectáreas no pueden presentarse como una reserva de expansión agrícola disponible.

Alto Pelado y Río Quinto

Alto Pelado/Río Quinto es uno de los sectores que ofrecen mayores motivos para revisar qué ocurrió después de los estudios.

La primera fase delimitó unas 65.500 hectáreas de terrenos dentro del área prioritaria Alto Pelado. La segunda etapa profundizó la investigación y avanzó hacia estimaciones hídricas para sectores seleccionados.

Según la memoria institucional de SEGEMAR, la Fase 2, desarrollada en 2001, atribuyó al área Alto Pelado/Río Quinto un “rendimiento sustentable” estimado de 50 hectómetros cúbicos anuales y una superficie mínima irrigable calculada en 9.600 hectáreas, bajo los supuestos de aquel proyecto.

Se trata de una estimación histórica. No equivale a una disponibilidad comprobada en 2026 ni permite asegurar que hoy puedan incorporarse esas hectáreas.

Hubo una evaluación más detallada que la selección inicial de terrenos. Eso justifica reconstruir dónde estuvieron las perforaciones experimentales, qué resultados obtuvieron, qué proyectos posteriores se concretaron y cómo evolucionaron los niveles y la calidad del agua.

Granville, Fraga y Liborio Luna

Otro corredor señalado por el relevamiento histórico se extiende desde Granville, Fraga y Liborio Luna hacia el sudoeste, en dirección a la Llanura Sur.

El estudio encontró sectores con menos de 1.000 miligramos por litro de sólidos disueltos totales, una medida de la mineralización del agua. Esos resultados describen las condiciones del muestreo de 1999 y deben conservar esa referencia temporal.

La cuenca del Río Quinto, sin embargo, presentó diferencias importantes. El mismo trabajo identificó sectores de mayor salinidad y concentraciones elevadas de boro hacia el sudeste de Villa Mercedes y Justo Daract.

Por eso, una denominación regional amplia no alcanza para anticipar la aptitud de una perforación.

En el corredor Granville–Fraga–Liborio Luna interesa investigar una posibilidad particular, como complementar con riego la agricultura extensiva existente durante períodos de déficit de lluvias.

Un estudio de agua subterránea realizado durante 2022 en el establecimiento El Trébol, en Fraga, cuyos resultados fueron interpretados como favorables para riego desde el punto de vista fisicoquímico. Ese antecedente corresponde al establecimiento y a las captaciones estudiadas; no puede extenderse a toda Fraga.

Villa General Roca

Villa General Roca aparece entre los territorios menos evidentes del mapa histórico.

El relevamiento identificó un sector con agua de menor salinidad al sudeste de Vilance, próximo al faldeo occidental de la Sierra de San Luis, y otro desde Villa General Roca hacia el norte. La primera fase delimitó allí un área prioritaria de aproximadamente 18.000 hectáreas de terrenos evaluados.

Ese número describe la selección territorial del estudio. No representa hectáreas actualmente regables.

Villa General Roca conserva, en cambio, un antecedente concreto que justifica actualizar la investigación.

Llanura Sur

En la Llanura Sur aparece una de las señales hidroquímicas más interesantes del relevamiento y, al mismo tiempo, una de sus principales advertencias.

Se analizaron 217 pozos de esa región e identificó una franja central con valores de sólidos disueltos totales inferiores a 1.000 miligramos por litro, que se prolongaba hacia Cochequingán, al sur de Unión.

Pero la región mostró variaciones importantes. Aguas de menor mineralización podían encontrarse relativamente próximas a captaciones mucho más salinas.

También había restricciones en la superficie. Cuando la evaluación incorporaba médanos, pendientes, suelos extremadamente arenosos y riesgo de erosión eólica, parte de los terrenos que parecían favorables por el agua dejaba de resultar interesante para el desarrollo agrícola.

Los trabajos territoriales de INTA ayudan a comprender esa limitación, ya que, en sectores del sur, la baja capacidad del suelo para almacenar agua y materia orgánica, junto con la erosión, condiciona el manejo productivo.

Podrían existir sectores donde coincidan agua utilizable, suelo adecuado y agricultura, dentro de una región con fuertes restricciones.

El corredor Nueva Escocia–Caldenadas–Nahuel Mapá–Unión–Cochequingán ofrece antecedentes para esa búsqueda. Su eventual aprovechamiento requiere una evaluación de resolución suficiente para distinguir ambientes y captaciones.

Arizona y Bella Vista

Arizona muestra por qué una gran superficie territorial seleccionada no implica una capacidad hídrica equivalente. La primera fase incluyó unas 133.000 hectáreas de terrenos en esa área. La memoria de SEGEMAR atribuyó a la segunda etapa una estimación histórica de 2 hectómetros cúbicos anuales de rendimiento sustentable y menos de 500 hectáreas mínimas irrigables.

Bella Vista plantea otra cuestión. La evaluación inicial encontró señales favorables al considerar el agua, pero restricciones importantes al incorporar erosión y salinidad de los suelos.

La síntesis de Fase 2 consignó después una estimación hídrica asociada a unas 3.300 hectáreas mínimas irrigables.

Nueva Constitución, también incluida entre las áreas históricas de interés, presenta información posterior insuficiente dentro de la documentación reunida. Su situación permanece como una hipótesis exploratoria.

San Bernardo

Un caso concreto permite dimensionar el trabajo necesario para desarrollar riego subterráneo.

En 2000, Luis Bonini, Norberto Bucich, Adolfo Fernández y Juan Herrero Ducloux publicaron una investigación sobre la Estancia San Bernardo, un establecimiento de aproximadamente 20.000 hectáreas ubicado unos 30 kilómetros al sudoeste de la ciudad de San Luis.

El artículo documentó 154 sondeos eléctricos verticales, siete perforaciones exploratorias y 28 perforaciones de explotación, con ensayos de bombeo en cada una. También describió pruebas de riego y un modelo para estudiar la interferencia entre pozos.

El trabajo muestra que llegar a una captación productiva requirió prospección, exploración, diseño y evaluación del funcionamiento conjunto del sistema.

Según el análisis se encontraron niveles acuíferos de distinta calidad, lo que exigía aislarlos correctamente. También se advirtió sobre el riesgo de movilizar agua salina si el bombeo modificaba suficientemente las condiciones de flujo en un ambiente próximo a las Salinas del Bebedero.

San Bernardo demuestra que se concretó un desarrollo mediante perforaciones y ensayos.

Calidad del agua

La aptitud agrícola del agua subterránea no admite una respuesta única para San Luis.

La salinidad es una de las restricciones más visibles. Cada riego incorpora sales, cuyo efecto depende del suelo, el drenaje, el cultivo, el clima y el manejo.

También importa la proporción de sodio respecto de calcio y magnesio, expresada mediante la relación de adsorción de sodio, conocida como RAS. Un exceso relativo de sodio puede afectar la estructura y la infiltración del suelo.

El boro merece atención porque puede resultar tóxico para determinados cultivos aun cuando la salinidad general no parezca extrema. Cloruros, bicarbonatos y otros componentes agregan condiciones que deben examinarse.

La presencia de arsénico o fluoruro, por su parte, exige distinguir los criterios aplicables a riego, bebida animal y consumo humano.

La profundidad también puede cambiar el diagnóstico. Dos niveles acuíferos superpuestos pueden ofrecer aguas diferentes. Una perforación mal diseñada puede conectarlos y comprometer la calidad.

Por eso, el análisis de una captación debe interpretarse junto con el suelo y el sistema productivo previsto.

Los antecedentes muestran que el agua subterránea tiene una participación importante en la agricultura irrigada provincial.

Un documento sobre áreas de riego alojado por FAO recoge para 2010 aproximadamente 25.000 hectáreas agrícolas abastecidas mediante agua subterránea, según información atribuida a San Luis Agua.

En 2018, una comunicación oficial provincial informó 60.000 hectáreas totales bajo riego, de las cuales 35.000 se abastecían con agua subterránea.

Los antecedentes también señalan una presencia importante de aspersión y pivote central, vinculada con agricultura extensiva y pasturas, junto con sistemas gravitacionales y localizados en distintos territorios.

Quines–Candelaria y Conlara constituyen referencias conocidas de producción irrigada. Sirven para estudiar cómo se desarrollaron esos sistemas y qué problemas enfrentan.

San Luis Agua exige permiso para realizar perforaciones y la presentación de prefactibilidad, con información sobre ubicación, proyecto productivo, uso del agua, antecedentes cercanos y medidas de preservación del acuífero.

La existencia física del recurso no otorga un derecho automático a utilizarlo.