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El desmonte pone en riesgo la producción de alimentos en el Chaco Semiárido

La deforestación en la región provoca que las napas asciendan hasta la superficie del suelo, donde depositan sales que anulan su capacidad productiva. Un estudio de la FAUBA señaló que el proceso se atenuaría dejando al menos 30% de bosque en los campos agrícolas.

Por Sebastián Tamashiro

(SLT-FAUBA) Los desmontes tienen diversas consecuencias negativas sobre los ecosistemas. Una de ellas es la salinización de los suelos, un proceso que ocurre por el cambio en la dinámica del agua y que puede poner en riesgo la capacidad de grandes áreas para producir cultivos. Un estudio de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) analizó el problema en el Chaco Semiárido y mostró que las áreas desmontadas se salinizan a más velocidad que las de monte intacto, y resaltó que para retrasar el colapso de los ecosistemas de la región es necesario que exista al menos un 30% de bosque distribuido en las superficie desmontadas.

“La salinización es un aumento de las sales solubles en la superficie del suelo, lo que hace que pierdan su capacidad para producir alimentos, ya que en estas condiciones muchas plantas no pueden absorber el agua del suelo. Una vez que ocurre, es muy difícil y costoso revertir la salinización. Este proceso es muy frecuente en casi todas las planicies semiáridas del mundo, incluyendo el Chaco Semiárido en la Argentina”, explicó Laura Amdan, recientemente doctorada en la Escuela para Graduados de la FAUBA.

En su investigación, Amdan se enfocó en la salinización que tiene lugar con el cambio en la vegetación tras los desmontes. “Los montes absorben mucha agua del suelo y la transpiran hacia la atmósfera”, afirmó Laura, y agregó: “Cuando se los reemplaza por cultivos, que tienen menor capacidad de transpirar que el monte, queda una gran cantidad de agua en el suelo. Este agua solubiliza las sales del subsuelo y las lleva hacia abajo, a las napas. Al seguir entrando agua al suelo, la napa se ‘carga’, asciende y arrastra las sales hasta la superficie”.

Como parte de su estudio, la investigadora comparó cuánta agua drena hacia las napas en áreas con bosques y desmontadas, y encontró resultados contrastantes. Por un lado, en los montes estimó recargas de napas muy bajas, tendientes a cero, ya que el monte nativo transpira casi la totalidad del agua que ingresa al suelo con las precipitaciones. De esa manera, no llega a recargar las napas.

Por otro lado, en sitios deforestados, las recargas variaron en función de si se habían implantado pasturas o cultivos, y si se aplicaba o no riego. Amdan contó que al no existir el monte, gran parte de la precipitación drena  hacia lo profundo del suelo. “Cada año, las napas se recargaron entre 20 y 45 litros de agua por metro cuadrado. Para dar una idea, en 20 años, esta cantidad de agua puede movilizar hasta las napas 20 kilos de sal por metro cuadrado”.

Entonces, ¿Cuándo llegará el agua salada a la superficie si continúan los desmontes? Laura estimó que, en las áreas desmontadas y con cultivos bajo riego, la napa podría llegar a la superficie en 40 años. En cambio, si se hace agricultura sin riego, entre 100 y 300 años dependiendo de si la cobertura es una pastura o un cultivo. Esto es lo que está ocurriendo en Australia, donde ya se perdieron definitivamente miles de hectáreas agrícolas por salinización.

Los resultados de Amdan también permitieron ver que es posible configurar el paisaje de la región combinando monte y cultivos a fin de regular la recarga de agua subterránea y reducir la salinización. “En los campos agrícolas debe mantenerse como mínimo un 30% de bosque nativo que absorba y transpire agua del suelo y que retrase la recarga de las napas. Por muchas razones, hay que evitar las grandes extensiones de área deforestada”, dijo, y advirtió que con esas medidas, las sales se moverán más lento, pero que si los desmontes continúan, el ascenso de las napas con agua salada será inevitable.

“La salinización es sólo una forma de ver los impactos negativos de los desmontes. Por sí misma, puede poner en riesgo la producción de alimentos en superficies muy grandes. Es difícil saber a qué escala va a tener consecuencias. Cada lote aporta un poco de agua y los efectos pueden verse a escala regional. Por ejemplo, en San Luis, la recarga y el movimiento de las napas produjo la aparición de un río nuevo de agua salada de la noche a la mañana, literalmente”, advirtió Amdan.

La sal en la agenda política y en el ordenamiento territorial

La investigadora se enfocó en el Chaco Semiárido porque, aunque la frontera agrícola llegó a los montes de la región hace 40 años y se intensificó en las últimas décadas, todavía queda mucho bosque remanente. “Desde el 2008 se sabe que la salinización está ocurriendo en la zona. Hay mucho por hacer, desde investigar o regular actividades productivas, hasta generar manejos que puedan evitar un desenlace trágico”.

A pesar de que la salinización parece la crónica de un colapso ambiental anunciado, Amdan contó que si bien el tema está lejos de la agenda política, sí está presente en la agenda científica. “Algunas instituciones como la Universidad Nacional de San Luis, con Esteban Jobbágy a la cabeza, y otros organismos vinculados a la investigación y la producción agrícola, como el INTA, vienen estudiando el problema hace años. Esto no es poco. Cuando la salinización crezca en importancia en la agenda de quienes deben tomar decisiones, estará disponible un amplio conocimiento sobre cómo abordarla”.

Para finalizar, Laura reflexionó: “El proceso de ordenamiento territorial de bosques nativos es una herramienta valiosa para gestionar el uso del territorio y podría incorporar la salinización como variable. La Ley de Bosques determinó qué bosques nativos se protegen y en cuáles se podrían realizar en distintas actividades productivas. Estas últimas deberían contar con más de un 30% de superficie de bosques si queremos ganar más tiempo para pensar cómo resolver el problema y evitar que el sistema colapse. Esperemos que este tema pase a la agenda política antes de que sea tarde”.