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La Petra bajo el agua y el barro: 10 mil hectáreas golpeadas por una tormenta y años de inacción

Una tormenta feroz volvió a desnudar la fragilidad estructural de la cuenca agrícola de La Petra, en San Luis. En apenas una hora cayeron 50 milímetros de lluvia y el agua hizo lo que viene haciendo desde hace años, arrasar con caminos, romper lo poco que queda de sistematización y profundizar un proceso erosivo que parece no tener freno.

“Volvió a romper terrazas, caminos, todo”, relató a este medio un asesor agronómico que asiste a varios establecimientos de la zona. El fenómeno impactó de lleno en el sector comprendido entre el camino que va desde La Barranquita hasta la rotonda de La Petra, unos 20 kilómetros de extensión por aproximadamente 5 de ancho. La superficie afectada rondaría las 10.000 hectáreas, en pleno corazón productivo de una cuenca que abarca cerca de 28.000 hectáreas.

Sin embargo, el dato más inquietante no es la magnitud de la lluvia, sino la precariedad estructural del territorio. “No hay terrazas ahí”, admitió el propio técnico. “Puede haber algún campo puntual, pero en toda esa cuenca, de esas 10.000 hectáreas, con suerte 500 o 1.000 tendrán algún tipo de sistematización”. Es decir, la gran mayoría de los lotes permanece sin las obras básicas de conservación que exige la normativa vigente.


Lo ocurrido no debería sorprender a nadie. En 2025, la Defensoría del Pueblo de la Provincia de San Luis emitió una resolución exhortando al Poder Ejecutivo provincial a declarar la Emergencia Pública Ambiental en la cuenca de La Petra y su área de influencia. El fundamento fue contundente: la alarmante erosión hídrica que amenaza los recursos naturales, la capacidad de almacenamiento de agua y hasta la salud pública.

El diagnóstico oficial describió un proceso severo de degradación provocado por la combinación de pendientes pronunciadas y suelos friables. Las consecuencias son múltiples y acumulativas: colmatación de diques, contaminación del agua, pérdida de fertilidad y degradación progresiva del suelo.

Cada lluvia intensa no es un episodio aislado, sino un eslabón más en una cadena de deterioro largamente advertida.

Los números son elocuentes. Según el “Mapa de erodabilidad” elaborado en 2015 por el gobierno provincial, cada año las precipitaciones arrastran 2,24 toneladas por hectárea de la capa más fértil del suelo de La Petra. Ese material termina depositado en el dique Paso de las Carretas, reduciendo su capacidad y comprometiendo la calidad del agua.

Es decir, la erosión no sólo impacta en la rentabilidad de los productores; también afecta un recurso estratégico para toda la provincia.

A pesar de la adopción generalizada de la siembra directa, una herramienta valiosa pero no suficiente en terrenos con pendientes marcadas, el paisaje de la cuenca exhibe enormes cárcavas que tajean campos otrora fértiles. La tecnología, sin planificación integral ni obras de conservación, no alcanza.

En junio del año pasado, la Secretaría de Ambiente provincial anunció jornadas de análisis y la creación de consorcios de productores para abordar el problema de manera coordinada. La iniciativa generó expectativas en el sector. Sin embargo, a casi un año de aquellos anuncios, no se avanzó en la conformación efectiva de esos consorcios ni en un plan sistemático de intervención.

La provincia cuenta desde 2004 con una moderna ley de suelos, reglamentada cuatro años después, que establece la obligatoriedad de trabajar con sistematización de lotes, especialmente en cuencas críticas como La Petra y El Morro. Sobre el papel, el marco normativo es sólido. En el territorio, la realidad muestra otra cosa.

La tormenta de esta semana no hizo más que exponer esa brecha entre la legislación y su cumplimiento.

La cuenca de La Petra es considerada frágil por sus características edáficas y topográficas. Allí, la producción agrícola intensiva convive con pendientes que exigen planificación y obras permanentes de conservación. Sin terrazas, sin canales correctamente diseñados y sin manejo integral de cuenca, cada evento climático extremo se convierte en un multiplicador del daño.

El cambio climático, con lluvias más intensas y concentradas en cortos períodos, agrava un escenario ya delicado. Pero reducir el problema a la variabilidad climática sería una simplificación peligrosa. La tormenta fue intensa, sí. Pero el verdadero problema es estructural.

Mientras tanto, el suelo, ese capital natural que tarda siglos en formarse, se sigue perdiendo en cuestión de horas. Y con él, se diluye no sólo la fertilidad de los campos, sino también la oportunidad de anticiparse a una crisis anunciada.

La pregunta que vuelve a plantearse, tras cada lluvia que deja cicatrices más profundas en la cuenca, es cuánto más deberá erosionarse La Petra antes de que las advertencias dejen de ser meros documentos archivados y se transformen en políticas efectivas sobre el terreno.