Inicio Agricultura Bioinsumos: el potencial de mejorar el suelo empieza por conocer cada lote

Bioinsumos: el potencial de mejorar el suelo empieza por conocer cada lote

En una jornada realizada en San Luis, la ingeniera agrónoma Teresa Ruiz Gibeli destacó el aporte de los microorganismos al desarrollo de los cultivos. El diagnóstico del suelo, la disponibilidad de agua y la medición de resultados fueron los ejes de una exposición que puso el manejo por delante de las recetas.

Los bioinsumos pueden contribuir a mejorar el desarrollo de las raíces, favorecer el aprovechamiento de nutrientes y acompañar la producción agrícola. Sin embargo, su incorporación requiere conocer las limitaciones de cada lote y definir qué proceso se busca mejorar. Ese fue el planteo central de la ingeniera agrónoma Teresa Ruiz Gibeli durante una jornada organizada por el Colegio de Ingenieros Agrónomos de San Luis (CIAPA SL), Bactools Agrotech y AGREFERTAR SA, en la Zona de Actividades Comerciales (ZAC).

“La microbiología no es un atajo”, sostuvo la profesional al explicar que el rendimiento surge de la interacción entre el suelo, las raíces, la planta y el clima. En ese sistema, las herramientas biológicas necesitan condiciones adecuadas para expresar su aporte y una estrategia que permita comprobar sus resultados.

La disponibilidad de agua apareció entre las primeras preocupaciones de los participantes. A partir de ese intercambio, Ruiz Gibeli señaló la importancia de evaluar cómo ingresa, se conserva y queda disponible la humedad en el perfil, junto con la capacidad del suelo para retener nutrientes.

La textura, la compactación, el pH y el contenido de materia orgánica forman parte de ese diagnóstico. Son características que condicionan tanto el crecimiento de las raíces como la actividad de los microorganismos y, por lo tanto, la respuesta que puede esperarse de una aplicación.

La especialista insistió en una secuencia: conocer el lote, identificar el problema y luego elegir el insumo. Incorporar un promotor de crecimiento sin reconocer previamente una restricción física o hídrica puede dejar sin resolver la principal limitante del cultivo.

Las raíces como punto de partida

Uno de los aspectos centrales de la exposición fue el desarrollo del sistema radicular. Ruiz Gibeli explicó que una mayor exploración del suelo puede favorecer el acceso al agua y a los nutrientes, y destacó el papel de los pelos absorbentes en ese intercambio.

En ese marco, describió el uso de bacterias promotoras del crecimiento vegetal y de microorganismos con capacidad de solubilizar fósforo. Según explicó, estas herramientas pueden acompañar procesos vinculados con la nutrición y el desarrollo de las plantas, dentro de un manejo que contemple la oferta de nutrientes del suelo y las necesidades del cultivo.

También abordó las aplicaciones sobre rastrojos de maíz y soja. Los residuos de cosecha contienen nutrientes que pueden reincorporarse parcialmente al sistema mediante su descomposición y, al mismo tiempo, ofrecen cobertura para reducir la evaporación.

La profesional presentó experiencias de trabajo sobre rastrojos y tratamientos de semillas en las que se observaron diferencias en el crecimiento de las raíces. Aclaró, además, que los cambios en las condiciones del suelo requieren seguimiento: una restricción por compactación no se resuelve de manera inmediata entre una cosecha y la siguiente.

“Nosotros somos ingenieros de la pala”, expresó, para subrayar la necesidad de observar el perfil y comprobar en el terreno cómo se desarrollan las raíces.

El momento de aplicación también cuenta

La elección del producto es apenas una parte de la decisión. El estado del cultivo, la humedad disponible, las temperaturas y la etapa de desarrollo también deben considerarse antes de intervenir.

Ruiz Gibeli desaconsejó aplicar por rutina o ante la incertidumbre de una respuesta. Frente a plantas afectadas por estrés intenso o por una helada, planteó evaluar primero su recuperación y las condiciones en las que podrían aprovechar el tratamiento.

“No aplicamos por aplicar, porque eso tiene un costo también”, resumió.

La compatibilidad de las mezclas fue otra de las advertencias. Cuando se trabaja con microorganismos vivos, indicó, es necesario verificar qué ocurre al combinarlos con otros productos, porque una mezcla puede afectar su actividad.

En maíz, mencionó la importancia de planificar las intervenciones de acuerdo con la etapa fenológica y los procesos que se pretende acompañar. La oportunidad de aplicación, explicó, debe guardar relación con la formación de los componentes del rendimiento.

Medir para decidir

La evaluación de resultados atravesó toda la charla. La observación de raíces, los análisis de suelo y el seguimiento de la nutrición y la sanidad permiten reunir información antes de llegar a la cosecha.

La especialista describió el uso de mediciones de savia y clorofila como herramientas de seguimiento, dentro de una evaluación más amplia del cultivo. También remarcó la necesidad de contar con sectores testigo para comparar las respuestas.

En el plano económico, presentó un ejemplo de trabajo con un costo adicional cercano a los 30 dólares por hectárea. Para ese cálculo utilizó un valor del maíz de 180 dólares por tonelada y ubicó el punto de equilibrio alrededor de los dos quintales adicionales por hectárea. Se trató de una referencia de la exposición, sujeta al tratamiento y al manejo considerados.

El criterio propuesto fue evaluar cada incorporación por su respuesta agronómica y económica. “Mi lote es diferente”, señaló Ruiz Gibeli al cuestionar las decisiones tomadas por imitación. Para la profesional, el aporte de los bioinsumos se construye con diagnóstico, aplicaciones oportunas y mediciones que permitan determinar qué funciona en cada ambiente.