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Radiografía del Chaco Árido puntano: el desafío de producir carne en uno de los ecosistemas más frágiles del país

Un informe del INTA San Luis revela el estado de los pastizales naturales, la calidad del forraje y las claves de manejo para sostener la ganadería en una región atravesada por la sequía, la degradación y la variabilidad climática.

Los pastizales naturales del noroeste de San Luis, en pleno Chaco Árido, sostienen gran parte de la ganadería extensiva de la región. Sin embargo, su equilibrio ecológico es cada vez más frágil. La combinación de uso continuo, escasas precipitaciones y suelos vulnerables ha puesto en evidencia un desafío central: producir carne sin comprometer la sustentabilidad del sistema.

Así lo plantea una reciente guía técnica elaborada por el técnico del INTA Quines Miguel Tello, que analiza en profundidad las especies forrajeras, la calidad del pastizal y las estrategias de manejo necesarias para preservar uno de los ecosistemas productivos más delicados del país.


El Chaco Árido puntano representa el extremo sur de esta ecorregión, caracterizado por condiciones ambientales restrictivas: lluvias anuales que oscilan entre 300 y 550 milímetros, alta variabilidad interanual, veranos intensos, inviernos con heladas frecuentes y suelos pobres, arenosos y de baja fertilidad.

Este contexto condiciona de manera directa la producción ganadera. La oferta forrajera depende casi exclusivamente del funcionamiento del pastizal natural, que actúa como base alimentaria del rodeo.

Pero el problema es estructural: en muchas áreas, décadas de sobrepastoreo y ausencia de descansos adecuados han degradado el recurso. La consecuencia es clara: menos gramíneas perennes de calidad y más especies anuales o de bajo valor nutritivo.

Los datos son contundentes. En condiciones pobres, la producción forrajera puede caer a apenas 160 kilos de materia seca por hectárea al año, mientras que en situaciones regulares apenas supera los 200 kilos.

Incluso en escenarios más favorables, alcanzar niveles de 1.200 a 2.000 kilos por hectárea requiere condiciones excepcionales, tanto climáticas como de manejo.

La limitante principal es el agua. En estos sistemas, la eficiencia con la que el pastizal transforma la lluvia en biomasa es un indicador clave. Sitios degradados producen hasta tres veces menos forraje por milímetro de lluvia que aquellos en mejor estado.

El rol central de las gramíneas

Las gramíneas son el corazón del sistema. No solo aportan la mayor parte del alimento para el ganado, sino que además cumplen funciones ecológicas fundamentales: protegen el suelo, favorecen la infiltración de agua y sostienen la estructura del ecosistema.

Su presencia y estado permiten “leer” la condición del pastizal. Algunas especies indican deterioro, mientras que otras reflejan ambientes en buen estado.

Por ejemplo, especies como Aristida o Bouteloua suelen proliferar en campos degradados.

En cambio, gramíneas como Digitaria californica o Leptochloa crinita son indicadores de buena condición forrajera.

No todo el pasto es igual. La calidad nutricional del forraje varía según la especie, el estado de crecimiento y el ambiente.

En términos generales, forrajes de alta calidad superan el 15% de proteína. Los de baja calidad caen por debajo del 8%.

El problema en el Chaco Árido es estacional. Durante el otoño e invierno, el contenido proteico cae por debajo de niveles críticos, afectando el consumo animal y la ganancia de peso.

Por eso, el informe destaca la necesidad de suplementación estratégica, especialmente en bovinos.

El diagnóstico es claro: el principal factor de degradación es el manejo inadecuado del pastoreo.

El documento identifica cuatro formas de uso del pastizal: adecuado, sobreutilizado, subutilizado y transformado

El sobrepastoreo es el más problemático, ya que reduce la cobertura vegetal, elimina especies valiosas y acelera la degradación.

En contrapartida, el manejo racional propone ajustar la carga animal a la oferta forrajera, implementar descansos estratégicos, mantener remanente vegetal para el rebrote y monitorear periódicamente el estado del pastizal.

El aporte de las especies implantadas

Frente a las limitaciones del pastizal natural, las pasturas implantadas aparecen como una herramienta complementaria.

Entre ellas, el buffel grass (Cenchrus ciliaris) se destaca como la especie más difundida en la región por su resistencia a la sequía y su capacidad de rebrote.

Su uso permite aumentar la oferta forrajera, recuperar áreas degradadas e implementar esquemas de pastoreo rotativo.

Sin embargo, el informe advierte que su éxito no es automático, ya que requiere manejo cuidadoso, especialmente en la implantación y en la regulación del pastoreo.

El Chaco Árido no es uniforme. Dentro de un mismo establecimiento pueden coexistir distintos ambientes: pastizales, arbustales y sectores boscosos.

Esta heterogeneidad obliga a aplicar estrategias diferenciadas de manejo. No existe una receta única.

Además, la variabilidad climática agrega incertidumbre. Años húmedos pueden mejorar la producción, pero no garantizan estabilidad si el sistema está degradado.

Sustentabilidad o retroceso

El mensaje final del trabajo es contundente: la ganadería en el Chaco Árido depende directamente de la salud del pastizal.

Un sistema bien manejado puede ser productivo y estable. Pero si se superan los límites ecológicos, la degradación avanza rápidamente y la recuperación se vuelve cada vez más difícil.

En este escenario, el manejo del pastoreo deja de ser una práctica más para convertirse en la herramienta central que define el futuro productivo de la región.

https://repositorio.inta.gob.ar/xmlui/handle/20.500.12123/25942?fbclid=IwY2xjawRfN3ZleHRuA2FlbQIxMABicmlkETFrS21rVXV5WklueFpHOEJPc3J0YwZhcHBfaWQQMjIyMDM5MTc4ODIwMDg5MgABHl_xRHuA1edz7VwV8iow9Lxb1J9paLqAlKSl21ZECX5sRaNYfDfxt-yvHIeX_aem_6nOsPUrl_aA0chJO2RSi7A