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Gustavo Thiessen: “La baja densidad es un aliado muy importante para producir maíz en zonas marginales”

El ingeniero agrónomo Gustavo Thiessen propone definir un rendimiento objetivo y ajustar la cantidad de plantas a los recursos de cada lote. Con experiencia en el sudoeste bonaerense y ensayos en territorio puntano, destaca el papel de la genética, las fechas de siembra y la incorporación gradual de este manejo.

Producir maíz donde las lluvias son escasas o irregulares exige revisar decisiones que durante años parecieron indiscutibles. Una de ellas es la cantidad de plantas por hectárea. Para el ingeniero agrónomo y asesor privado Gustavo Thiessen, referente en el manejo de baja y ultra baja densidad, esa variable puede convertirse en una herramienta para incorporar el cultivo en ambientes con limitaciones y adecuar la inversión a sus posibilidades productivas.

Desde Coronel Dorrego, en el sudoeste bonaerense, Thiessen desarrolló una experiencia que también comenzó a trasladar al sudoeste de San Luis. Su planteo parte de una premisa, antes de decidir cuántas plantas sembrar, hay que establecer qué rendimiento puede sostener el lote, según el agua disponible, el suelo, la cobertura y el manejo.

“El concepto es el de rinde objetivo”, explica en una entrevista con El Semiárido. Bajo ese enfoque, la densidad se define a partir de los recursos del ambiente y de la genética elegida.

El recorrido se inició en 2006, en una región considerada marginal para el maíz, donde las experiencias habituales se realizaban con unas 50.000 a 60.000 plantas por hectárea. Tras una primera cosecha de bajos resultados, un episodio climático abrió una línea de observación inesperada.

En 2007, una helada de mediados de noviembre provocó la pérdida de aproximadamente un 15% a un 20% de las plantas en parte de un lote. El rebrote posterior generó diferencias en el desarrollo del cultivo y el sector afectado alcanzó una productividad que llamó la atención del asesor, pese a contar con menos plantas.

A partir de 2008 comenzó a evaluar distintas densidades y materiales genéticos. En ese proceso identificó híbridos capaces de producir dos espigas por planta, que en las experiencias que describe alcanzaron una productividad alrededor de un 25% superior a la de materiales de una sola espiga.

Otro avance llegó en 2015, cuando observó la capacidad de determinados híbridos para desarrollar macollos productivos. En una campaña con abundantes precipitaciones y condiciones favorables para fertilizar, algunos materiales sembrados con 25.000 plantas por hectárea alcanzaron rendimientos de hasta 12.000 kilos.

Aquellos resultados impulsaron un estudio más profundo de los mecanismos de compensación: plantas que, con recursos suficientes y una genética adecuada, pueden aportar producción mediante más de una espiga y macollos fértiles.

Los primeros resultados en San Luis

Trasladar el manejo a territorio puntano implicó reconocer diferencias con el ambiente de origen. Una de las principales, señala Thiessen, fue la mayor velocidad de desarrollo del cultivo en San Luis ante fechas de siembra similares.

Mientras que la influencia marítima modera las temperaturas en Coronel Dorrego, las condiciones observadas en San Luis aceleraron el ciclo. El asesor considera que ese comportamiento puede resultar favorable para las siembras tardías, aunque advierte que las heladas siguen siendo un factor por evaluar según el lugar y la campaña.

Durante los primeros dos años de experiencias que menciona, obtuvo resultados similares en ambas regiones con fechas de siembra comparables. Se trata de observaciones iniciales que alientan a continuar ajustando el manejo a las condiciones locales.

En cuanto a las restricciones productivas, su definición es contundente: “La limitante número uno es agua, la segunda es agua y la tercera es agua”. Tanto la cantidad de precipitaciones como su distribución condicionan las posibilidades del cultivo.

Thiessen ubica los planteos que desarrolla en un rango de entre 10.000 y 30.000 plantas por hectárea. Sin embargo, aclara que esas cifras no constituyen una receta, deben relacionarse con la profundidad del suelo, la cobertura, la fertilización, las lluvias y el comportamiento del híbrido.

Los rendimientos objetivo que menciona van de 3.000 a 12.000 kilos por hectárea para distintas combinaciones de ambiente y manejo. Ese abanico expresa posibilidades diferentes y no una expectativa generalizable a los lotes del sudoeste puntano.

La elección genética ocupa un lugar central. Según explica, los materiales presentan respuestas distintas cuando disminuye la población, por lo que es necesario conocer su capacidad de compensación. También plantea la necesidad de profundizar las evaluaciones específicas en ultra baja densidad.

El control de malezas representa otro desafío. Una menor cantidad de plantas permite que llegue más radiación al suelo y puede favorecer su desarrollo. Frente a esa situación, propone integrar rotaciones, coberturas y herramientas de control dentro de la planificación del sistema.

Probar antes de ampliar

Para los productores que todavía dudan en incorporar maíz o modificar su manejo, Thiessen recomienda comenzar con pruebas pequeñas dentro de un mismo lote, observar las respuestas y comparar resultados.

Considera que parte de la resistencia al cambio responde al peso de las prácticas conocidas y a la incertidumbre que genera una estrategia diferente. Por eso insiste en avanzar gradualmente y construir experiencia propia.

Su propuesta para el sudoeste de San Luis es definir primero una meta productiva acorde con los recursos disponibles y, luego, elegir la genética, la fecha de siembra y la cantidad de plantas necesarias para alcanzarla. En ambientes donde el agua marca el límite, ajustar esas decisiones puede abrir nuevas posibilidades para el maíz.