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Romina Osses: La eficiencia ganadera en el árido puntano se construye con agua, pasto y planificación

La ingeniera agrónoma Romina Osses, docente de la Universidad Nacional de San Luis, obtuvo la máxima calificación por su Trabajo Final de Maestría en Producción Ganadera de Zonas Áridas. El estudio, realizado en un establecimiento de General Alvear, Mendoza, demuestra que la recuperación de áreas degradadas, el manejo del pastoreo, la planificación del agua y el monitoreo del rodeo pueden mejorar la eficiencia de los sistemas de cría. La experiencia también ofrece una metodología aplicable a regiones como San Luis.

La ganadería de cría en ambientes semiáridos enfrenta una dificultad que condiciona las decisiones productivas, como la disponibilidad de recursos es limitada y variable. Las precipitaciones, su distribución y la capacidad del suelo para sostener una determinada oferta forrajera pueden modificar sustancialmente el funcionamiento de un establecimiento.

En ese contexto, la eficiencia no depende exclusivamente de incorporar una nueva especie forrajera, aumentar la carga animal o recurrir a la suplementación. Requiere comprender cómo interactúan el suelo, la vegetación, el agua, la infraestructura y los requerimientos del rodeo.

Esa fue la perspectiva desde la cual Osses, docente de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Agropecuarias (FICA) de la Universidad Nacional de San Luis, desarrolló su Trabajo Final para acceder al título de Magíster en Producción Ganadera de Zonas Áridas, carrera de la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Nacional de Cuyo.

La defensa se realizó a principios de agosto y el trabajo recibió la máxima calificación, “Sobresaliente”, por parte del jurado evaluador. La investigación, titulada “Propuestas para mejorar la eficiencia de un sistema de cría en la provincia fitogeográfica del Monte”, estuvo dirigida por la doctora María Laura Guzmán.

El estudio fue valorado por su aporte práctico, su enfoque sistémico y su potencial impacto sobre la ganadería de ambientes semiáridos. La FICA y el Departamento de Ciencias Agropecuarias destacaron el logro de la docente, fruto de un trabajo sostenido de investigación y desarrollo regional.

El interés de Osses por la eficiencia de los sistemas de cría bovina surgió de un problema concreto, cómo producir en ambientes donde los recursos son escasos y, al mismo tiempo, presentan una marcada variabilidad.

En las zonas semiáridas, las precipitaciones condicionan fuertemente la producción de forraje. Esa situación repercute directamente sobre la carga animal que puede sostenerse y, por lo tanto, sobre los resultados productivos del establecimiento.

“Me interesó estudiar el sistema de manera integral, no solamente desde el animal o desde el recurso forrajero”, explicó la investigadora etrevistada por El Semiárido. El objetivo fue analizar la interacción entre la disponibilidad y calidad del forraje, los requerimientos del rodeo, el manejo del pastoreo, el acceso al agua y la infraestructura.

A partir de ese diagnóstico, el trabajo buscó identificar los principales puntos críticos y proponer herramientas que permitan tomar mejores decisiones.

La mirada resulta especialmente relevante para los sistemas extensivos, donde una modificación en uno de los componentes puede generar consecuencias sobre los demás. Una mayor disponibilidad de pasto, por ejemplo, no necesariamente se traduce en una mejora productiva si no existe una adecuada distribución del agua, si la carga animal no se ajusta a la oferta o si el forraje no se utiliza en el momento apropiado.

La investigación plantea, precisamente, que la eficiencia debe construirse a partir de la integración de información y no de la aplicación aislada de una tecnología.

Las limitaciones del monte

El establecimiento elegido para el estudio fue El Clarín, ubicado en General Alvear, Mendoza, dentro de la provincia fitogeográfica del Monte.

La elección no fue casual. El establecimiento representaba varios de los desafíos que caracterizan a la producción ganadera en ambientes semiáridos, como una precipitación media anual cercana a los 450 milímetros, concentrada principalmente durante el período estival, y períodos de sequía muy marcados durante los años analizados.

A esas restricciones climáticas se sumaban áreas de pastizal natural degradadas, suelos arenosos susceptibles a la erosión, limitaciones en la distribución del agua y un proceso de incorporación de pasturas adaptadas.

El conjunto de esas condiciones permitió analizar un sistema real y evaluar distintas alternativas frente a problemas que también se presentan en numerosos establecimientos ganaderos de zonas semiáridas.

La investigación no se limitó a determinar cuánto forraje producía cada ambiente. También buscó comprender cómo esa oferta se relacionaba con las necesidades del rodeo y con las posibilidades concretas de utilización del establecimiento.

De esa manera, el diagnóstico permitió avanzar desde la identificación de las limitaciones hacia la formulación de propuestas de manejo.

Aumentar la oferta forrajera

Uno de los resultados más destacados del trabajo fue la incorporación de pasto llorón en áreas degradadas del establecimiento.

La situación inicial mostraba un pastizal natural con una producción aproximada de 200 a 250 kilogramos de materia seca por hectárea y una baja presencia de especies forrajeras deseables.

La implantación de pasto llorón permitió aumentar considerablemente la cantidad de forraje disponible y mejorar la receptividad de esos sectores. Sin embargo, Osses advierte que el resultado no debe interpretarse como una consecuencia automática de incorporar una especie adaptada.

“El principal cambio fue recuperar productivamente sectores que tenían una oferta forrajera muy limitada”, señaló. Pero también remarcó que la implantación por sí sola no resuelve el problema.

El aporte de la pastura estuvo asociado a un manejo adecuado, especialmente mediante la rotación de los lotes y la utilización del pasto de acuerdo con su estado de desarrollo.

En otras palabras, el resultado no fue solamente incorporar una nueva especie, sino integrarla correctamente al funcionamiento del sistema.

Los muestreos realizados a campo permitieron registrar una productividad de 3.306 kilogramos de materia seca por hectárea en las áreas donde se había incorporado pasto llorón.

En el establecimiento estudiado, su producción fue muy superior a la de varias especies presentes en el pastizal natural, lo que permitió aumentar la oferta de materia seca.

Sin embargo, la investigadora subraya que los 3.306 kilos por hectárea no deben considerarse un rendimiento que necesariamente se repetirá en cualquier establecimiento. El dato representa el potencial que mostró la especie bajo las condiciones particulares de El Clarín y con el manejo aplicado.

La aclaración es importante porque evita transformar un resultado experimental o productivo en una recomendación general sin considerar las diferencias entre ambientes, suelos, precipitaciones y sistemas de utilización.

La investigadora resume así una de las principales enseñanzas del estudio: “Cantidad de forraje y calidad nutricional no son conceptos equivalentes”.

Por eso, antes de incorporar pasto llorón, Osses recomienda realizar un diagnóstico que contemple las precipitaciones y su distribución, el tipo y estado del suelo, la vegetación existente, el grado de degradación, la disponibilidad y distribución del agua, la infraestructura del establecimiento y, fundamentalmente, las categorías animales que utilizarán la pastura y el momento del año en que lo harán.

También es necesario definir previamente cómo se manejará. Una pastura implantada sin planificación del pastoreo puede perder rápidamente parte de las ventajas que motivaron su incorporación.

La decisión, por lo tanto, debería formar parte de una planificación integral del sistema.

Otro de los aspectos analizados en la investigación fue la disponibilidad de forraje durante los períodos de menor producción.

El estudio identificó que uno de los principales problemas aparecía durante otoño e invierno, cuando disminuían tanto la cantidad como la calidad nutricional del alimento disponible y se generaban déficits, particularmente de proteína.

En esas situaciones, una alternativa es recurrir a una suplementación proteica estratégica, que puede incluir fuentes de proteína verdadera o nitrógeno no proteico, dependiendo de la categoría animal, la calidad de la dieta base y el objetivo productivo.

Sin embargo, Osses advierte que la suplementación no debería aplicarse como una receta fija.

“Primero hay que conocer qué aporta el forraje y cuáles son los requerimientos del rodeo”, explicó. La suplementación debería utilizarse para corregir un déficit previamente identificado.

Para Osses, uno de los cambios más importantes que pueden realizar los productores es pasar de reaccionar cuando ya falta alimento a anticiparse al déficit forrajero.

Eso requiere observar simultáneamente indicadores del recurso y del animal.

Del lado del recurso forrajero, resulta fundamental monitorear la cantidad de materia seca disponible, la evolución de la cobertura vegetal, el estado fenológico de las especies y la calidad nutricional del forraje.

También es importante seguir las precipitaciones, porque en estos ambientes condicionan fuertemente la producción futura.

Del lado del rodeo, uno de los indicadores más sencillos y útiles es la condición corporal de las vacas. Si comienza a disminuir, probablemente el desbalance nutricional ya esté afectando al animal.

La propuesta del trabajo fue combinar esas observaciones de campo con herramientas como imágenes satelitales y análisis de calidad del forraje.

El objetivo es contar con información que permita ajustar el manejo antes de llegar a una situación crítica.

En los sistemas de cría extensiva, la disponibilidad de agua es una de las prioridades.

Pero no alcanza con conocer la superficie total de un establecimiento. También es necesario saber qué proporción de esa superficie puede ser utilizada eficientemente por los animales.

En El Clarín, la investigación observó que una distribución inadecuada de las aguadas generaba sectores con diferente presión de pastoreo.

Los animales tienden a concentrarse alrededor de los puntos de agua, mientras que las zonas más alejadas pueden quedar subutilizadas.

Esa situación afecta la distribución del pastoreo y puede generar un uso desigual del recurso forrajero.

En ambientes semiáridos, agua, alambrados y planificación del pastoreo funcionan como un conjunto.

La eficiencia no depende únicamente de cuánto forraje produce el campo, sino también de cuánto de ese forraje puede ser aprovechado efectivamente por el rodeo.

Puede ser útil para San Luis

Aunque el estudio se desarrolló en Mendoza, sus conclusiones también abren una perspectiva para otras regiones semiáridas, como San Luis.

Osses considera que lo más transferible de la experiencia de El Clarín no es copiar exactamente lo que se hizo, sino la metodología de trabajo.

El primer paso consiste en caracterizar el establecimiento, conocer los recursos forrajeros, su distribución espacial, la infraestructura, el agua disponible y los requerimientos del rodeo.

Luego, identificar dónde se encuentran los principales desbalances.

Y recién después decidir qué intervención realizar, como incorporar una pastura, redistribuir aguadas, subdividir potreros, ajustar la carga o implementar una suplementación estratégica.

La investigadora sostiene que este enfoque es perfectamente aplicable a San Luis porque ambas regiones comparten muchas de las restricciones propias de los sistemas ganaderos semiáridos, como la variabilidad de las precipitaciones, marcada estacionalidad de la producción forrajera y grandes superficies de producción extensiva.