En el marco de una jornada técnica que volvió a posicionar al establecimiento La Juanita de José Lorenzino como un punto de referencia para la generación de conocimiento en el centro del país, el ingeniero agrónomo Gustavo Thiessen aportó una de las exposiciones más disruptivas del encuentro. Especialista en manejo de maíz en ambientes restrictivos y con una vasta trayectoria en el sur de la provincia de Buenos Aires, el profesional introdujo conceptos que desafían los esquemas tradicionales, especialmente en lo referido al uso de densidades ultra bajas.
La presentación de Thiessen fue incorporada al programa a partir del impulso de productores locales que integran el Grupo San Luis, quienes lo tienen como asesor de cabecera. La introducción estuvo a cargo del productor Guillermo Pastor, quien destacó la experiencia del técnico en condiciones productivas comparables a las del semiárido puntano.
La disertación tuvo lugar en un contexto de alta convocatoria. Más de un centenar de productores, asesores y referentes del sector recorrieron los ensayos de maíz de ocho semilleras, acompañados por una nutrida muestra estática de maquinaria, servicios agropecuarios y tecnología aplicada. En ese escenario, Thiessen no solo compartió su experiencia, sino que también propuso repensar la forma en que se construyen las decisiones agronómicas.
“Una jornada de este tipo, organizada entre productores, es para sacarse el sombrero. No se ve en todos lados, y eso que uno recorre distintas zonas del país. Realmente es de primer nivel”, expresó en diálogo con El Semiárido, marcando desde el inicio el valor del encuentro.
El punto de partida de su exposición fue su propia historia profesional, ligada a ambientes complejos. “Vengo del sur de Buenos Aires, de suelos con tosca a 50 o 60 centímetros y veranos con lluvias erráticas. Hace 20 años, el maíz directamente no formaba parte de la rotación en esa región”, recordó.
En aquel entonces, los planteos se manejaban con esquemas tradicionales, con densidades de entre 50.000 y 60.000 plantas por hectárea. Sin embargo, la evolución de la agricultura y la integración con la ganadería modificaron el escenario. “Hoy en partidos como Coronel Dorrego estamos entre 50.000 y 70.000 hectáreas de maíz, más el maíz de segunda. Pasó a ser un cultivo más dentro del sistema, algo que fue un cambio radical”, explicó.
Ese proceso de transformación estuvo acompañado por una búsqueda constante de eficiencia, que derivó en una de las principales líneas de trabajo del técnico, el ajuste de densidad como herramienta central de manejo.
Thiessen definió el trabajo con densidad como “la gran revolución del maíz” en estos ambientes. A diferencia de un cambio abrupto, se trató de un proceso gradual, de 60.000 plantas se pasó a 50.000, luego a 40.000, 35.000 y así sucesivamente, hasta llegar a planteos actuales de entre 10.000 y 25.000 plantas por hectárea.

“Hoy estamos trabajando con densidades muy bajas, incluso con modificaciones en el distanciamiento entre surcos, que pueden ir de 1,40 a 1,50 metros, en contraste con los 52 o 70 centímetros tradicionales”, detalló.
Sin embargo, el especialista fue enfático en señalar que el eje del manejo no debe estar puesto exclusivamente en la densidad, sino en un concepto más amplio: el rendimiento objetivo. “Tenemos que dejar de pensar en cuántas plantas sembrar y empezar a pensar qué rinde queremos lograr. Ese objetivo es el que ordena todo lo demás”, sostuvo.
En ese sentido, explicó que no es lo mismo plantear un cultivo para 10.000 kilos por hectárea que para 5.000. “Si el objetivo es alto, las densidades ultra bajas no alcanzan. Pero si el planteo es más modesto, incluso pueden ser la mejor opción”, indicó.
Uno de los ejes centrales de su exposición fue la clasificación de los híbridos según sus mecanismos de compensación frente a bajas densidades. Allí distinguió dos grandes grupos: los materiales de doble espiga y los macolladores.
“Los maíces se comportan de manera totalmente distinta cuando bajamos la densidad. Algunos compensan con una segunda espiga, mientras que otros lo hacen a través de macollos”, explicó.
En el caso de los híbridos de doble espiga, la capacidad de adaptación a menores densidades es limitada. “Pueden aumentar el tamaño de la espiga principal o secundaria, pero tienen un techo en su capacidad de compensación”, señaló.
En cambio, los materiales macolladores presentan una respuesta más dinámica. “Tienen en su genética la capacidad de generar estructuras adicionales que les permiten sostener o incluso mejorar el rendimiento en condiciones favorables”, afirmó.
No obstante, advirtió que esta estrategia no está exenta de riesgos. “El 60% del rendimiento en estos planteos puede depender de los macollos. Si ocurre una helada o un estrés en etapas críticas, ese componente se pierde y el rendimiento cae significativamente”, explicó.
El especialista también abordó las implicancias de estas estrategias en función de la fecha de siembra. En siembras tardías, las bajas densidades pueden resultar atractivas, pero aumentan la vulnerabilidad frente a eventos como heladas tempranas.
Por el contrario, en siembras tempranas, los materiales macolladores ofrecen una ventaja clave: una floración más prolongada. “En lugar de concentrar el polen en pocos días, lo distribuyen en un período de 20 a 30 días, lo que mejora las chances de cuajado en condiciones adversas, como golpes de calor”, explicó.
Otro aspecto innovador de su planteo fue el ajuste en la distribución espacial de las plantas. “Cuando trabajamos con densidades ultra bajas, el problema no es la luz, es el agua. Entonces, lo que buscamos es optimizar la captación de recursos”, indicó.
En ese sentido, propuso estrategias como eliminar un surco y redistribuir las plantas para mejorar la eficiencia en el uso de la radiación y reducir pérdidas. “No se trata solo de cuántas plantas hay, sino de cómo están ubicadas”, remarcó.
Más allá de los aspectos técnicos, la exposición de Thiessen dejó un mensaje de fondo: la necesidad de adaptar los sistemas productivos a las condiciones reales de cada ambiente.
“Cuando alguien me dice que quiere hacer 5.000 kilos, ya me está diciendo que el limitante es el agua. En esos casos, las decisiones tienen que ir en función de esa restricción”, señaló.
En definitiva, su propuesta implica un cambio de lógica: pasar de modelos estandarizados a esquemas flexibles, donde la genética, el ambiente y el objetivo productivo se integran en una estrategia única.
La jornada en La Juanita dejó en claro que, en regiones como San Luis, donde la agricultura aún está en proceso de consolidación, este tipo de aportes resultan fundamentales. La experiencia de técnicos como Thiessen no solo amplía el horizonte productivo, sino que también invita a repensar prácticas arraigadas, abriendo la puerta a una agricultura más eficiente, resiliente y adaptada al desafío del semiárido.











