Doce años después de la detección del primer caso de resistencia de insectos a proteínas Bt en Argentina, productores, técnicos, empresas semilleras y organismos de control coinciden en una conclusión: aquella crisis que golpeó duramente al noreste de San Luis terminó convirtiéndose en uno de los mayores casos de aprendizaje colectivo de la agricultura nacional.
La experiencia fue repasada durante el Congreso de Aapresid 2024 en la exposición titulada “A 10 años del primer caso de resistencia. Lecciones aprendidas”, donde participaron protagonistas directos de aquella situación que, en 2012, encendió una alarma inédita para la producción de maíz en el país.
Entre ellos estuvo el ingeniero agrónomo Alejandro Cadile, asesor del Grupo Brochero y referente técnico de una amplia región productiva que abarca el norte de San Luis y Traslasierra, en Córdoba, precisamente donde se detectó el primer caso de resistencia de la oruga barrenadora del tallo (Diatraea) a la tecnología Bt.
Todo comenzó en noviembre de 2012 durante recorridas rutinarias de monitoreo en lotes de maíz.
Los productores encontraron daños severos provocados por Diatraea en híbridos que, teóricamente, estaban protegidos por eventos biotecnológicos capaces de controlar esa plaga.
“Creíamos que podía tratarse de un problema de etiquetado o de embolsado. Parecía imposible que la tecnología estuviera fallando”, recordó Cadile durante el panel.
Sin embargo, los análisis realizados por las empresas semilleras confirmaron que los genes Bt estaban efectivamente presentes en las plantas.
La sorpresa fue aún mayor cuando comenzaron a recorrer otros establecimientos.
Los daños aparecían en prácticamente todos los lotes.
Más aún, la resistencia no era un fenómeno nuevo. Las señales habían estado presentes desde campañas anteriores, pero habían pasado inadvertidas.
El noreste de San Luis posee condiciones ambientales particulares dentro de la agricultura argentina.
Ubicada en una transición hacia el Chaco árido, la región presenta temperaturas elevadas y una presión de plagas muy superior a la que correspondería por su latitud.
La actividad agrícola intensiva, sumada a una amplia ventana de siembra que se extiende desde agosto hasta enero, generó durante años un escenario ideal para la multiplicación de insectos.
En ese contexto, la principal preocupación de los productores era Spodoptera frugiperda, conocida como oruga cogollera.
La llegada de los eventos Herculex había significado una solución tan efectiva que prácticamente toda la superficie maicera adoptó esa tecnología.
Paradójicamente, mientras todos observaban a Spodoptera, Diatraea quedó fuera del radar.
“Nunca pensamos que el problema iba a aparecer por ahí. La buscábamos poco porque suponíamos que estaba controlada”, reconoció Cadile.

El año más difícil
Una vez confirmado el fenómeno de resistencia, comenzó una carrera contrarreloj.
Las empresas semilleras, los productores, los asesores técnicos, la Asociación Semilleros Argentinos (ASA), el INTA, la CONABIA y el INASE debieron actuar rápidamente para evitar que el problema se expandiera.
Fernando Flores, uno de los responsables técnicos del plan de mitigación, recordó que la primera campaña fue caótica.
“No teníamos toda la información. Sabíamos que había una resistencia, pero no entendíamos completamente cómo funcionaba ni cuál sería su alcance”, explicó.
La estrategia inicial consistió en volver a tecnologías anteriores que seguían siendo eficaces contra Diatraea.
El problema fue que esas tecnologías tenían escasa eficacia frente a Spodoptera, una plaga extremadamente agresiva en la región.
La consecuencia fue inmediata. Muchos productores sufrieron severas pérdidas por ataques de cogollero.
Cadile calificó aquel período como el peor año productivo en la historia reciente de la zona.
El refugio, de desconocido a protagonista
Uno de los principales aprendizajes surgidos de la crisis estuvo relacionado con el refugio.
Aunque el concepto ya existía dentro de las recomendaciones técnicas, su adopción era mínima.
Incluso muchos productores y asesores confundían el refugio con una simple franja trampa. El resultado era contraproducente.
Los refugios recibían múltiples aplicaciones de insecticidas apenas aparecían los primeros daños, anulando completamente su función biológica.
“Hubo productores que llegaron a realizar siete aplicaciones en el refugio”, recordó Flores.
Con el paso de los años se desarrolló un intenso programa de capacitación.
Los productores comenzaron a comprender que el refugio debía actuar como una fuente de insectos susceptibles para cruzarse con los resistentes y retrasar la evolución de las poblaciones.
Actualmente, el cumplimiento del refugio en la región alcanza aproximadamente el 80%, un porcentaje muy superior al promedio nacional.
Para los técnicos involucrados, ese cambio cultural representa uno de los mayores logros del plan. Para las empresas semilleras, el impacto también fue enorme.
Según relató Germán Di Silvestro durante el panel, la resistencia apareció apenas un año después del lanzamiento de algunas tecnologías que se consideraban revolucionarias.
“Fue un golpe inesperado. Nadie lo vio venir”, reconoció. Las compañías debieron tomar decisiones difíciles.
Se restringió la comercialización de determinados eventos en la región y se impulsó una estrategia conjunta entre empresas que habitualmente compiten entre sí.
Por primera vez, cuestiones estrictamente técnicas comenzaron a condicionar decisiones comerciales de gran magnitud.
Ese trabajo coordinado permitió contener el problema y evitar una expansión masiva de la resistencia hacia otras regiones productivas.
La prohibición de producir semilla
Uno de los momentos más críticos ocurrió cuando el Instituto Nacional de Semillas decidió restringir la producción de semillas fiscalizadas en la zona afectada.
La medida se adoptó porque existía el riesgo de que larvas resistentes viajaran dentro de las espigas hacia plantas procesadoras ubicadas en otras provincias.
Para el noreste puntano el impacto económico fue enorme.
La producción de semillas era una de las actividades más rentables de la región y constituía una fuente central de ingresos para numerosos establecimientos.
“La parte más difícil fue aceptar la pérdida de esa actividad”, recordó Cadile.
Muchos contratos ya firmados fueron cancelados y los productores debieron redefinir completamente sus estrategias productivas.
La restricción continúa vigente hasta la actualidad.
Más allá de las pérdidas económicas y de las dificultades iniciales, todos los participantes coincidieron en que el principal éxito fue la construcción de un esquema de cooperación pocas veces visto en el agro argentino.
Productores, técnicos, empresas, organismos regulatorios e instituciones científicas trabajaron durante más de una década bajo objetivos comunes.
El sistema incluyó monitoreos permanentes, alertas tempranas, capacitación, intercambio de información y estrategias consensuadas de manejo.
Gracias a ese esfuerzo colectivo, la producción de maíz logró recuperar sus niveles históricos y mantener la actividad económica de la región.
Las lecciones para el futuro
A más de una década de aquel episodio, los protagonistas sostienen que la principal enseñanza es que la resistencia no constituye una excepción sino un proceso biológico inevitable.
“Va a ocurrir tarde o temprano. Lo importante es retrasarla lo máximo posible”, resumieron los especialistas.
Por eso, conceptos como refugio, monitoreo permanente, rotación de tecnologías y manejo integrado de plagas se transformaron en pilares fundamentales de la producción moderna.
La experiencia también dejó otra enseñanza de gran valor: ningún actor puede enfrentar estos desafíos de manera aislada.
El reciente avance de la chicharrita del maíz volvió a demostrar la necesidad de coordinar acciones regionales, consensuar fechas de siembra y aplicar estrategias colectivas.
Diez años después del primer caso de resistencia Bt en Argentina, el noreste de San Luis continúa siendo una referencia obligada para investigadores, asesores y productores.
Lo que comenzó como una crisis tecnológica que amenazó una de las regiones maiceras más dinámicas del país terminó convirtiéndose en un caso de estudio internacional sobre manejo de resistencia.
Para quienes atravesaron aquellos años de incertidumbre, la conclusión es clara, la tecnología sigue siendo indispensable para sostener la productividad, pero su permanencia depende del compromiso de todos los actores de la cadena.
La resistencia enseñó una lección que permanece vigente, que las innovaciones no son eternas y cuidarlas es tan importante como desarrollarlas.











