La Argentina ingresó en una nueva fase de estabilidad luego del intenso ciclo electoral de 2025. La contundente victoria del oficialismo no solo redefinió el mapa político, sino que produjo un giro inmediato en los mercados financieros, que venían operando bajo una fuerte dosis de incertidumbre. El alivio fue casi instantáneo: el tipo de cambio cayó 7%, el riesgo país se desplomó 34% y las acciones locales reaccionaron con una suba del 22%. El MERVAL, en ese clima de euforia, alcanzó un récord histórico en los primeros días de noviembre.
Este cambio de expectativas marcó una diferencia notable respecto del escenario previo a las elecciones y permitió reencauzar variables clave. Incluso los contratos de dólar futuro volvieron a alinearse con el esquema de bandas cambiarias, disipando temores sobre una corrección brusca tras los comicios.
De cara al nuevo escenario político, el Gobierno se propone desarmar las medidas extraordinarias que había aplicado para proteger la estabilidad macroeconómica durante el proceso electoral. Entre ellas, el alto nivel de las tasas de interés.
Las últimas licitaciones del Tesoro (29 de octubre y 5 de noviembre) ya muestran un retroceso en el costo del dinero: el rendimiento bajó de 40,5% en junio a 35% en noviembre. No obstante, el verdadero obstáculo para el financiamiento sigue siendo el aumento de los encajes bancarios —que subieron del 40% al 53,5%— como parte del apretón monetario previo. La expectativa oficial ahora es que una reducción de esos encajes permita remonetizar la economía y revivir el crédito, uno de los motores clave de la actividad desde 2024.
El crédito en pesos, que venía creciendo con fuerza en el primer semestre (+105% interanual), se estancó desde agosto. Aun así, está todavía un 19% por debajo de su techo histórico, que ya de por sí es bajo comparado con la región.
Mientras las tasas en pesos se encarecían, las empresas —especialmente las del sector agropecuario— migraron hacia el endeudamiento en dólares, que creció 146% interanual. En noviembre, con el riesgo político despejado, más compañías adoptaron ese camino mediante obligaciones negociables. Aun así, el nivel de crédito en dólares se ubica 10% por debajo del 2017 y lejos del pico del año 2000 (-81%).
Otro de los cambios significativos del período post electoral tiene que ver con la relación con Estados Unidos. Un nuevo acuerdo comercial, la habilitación del swap y la posibilidad de un préstamo de fondos sindicados respaldado por la Reserva Federal fueron determinantes para sostener la estabilidad durante la campaña. Ahora, estos acuerdos reducen la urgencia por acumular reservas.
La mejora financiera también relaja la presión por los abultados vencimientos de deuda de enero —unos USD 4.000 millones— y modera la expectativa de cambios abruptos en el esquema cambiario. En este sentido, se espera que las primeras novedades sean la eliminación de la restricción cruzada para operar dólar MEP y, ya en 2026, la desactivación progresiva del resto de los controles.
Con un tipo de cambio rondando los ARS 1.400, la balanza comercial se mantiene con saldo positivo: octubre cerró con un superávit de USD 800 millones.
El resultado fiscal de octubre —un superávit primario equivalente al 1,5% del PBI acumulado— confirma que el Gobierno mantiene la estrategia de equilibrio simultáneo en el frente fiscal y el comercial.
Con un Congreso renovado, el oficialismo tendría mayores facilidades para aprobar el presupuesto 2026 y sostener la meta fiscal proyectada del 1,5% del PBI.
Pese a la volatilidad del dólar en octubre y al clima electoral, la inflación mostró un comportamiento más controlado: el índice de precios avanzó apenas 2,3% en el mes, y la inflación mayorista se ubicó en un llamativo 1,1%. Todo apunta a una economía que comienza a consolidar cierta estabilidad nominal.
El desafío inmediato del Gobierno es impulsar una recuperación económica que deje atrás los meses de estancamiento.
Para eso, los pilares serán:
Inversión extranjera directa, especialmente bajo el régimen RIGI, que ya aprobó proyectos por USD 24.800 millones.
Inversión interna, sostenida por la remonetización y la reducción del costo del crédito.
Acceso gradual a los mercados voluntarios de crédito, un objetivo que hoy aparece más cercano tras el resultado electoral. Su concreción ampliaría la estabilidad cambiaria y permitiría financiar inversiones de largo plazo.
Con la macro en proceso de ordenamiento, el Gobierno apunta ahora a reformas estructurales —impositivas y laborales— para mejorar la competitividad. Pero el optimismo no alcanza para ocultar los desafíos sociales: los salarios aún están 24% por debajo de los niveles de 2017 y el desempleo se ubica en 7,6%. Ambos factores serán cruciales para sostener la estabilidad del modelo en el tiempo.
Un nuevo clima, una nueva oportunidad
El reacomodamiento post electoral abrió un período de calma financiera y expectativas positivas. Sin embargo, la estabilización macroeconómica es apenas el primer paso. La próxima etapa —quizá la más compleja— será transformar esa calma en crecimiento sostenido, con crédito accesible, inversión vigorosa y una recomposición real del ingreso que permita que la recuperación llegue a toda la sociedad.
El 2026 aparece así como un año de inflexión: una oportunidad para dejar atrás la defensiva y volver a pensar en desarrollo.











