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De Mendoza a Córdoba y San Luis: 5.380 colmenas, 800 kilómetros y una campaña que superó los 86 mil kilos de miel

Con más de cinco mil colmenas en movimiento, kilómetros recorridos y un esfuerzo silencioso que no se detiene, la familia Parra, de Unión, vuelve a demostrar que producir miel en San Luis es mucho más que un negocio, es una forma de vida que se sostiene con trabajo, planificación y una enorme vocación de superación.

En la apicultura, como en tantas actividades del interior productivo argentino, las campañas no se miden solo en kilos cosechados. Se miden en decisiones tomadas a tiempo, en madrugadas de carga y descarga, en rutas interminables, en la paciencia frente al clima y en la convicción de no bajar los brazos aun cuando los números aprietan. La historia reciente de la familia Parra, una de las principales productoras de miel de la provincia de San Luis, es un claro reflejo de esa realidad.

Juan José Parra lo cuenta con la serenidad de quien conoce cada etapa del proceso y con la franqueza de quien no esquiva las dificultades. La campaña apícola de la familia comienza temprano, mucho antes de que aparezcan los primeros tambores de miel. Arranca en agosto, cuando las colmenas dejan San Luis para iniciar la primera transhumancia hacia San Rafael, Mendoza, donde prestan servicios de polinización en fincas de ciruela y durazno.


“En agosto empezamos a ingresar a Mendoza con unas 4.700 colmenas”, relata. No se trata solo de polinizar, el objetivo también es desarrollar las colmenas, fortalecerlas y prepararlas para lo que vendrá después. Este año, el clima acompañó. Las temperaturas agradables permitieron un buen aprovechamiento de las floraciones y eso se tradujo en colmenas con buena población, listas para el siguiente gran desafío, la producción de miel en el norte cordobés.

El 28 de septiembre llegó el primer equipo a Cruz del Eje. Fueron 512 colmenas en ese primer movimiento, aunque hubo que esperar un poco para el inicio del agarre. La floración venía retrasada respecto de otros años y eso obligó a ajustar los tiempos. Aun así, la logística fue uno de los puntos altos de la campaña. En apenas nueve días, la familia logró bajar 4.300 colmenas, con ocho equipos completos en ocho días y un último chasis para cerrar el traslado.

“Fue un movimiento rápido y preciso, y eso nos dejó muy conformes”, destaca Parra. En esos momentos, las expectativas eran altas, porque los algarrobos estaban cargados de flor y todo hacía pensar en una buena temporada. Pero, como tantas veces en la apicultura, el escenario cambió de golpe.

Después de la primera semana de octubre, el clima se volvió adverso. Bajaron las temperaturas y llegaron los vientos fuertes, persistentes, capaces de arruinar una floración entera. El algarrobo no pudo expresar todo su potencial. Más tarde vino el mistol, con una floración aceptable pero lejos de ser ideal. La inestabilidad climática impidió aprovechar al máximo esa segunda oportunidad que suele ofrecer la zona.

A pesar de todo, la campaña cerró con unos 86.700 kilos de miel, un promedio de entre 20 y 21 kilos por colmena. “En un monte, en una zona natural, esos números no son malos”, reflexiona Juan José. El problema no está solo en lo que se produce, sino en lo que cuesta producirlo.

El esquema productivo es complejo y caro. Desarrollo de colmenas en Mendoza, traslado de más de 800 kilómetros hasta Córdoba, logística, combustible, mano de obra. Todo eso eleva los costos en un contexto donde el precio de la miel, aunque mejoró, todavía no termina de acomodarse. “La miel estuvo mucho tiempo planchada. Si bien ahora subió, todavía no está donde debería estar para que la actividad sea realmente rentable”, explica.

En noviembre, la estrategia fue clara, cosechar rápido y volver cuanto antes a San Luis. En el norte llegaron a sacar hasta 1.700 alzas por día, un ritmo intenso que permitió regresar a Unión y al departamento Dupuy en el momento justo. Las lluvias de octubre y noviembre habían sido buenas y los campos “empujaban”, como dicen los productores. No había que perder esa entrada temprana.

La decisión fue acertada. Hoy, las colmenas en San Luis ya tienen un promedio estimado de 20 kilos de miel y todavía sigue entrando néctar, aunque el calor amenaza con frenar un poco el ritmo si no llegan nuevas lluvias. Aun así, las expectativas son positivas.

La familia no solo mantuvo las 4.300 colmenas que fueron al norte, sino que sumó 300 que habían quedado en Mendoza para recambio de reinas y 780 núcleos que ya se transformaron en colmenas productivas. En total, el número asciende a 5.380 colmenas, prácticamente el mismo stock que la temporada pasada. “Venimos de años muy difíciles, y poder mantener el número ya es un logro enorme”, subraya Parra.

El contexto económico también empieza a mostrar algunas señales alentadoras. Ya en agosto se percibía que el mercado podía reaccionar, sobre todo por los altos aranceles que Estados Unidos aplicó a países como Brasil, mientras que Argentina quedó mejor posicionada. En la región, la miel oscura ronda los 2.550 a 2.600 pesos y la clara alcanza los 2.700 o un poco más, según los contratos. La suba supera el 68%, pero aun así el productor siente que falta.

“La actividad sufrió mucho en los últimos tres años. La inflación fue muy fuerte y la miel no acompañó ese ritmo”, recuerda Juan José. El año pasado, además, la producción en el sur de San Luis fue muy baja, con promedios de apenas 13 kilos por colmena. Eso obligó a encarar esta campaña con otro objetivo, sostenerse, resistir, mantener la actividad y el número de colmenas, más que pensar en crecer.

Hoy, con mejores rindes y precios en alza, la esperanza vuelve a asomar. “Ojalá que en marzo podamos cerrar la temporada con buenos promedios y que la miel supere los 3.000 pesos. Recién ahí podremos pensar en crecer y en ir por más”, proyecta.

Parra no esquiva una mirada más amplia sobre la apicultura provincial. Reconoce que el sector viene golpeado, pero también valora las iniciativas recientes del Gobierno de San Luis, como las mesas sectoriales y las herramientas del CFI para acceder a créditos blandos. “Nosotros pudimos tomar uno y estamos muy agradecidos”, afirma.

Sin embargo, también señala deudas pendientes. La falta de ordenamiento, de registros claros, de un referente apícola provincial. En departamentos como Dupuy, Quines o Candelaria, donde el monte nativo atrae a productores de distintas provincias, el desorden genera problemas, con colmenas sin identificar, falta de controles, robos y ausencia de aportes a la provincia.

“Hay que trabajar en eso. Va a llevar tiempo, pero estamos en buen camino”, confía. También llama a la autocrítica, ya que muchos apicultores no están registrados y comercializan en negro, lo que les impide acceder a las herramientas disponibles. “Nosotros también tenemos que cambiar la manera de trabajar. Para crecer, primero hay que ordenarse”, concluye.

La historia de la familia Parra es, en definitiva, la historia de una actividad que resiste. De productores que se adaptan, que planifican, que recorren cientos de kilómetros detrás de una floración y que, aun en los años más duros, eligen seguir apostando. Porque detrás de cada kilo de miel hay mucho más que dulzura, hay esfuerzo, perseverancia y un profundo compromiso con la producción y con el futuro del campo puntano.