
Por Roberto Vinuesa
Guillermo Belgrano Rawson acaba de ser reelecto por unanimidad al frente de la restaurada Defensoría del Pueblo. En sus primeras declaraciones, con una solemnidad digna de la ocasión, aseguró a la colega Verónica Miranda que su cruzada seguirá siendo la misma: garantizar el acceso a la información pública. Esa ilusión que todos dicen defender pero que, cuando se toca el timbre de las oficinas estatales, nunca está en casa.
“Con información accesible las cosas se hacen mejor”, sentenció Belgrano Rawson. El problema no pasa por enunciarlo, sino por lograr que algún funcionario lo practique. Porque, en la realidad cotidiana, pedir datos a ciertos organismos provinciales es como pedirle la hora a un reloj sin agujas: el silencio siempre es la respuesta.
Lo sabe bien quien escribe estas líneas, que desde hace más de un año espera una entrevista o un simple dato de San Luis Agua, el Ministerio de Desarrollo Productivo o la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable. En esas dependencias, los responsables de prensa parecen haberse formado en una escuela peculiar: la del arte de no contestar nada y hacer como si la información fuera propiedad privada.
Belgrano Rawson también habló del rol del periodismo como canal esencial para garantizar la transparencia. Un reconocimiento justo, aunque con sabor a ironía: los periodistas solemos ser los primeros en chocar con el muro de la opacidad.
El anterior defensor el pueblo, Enrique Ponce, se despidió advirtiendo sobre la falta de acceso a la información pública en San Luis, según recordó hoy el periodista Mario Otero.
Y lo más curioso es que quienes deberían defender la libertad de prensa en San Luis, como FOPEA, optan por mirar hacia otro lado. Tal vez, porque algunos de sus miembros están tan cómodos sentados en ambos lados del mostrador que prefieren el silencio cómplice al ruido incómodo de la verdad.
La paradoja es evidente: mientras la Defensoría del Pueblo promete aire fresco y acceso libre a la información, la experiencia diaria de la prensa (y de cualquier ciudadano curioso) demuestra que lo público sigue estando bajo siete llaves. Al final, la transparencia en San Luis es como esas vidrieras opacas: todos hablan de lo que hay adentro, pero nadie puede verlo.










