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José Sombra: 40 años detrás de la cámara y una vida ganándose el afecto de la gente

Por Roberto Vinuesa.

Durante cuatro décadas retrató buena parte de la historia cotidiana de San Luis. Pasó por las canchas de fútbol, los acontecimientos sociales, las páginas de El Diario de la República y, durante los últimos años, encontró en los remates y en el campo otro lugar para ejercer su pasión. Pero hablar de José Sombra obliga a ir mucho más allá de sus fotografías: es hablar de un enorme profesional y, fundamentalmente, de una persona excepcional.

Hay compañeros de trabajo que uno recuerda por lo que hicieron y otros que, con los años, termina recordando principalmente por cómo fueron. José Ramón Sombra pertenece a las dos categorías.

Después de tantos años compartiendo coberturas, rutas, remates, exposiciones, esperas interminables y regresos a cualquier hora, resulta difícil separar al fotógrafo de la persona. Porque si algo distingue a José es que su calidad profesional siempre estuvo acompañada por una calidad humana todavía mayor.

Con José recorrimos durante años buena parte del campo de San Luis.

Fuimos a remates cuando las transmisiones por internet todavía parecían lejanas, cuando la presencia de la prensa agropecuaria era mucho menor que en la actualidad y cuando una cobertura implicaba estar allí desde temprano, recorrer corrales, hablar con productores, esperar el martillo y regresar con fotografías, apuntes e historias para construir las páginas del día siguiente.

Él mismo recuerda que alrededor de 2010 comenzó aquella etapa vinculada al periodismo agropecuario y que éramos muy pocos quienes cubríamos esos acontecimientos. Con el tiempo, los remates se transformaron para José en una segunda casa.

Pero nuestra historia profesional comenzó antes.

Nos conocimos en El Diario de la República, donde José trabajó durante 17 años después de ingresar en 1998. Allí hizo prácticamente de todo, tomó fotografías, reveló rollos y vivió aquellos tiempos en los que el laboratorio era una parte inseparable del trabajo del reportero gráfico. Llegó a revelar 18 rollos durante algunas coberturas, con los negativos colgados por las paredes mientras preparaba las imágenes que al día siguiente aparecerían impresas en el diario.

Compartir trabajo con José permitía descubrir rápidamente algo que ninguna fotografía puede mostrar, su enorme disposición para acompañar.

Nunca importaba demasiado si había que salir temprano, regresar tarde, hacer muchos kilómetros o esperar varias horas. José estaba.

Y estaba de buen humor.

Ese detalle, que podría parecer pequeño, adquiere otra dimensión cuando se acumulan años de profesión. En el periodismo uno termina compartiendo con un compañero mucho más que una cobertura. Comparte cansancio, apuros, dificultades, errores, alegrías y una enorme cantidad de horas de ruta.

Allí se conoce realmente a las personas.

Y allí José siempre mostró lo mejor de sí.

Un fotógrafo formado en la vieja escuela

Su historia había comenzado mucho antes de nuestra etapa compartida.

Su hermano mayor, Héctor Hugo Sombra, uno de los destacados fotógrafos de los años 80, fue quien le abrió la puerta de ese mundo. José lo acompañaba en los eventos sociales y observaba.

Hasta que un día, en 1983, llegó la prueba inesperada.

Héctor tenía tres casamientos y necesitaba ayuda. José jamás había realizado solo una cobertura de ese tipo. Recibió entonces una clase acelerada de apenas cinco minutos y una recomendación sencilla, podía cortar los pies, pero nunca las cabezas.

Salió con miedo.

Cuando llegaron las fotografías descubrió que no había estado nada mal. Algunos pies habían quedado afuera durante el baile, pero el trabajo estaba hecho.

Después vino la lección más importante. Su hermano se sentó con él a mirar las fotografías y señalarle los errores.

Así comenzó su verdadera escuela.

José fue creciendo profesionalmente rodeado de grandes nombres de la fotografía puntana. Recuerda especialmente a Alberto Peralta, quien le dejó un consejo que nunca olvidó, si era capaz de aceptar las correcciones cuando alguien le señalaba que algo estaba mal, podía llegar a convertirse en un gran fotógrafo.

También estaban Pipa Oguín, Ramos, Castro, Ramón Godoy, Ceferino, Chacho de la Riva, Mores y Chiche Herrera.

José era el más chico de aquella camada y aprendió mirando, escuchando y preguntando.

Esa humildad para aprender nunca lo abandonó.

Y probablemente allí esté una de las explicaciones de su permanencia durante cuatro décadas en una profesión que cambió radicalmente.

Antes de consagrarse como reportero gráfico, José recorrió escuelas y actos sociales. Después llegó el fútbol.

En 1987 cubrió en el estadio Malvinas Argentinas el partido entre Independiente Rivadavia y Alianza y comenzó una etapa llena de viajes.

Aquellas coberturas tenían poco que ver con las actuales.

Mientras fotografiaba para Diario Puntal San Luis también llevaba un pequeño cuaderno donde anotaba las alternativas del partido. Cuando terminaba el primer tiempo debía salir corriendo en busca de un teléfono para transmitir un breve comentario. Al finalizar el encuentro repetía el procedimiento para que la información pudiera publicarse al día siguiente.

Viajaba como podía.

A veces con los jugadores. Otras, con la hinchada. Si no había alojamiento, podía terminar durmiendo en un colectivo.

Recuerda especialmente una travesía a Comodoro Rivadavia con Alianza. Dos días de viaje para llegar, un calor insoportable durante el día y un frío tremendo durante la noche porque se había roto la calefacción. Salieron un jueves y regresaron el martes siguiente.

Hoy esas historias provocan una sonrisa.

Pero también permiten entender de qué material estaban hechos aquellos reporteros gráficos.

No había teléfonos inteligentes, cámaras digitales ni posibilidad de enviar una fotografía en segundos.

Había que estar.

Y José siempre estuvo.

Nuestra etapa en el campo

Personalmente, hay una parte de la trayectoria de José que siento especialmente cercana, su llegada al periodismo agropecuario.

En su propio relato recuerda que fue conmigo con quien comenzó a conocer más profundamente ese mundo y que alrededor de 2010 empezamos a recorrer diferentes remates.

Para mí, sin embargo, la experiencia fue de ida y vuelta.

Porque mientras José conocía más sobre el campo, quienes trabajábamos con él aprendíamos sobre fotografía, sobre observación y, especialmente, sobre la importancia de mirar aquello que muchas veces pasa inadvertido.

En los remates José entendió rápidamente algo fundamental, que no alcanzaba con fotografiar los animales, los precios o al martillero.

Había que fotografiar a la gente.

En aquellos años comenzamos a darle mucho espacio en las páginas de campo a las imágenes sociales. Productores, compradores, familias, consignatarios, trabajadores y visitantes empezaron a verse reflejados en el diario.

José recuerda especialmente los grandes remates de Buena Esperanza, con los corrales completos y Alfredo y Roberto Mondino trabajando a pleno desde el martillo. Algunas ediciones de la revista del campo destinaban tres o cuatro páginas a aquellas fotografías sociales.

Él considera que, junto con Gabriel Varela, fueron pioneros de una modalidad que después se extendió por los remates de todo el país.

Y creo que tiene razón en algo esencial, en aquellos años prácticamente nadie miraba los remates desde ese lugar.

José sí.

Porque siempre entendió que una buena fotografía periodística no necesariamente está donde todos miran.

Muchas veces está al costado.

En una conversación.

En un apretón de manos.

En la cara de un productor después de vender.

En el encuentro entre dos amigos.

En una familia que llegó desde lejos.

José sabía encontrar esas imágenes.

El compañero

Después de tantos años, cuando pienso en José no pienso primero en una cámara.

Pienso en un compañero.

Y esa palabra tiene para mí un enorme significado.

Un compañero es alguien con quien uno puede subirse a un vehículo sabiendo que tiene cientos de kilómetros por delante y que el viaje se hará más corto.

Es alguien que ayuda sin que se lo pidan.

Que comparte lo que sabe.

Que nunca necesita demostrar que es más que los demás.

Que puede tener cuarenta años de experiencia y conservar la humildad para seguir escuchando.

José es todo eso.

Nunca hizo de su conocimiento una barrera. Por el contrario, siempre estuvo dispuesto a colaborar. Tiene esa clase de generosidad profesional que no se aprende en ningún curso de fotografía.

Y además posee algo todavía más difícil de conseguir, el respeto de la gente.

Después de décadas recorriendo San Luis puede llegar a una cancha, a un remate o a cualquier acontecimiento y siempre habrá alguien que se acerque a saludarlo.

Eso no se consigue solamente tomando buenas fotografías.

Se consigue siendo buena persona.

Una amistad construida trabajando

El periodismo nos permitió conocer muchísima gente.

Algunas relaciones quedaron limitadas al trabajo. Otras sobrevivieron al cierre de una edición, al cambio de empresa o al paso de los años.

Con José ocurrió esto último.

La profesión nos hizo compañeros y el tiempo convirtió ese compañerismo en afecto y amistad.

Por eso resulta difícil escribir sobre sus cuarenta años de fotógrafo manteniendo aquella distancia que suele pedir una nota periodística.

No la tengo.

Y tampoco tendría sentido fingirla.

Conozco al fotógrafo, pero también conozco a José.

Conozco al hombre que está detrás de la cámara.

Y puedo decir que el profesional que durante cuatro décadas se ganó un lugar dentro del fotoperiodismo de San Luis está a la misma altura de la persona.

O quizás sea al revés.

Quizás su calidad humana explique buena parte del profesional que terminó siendo.

Cuarenta años después

Hoy José sigue haciendo fotografías.

Continúa acompañando los remates de Mondino, una firma que considera su segunda casa, y también a Ganadera del Sur, de la familia Abdallah. Y los domingos sigue regresando a las canchas porque nunca abandonó su pasión por el fútbol.

Recibió reconocimientos a lo largo de su trayectoria y siente que esas distinciones fueron una señal de que había hecho bien las cosas.

Seguramente sea cierto.

Pero hay otro reconocimiento que no viene acompañado de diplomas ni plaquetas.

Es el saludo de la gente.

El cariño acumulado.

Los amigos.

Los colegas que lo respetan.

Los productores que lo conocen desde hace años.

Las innumerables personas que alguna vez quedaron retratadas por su cámara y todavía recuerdan quién estaba del otro lado.

En el Día del Fotógrafo, después de cuarenta años mirando la vida a través de un objetivo, quizás haya llegado el momento de cambiar los papeles.

Esta vez la fotografía imaginaria es para él.

Para aquel muchacho que comenzó acompañando a su hermano Héctor.

Para el fotógrafo que corrió por las canchas buscando un teléfono.

Para el reportero gráfico que pasó horas encerrado en un laboratorio revelando rollos.

Para el hombre que recorrió miles de kilómetros siguiendo una noticia.

Para el fotógrafo que ayudó a mostrar el costado humano de los remates ganaderos.

Para el compañero de tantos viajes.

Para el amigo.

Feliz Día del Fotógrafo, José.

Y gracias.

Gracias por las miles de fotografías.

Pero, principalmente, gracias por estos años de amistad, compañerismo y por demostrar que detrás de un gran profesional puede, y debe, haber también una gran persona.