En el corazón del semiárido puntano, una región históricamente asociada a la ganadería extensiva y a rindes agrícolas moderados, un dato sobresale con fuerza en plena campaña: 11 toneladas por hectárea de maíz. El registro no solo marca un récord productivo, sino que también refleja un cambio profundo en la forma de hacer agricultura en zonas consideradas, hasta hace poco, marginales.
El protagonista de este salto es el productor Espartaco Bailleres, quien desde hace más de una década impulsa un modelo intensivo y tecnificado en el establecimiento La Lucre, ubicado en Alto Pelado, provincia de San Luis. Allí, en un campo de 6.000 hectáreas que originalmente estaba destinado a una ganadería de muy baja carga, apenas una vaca cada 10 hectáreas y sin infraestructura básica, hoy se desarrolla un sistema mixto altamente integrado que combina agricultura, producción forrajera y engorde a corral.
“Era un campo sin mejoras, prácticamente abandonado. Hace 12 años empezamos a transformarlo con un planteo mixto”, explico a este medio Bailleres. Actualmente, La Lucre cuenta con 4.000 hectáreas agrícolas y 2.000 destinadas a pasturas implantadas, principalmente alfalfa y pasto llorón. Sobre esa base, el sistema productivo se apoya en una rotación intensiva que incluye maíz como cultivo central, acompañado por centeno, utilizado tanto como cobertura como para pastoreo, y verdeos estacionales, con sorgos forrajeros en verano.
El eje de la campaña actual, sin embargo, está puesto en el maíz. En un contexto climático que en años recientes alternó entre déficits hídricos y estrés térmico, los resultados obtenidos esta temporada sorprenden incluso a los propios productores. “Habíamos tenido campañas golpeadas, pero San Luis tiene algo particular: nunca te deja sin nada. Siempre algo se cosecha”, sostiene.
Este año, esa resiliencia se tradujo en números excepcionales. Mientras algunos lotes afectados por eventos climáticos extremos —como granizo— rindieron alrededor de 3.000 kilos por hectárea, otros alcanzaron cifras extraordinarias. “Es algo asombroso: estamos logrando 11 toneladas por hectárea”, destaca Bailleres.

El resultado no responde a un único factor, sino a una combinación precisa de variables. “Se lo atribuimos a la lluvia, pero también al manejo. Es un combo: densidades, elección de híbridos, fertilización y control de malezas”, detalla. Entre los materiales utilizados predominan híbridos de Dekalb, como el 7220, junto con genética de Nidera y Pioneer, que también muestran un comportamiento prometedor en lotes aún no cosechados.
Uno de los aspectos más llamativos del planteo es el ajuste fino en la densidad de siembra. Lejos de los esquemas tradicionales de alta carga de plantas, en La Lucre se viene reduciendo progresivamente la densidad, con planteos que oscilan entre 14.000 y 52.000 plantas por hectárea, según ambiente y espaciamiento. En el caso de los lotes récord, se trabajó con 34.500 plantas por hectárea, sembradas el 7 de diciembre sobre rastrojo de maíz.
La estrategia nutricional también es clave. Los cultivos reciben entre 80 y 100 kilos de urea por hectárea, complementados con 50 kilos de superfosfato simple como fuente de fósforo. Esta lógica de fertilización se extiende a todo el sistema, incluyendo centenos y sorgos, con el objetivo de sostener la productividad en un ambiente naturalmente restrictivo.
En términos económicos, el planteo muestra márgenes ajustados pero claros. El costo total del maíz, incluyendo insumos, labores y comercialización, se ubica en torno a los 24,8 quintales por hectárea, prácticamente el mismo nivel que el rinde de indiferencia. “Todo lo que hacemos por encima de los 25 quintales es ganancia”, resume el productor. En ese contexto, los rindes actuales no solo representan un logro técnico, sino también un resultado económico contundente.
El maíz cumple, además, un rol estratégico dentro del sistema integrado. Parte de la producción se destina a grano, pero una proporción significativa se utiliza como alimento para el feedlot propio, con capacidad para 2.500 animales. De hecho, unas 700 hectáreas se destinan específicamente a maíz para picado, con rindes de hasta 19 toneladas por hectárea de materia verde.
La ganadería en La Lucre también presenta rasgos distintivos. El rodeo, compuesto por 2.000 vacas, se maneja íntegramente mediante inseminación artificial a tiempo fijo (IATF), sin utilización de toros. El sistema incluye tres servicios consecutivos, tras los cuales los vientres que no quedan preñados son descartados y destinados a recría y posterior terminación en el feedlot.
Este esquema permite cerrar el ciclo productivo dentro del propio establecimiento, integrando agricultura y ganadería en un modelo eficiente y diversificado. Parte de la producción también se articula con otros campos del grupo, ubicados en Navia y en Santiago del Estero.
El caso de La Lucre sintetiza una tendencia creciente en regiones marginales, como la intensificación productiva basada en tecnología, manejo y conocimiento. En un ambiente exigente como el semiárido de San Luis, alcanzar rindes de 11 toneladas por hectárea de maíz no solo rompe récords, sino que redefine los límites de lo posible para la agricultura argentina.











