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Desde Batavia, el viajero a caballo Álvaro Biderman reivindicó el valor del campo y de perseguir los sueños

BATAVIA (San Luis). – Hay personas que recorren caminos para llegar a un destino. Otras, en cambio, convierten al camino en su verdadera razón de ser. Álvaro Biderman pertenece a ese segundo grupo. Con apenas unos años de experiencia en el mundo rural, pero con una pasión que nació mucho antes de montar por primera vez un caballo, este joven bonaerense lleva más de dos años cabalgando por la Argentina con una misión que va mucho más allá de una aventura personal.

Su paso por el nuevo centro de transferencia embrionaria para caballos de polo Don Ercole, impulsado por el productor Matías Magrini en el sur de San Luis, fue una oportunidad para detener por unas horas la marcha, compartir experiencias y contar una historia que emociona por su autenticidad.

El proyecto original era tan ambicioso como desafiante: unir Buenos Aires con Nueva York exclusivamente a caballo. Sin embargo, cuando llegó a la frontera con Bolivia, la realidad golpeó con fuerza. Tres meses de espera y las trabas burocráticas para concretar la exportación de sus caballos terminaron obligándolo a replantear el recorrido.


Lejos de abandonar el sueño, eligió transformarlo.

«Antes que nada quiero agradecer por este espacio y a toda la comunidad de El Semiárido. Hace dos años que estoy recorriendo la Argentina a caballo. Mi proyecto era ir desde Buenos Aires hasta Nueva York, pero cuestiones burocráticas me frenaron durante tres meses en la frontera y finalmente no pude hacer la exportación de los caballos. Entonces decidí recorrer nuestra inmensa y hermosa patria», relató.

Hoy, el mapa cambió, pero no el espíritu.

En lugar de dirigirse hacia el norte del continente, ahora avanza rumbo al extremo austral argentino. Ya lleva recorridos alrededor de 5.000 kilómetros y todavía le quedan unos 4.500 para completar una travesía que culminará en la Patagonia, donde proyecta comenzar una nueva etapa de vida.

«Mi proyecto va a terminar en un campo de la Patagonia, viviendo entre las montañas junto a mi familia. Lo que realmente me gusta es producir animales. Ese es mi sueño.»

Una infancia de ciudad… imaginando caballos

Lo llamativo de la historia de Álvaro es que su amor por el campo no nació entre corrales ni rodeos.

Creció en la ciudad.

Nació en Pilar, provincia de Buenos Aires, aunque también lleva muy arraigadas sus raíces familiares en Coronel Pringles, lugar donde vive parte de su familia y al que define como uno de sus dos corazones.

«Somos papá, mamá y cuatro hermanos. Tres varones y una mujer.»

Lo curioso es que ninguno de ellos eligió el camino rural.

«El único que terminó enamorado del campo fui yo.»

Ese enamoramiento comenzó mucho antes de conocer una estancia.

«Yo me crié jugando arriba de un sillón como éste, imaginando que recorría el mundo a caballo mientras veía películas de cowboys.»

Aquellos juegos infantiles fueron alimentando un sueño silencioso.

Ni siquiera sabía montar.

Aprendía mirando tutoriales en YouTube sobre cómo ensillar un caballo.

«Era una ilusión, un juego. Un sueño.»

Hasta que llegó el momento en que todos los jóvenes enfrentan la pregunta que parece definir el resto de la vida.

¿Qué vas a estudiar?

«Tenía 18 años y sentía que era una pregunta totalmente equivocada. ¿Cómo iba a decidir qué hacer durante toda mi vida si todavía no sabía cuáles eran mis dones? No me conocía.»

Entonces habló con su padre.

«Le dije que no sabía qué estudiar, pero sí sabía una cosa: amaba profundamente a los caballos y quería conocer el campo de verdad.»

La respuesta fue sencilla.

Consiguió trabajo en una estancia.

No buscaba dinero.

Buscaba respuestas.

Durante los primeros tres meses trabajó sin cobrar un peso.

Después comenzó a recibir un salario muy modesto.

Pero jamás se sintió más rico.

«Fue el mejor año de mi vida.»

Allí descubrió algo que marcaría definitivamente su destino.

«Entendí que si no estoy en el campo, no puedo estar equilibrado. Éste es mi ecosistema. Los caballos y el campo.»

Desde entonces nunca volvió atrás.

Una travesía que también busca cambiar vidas

El viaje no persigue únicamente un desafío deportivo o aventurero.

Desde el primer día Álvaro decidió convertir la cabalgata en una plataforma para difundir la equinoterapia y promover la sanción de una ley nacional que fortalezca y regule esta actividad terapéutica que transforma la vida de miles de personas.

Pero también intenta dejar otro mensaje.

Quizás el más profundo.

«Quiero demostrarles a los jóvenes que la vida no está hecha para trabajar toda la vida en algo que no les gusta.»

Su reflexión nace desde la experiencia y se expresa con una sinceridad poco habitual.

«Lo más importante son los sueños. Uno tiene que profesionalizar aquello que ama y vivir de eso. Es un proceso largo, pero para eso estamos vivos.»

Durante la charla, el joven jinete dejó una frase que resume la filosofía que guía cada jornada de su viaje.

«Escucho muchas veces decir: ‘Voy a empezar a vivir cuando me jubile’. Pero la vida es hoy. Nadie sabe qué puede pasar mañana. ¿Cómo vas a esperar toda una vida para recién empezar a vivir?»

Para él, el verdadero patrimonio no está en el dinero ni en las oportunidades.

Está en el coraje.

«No importa si tenés plata o no, si estás acompañado o solo. Lo importante es tener la valentía de decir ‘quiero hacer esto’ y seguir adelante. La vida te va a poner cientos de obstáculos, pero hay que seguir igual.»

Dos caballos… y una mula

La logística de semejante travesía también fue cambiando.

Partió con tres caballos criollos.

Más adelante, por cuestiones prácticas, dejó uno de ellos en el norte de Córdoba y continuó con dos.

Pero el viaje le tenía preparada otra sorpresa.

En San Juan incorporó una mula.

Hoy avanza acompañado por dos caballos criollos y ese animal que aprendió a admirar recorriendo las montañas del norte argentino.

«En Buenos Aires prácticamente no conocemos las mulas.»

El descubrimiento ocurrió durante una cabalgata de 150 kilómetros por senderos de alta montaña, a más de 4.500 metros sobre el nivel del mar.

«Los que iban con mulas llegaban dos horas antes que todos nosotros. Mientras nosotros seguíamos subiendo, ellos ya estaban tomando vino y comiendo un asado.»

Aquella experiencia despertó su curiosidad.

Después llegó la admiración.

Y finalmente la reivindicación.

«Me gusta andar en mula porque también es una forma de reivindicar un animal que hizo grande a nuestra patria.»

Entonces recordó uno de los capítulos más trascendentes de la historia argentina.

«San Martín cruzó la Cordillera con más de cinco mil mulas. Son animales extraordinariamente valientes y resistentes. Muchas veces fueron injustamente despreciados.»

El impacto de quienes invierten donde pocos miran

Durante su paso por Don Ercole también hubo tiempo para observar otro tipo de coraje.

El de quienes invierten en una región muchas veces olvidada.

Biderman reconoció que quedó profundamente impresionado por el desarrollo que impulsa la familia Magrini en el sur puntano.

«Recorrí toda esta zona y nadie me lo puede contar porque la viví. Sé que durante mucho tiempo estuvo abandonada, despoblada y olvidada.»

Por eso valoró especialmente la decisión de apostar por un emprendimiento de semejante magnitud.

«Me impresionó el impacto que puede tener una persona con coraje como Matías Magrini. Cuando alguien apuesta desde el sector privado por una región como ésta, no solamente desarrolla un proyecto productivo. También genera un enorme impacto social.»

A su entender, ese tipo de iniciativas representan una verdadera forma de hacer patria.

«Eso es lo que más rescato de lo que vi en Don Ercole.»

El caballo como puente

Mientras el sol comenzaba a caer sobre los campos del departamento Dupuy, Álvaro volvió a preparar el recado.

El camino lo esperaba nuevamente.

Miles de kilómetros todavía separan su presente del destino final.

Pero para él, cada jornada tiene sentido por sí misma.

Porque, más allá del lugar al que llegue, sabe que ya encontró aquello que buscaba.

Su lugar está junto a los caballos.

Y su misión también.

Antes de despedirse dejó una última reflexión que resume el espíritu de toda su travesía: “El caballo puede ser un puente para transformar el mundo».

Una frase sencilla que sintetiza el recorrido de un joven que eligió cambiar las certezas por los caminos de tierra y que, a fuerza de convicción, demuestra que los sueños también pueden avanzar al ritmo sereno de un caballo criollo.