En el establecimiento Don Pancho, a 15 kilómetros de Villa Mercedes, técnicos y productores recorrieron ensayos de híbridos y evaluaron estrategias de fertilización con nitrógeno y uso de estiércol de feedlot. El Ing. Agr. M.Sc. Jorge Mercau, del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, explicó cómo interpretar el “lenguaje del maíz” para entender qué ambiente tuvo el cultivo y qué decisiones agronómicas explican su rendimiento.
En el corazón agrícola del centro de San Luis, el maíz fue protagonista de una jornada técnica que combinó ensayos a campo, intercambio entre productores y discusión sobre nuevas estrategias de manejo nutricional. La Primera Gira Agrícola 2026 reunió a más de 60 productores y asesores en el establecimiento Don Pancho, integrante del movimiento CREA, ubicado a unos 15 kilómetros al sur de Villa Mercedes.
La actividad fue organizada por el grupo CREA Valle del Conlara junto con técnicos de la región CREA Centro y contó con la participación de especialistas del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria. Entre ellos estuvo el ingeniero agrónomo y magíster Jorge Mercau, quien destacó que la jornada buscó poner al maíz “en el centro de la escena agronómica”.
Durante el encuentro disertaron diversos especialistas en la temática, como Jorge Mercau (Ing. Agr. M.Sc, INTA de Agencia San Luis), Marianela Díaz (INTA de Gral. Villegas), Nicolás Ríos Centeno (Ser BEEF) y representantes de empresas semilleras participantes de los ensayos.
La gira, de la que participó El Semiárido, combinó dos grandes ejes. Por un lado, una recorrida por ensayos comparativos de híbridos y experimentos de manejo agronómico, y por otro, una discusión técnica sobre el uso del estiércol bovino de feedlot como enmienda orgánica para suelos agrícolas.
La jornada tuvo un espacio técnico centrado en el aprovechamiento del estiércol bovino como fuente de nutrientes. Allí expuso la ingeniera Marianela Díez, del equipo del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria de Villegas, quien viene trabajando desde hace años en proyectos público-privados que integran investigadores, universidades y productores vinculados a grandes feedlots del oeste bonaerense y La Pampa.


Uno de los temas centrales fue la diferencia entre aplicar estiércol crudo y utilizar compostaje previo.
Según explicó Diaz, el proceso de compostaje implica transformar el residuo orgánico en un material más estable y homogéneo. Aunque supone un costo adicional y mayor manejo, aporta varios beneficios agronómicos.
“El compostaje agrega valor al material. No es simplemente sacar la bosta del corral y tirarla en el campo. Es convertir un residuo en una enmienda orgánica más segura y eficiente”, explicó la profesional.
La experiencia presentada se vincula con iniciativas privadas de feedlots que incluso ofrecen estiércol a productores agrícolas cercanos como parte de esquemas de reciclaje de nutrientes entre agricultura y ganadería.
Un maíz que cuenta su historia
En el campo se recorrieron distintos ensayos agrícolas. Uno de ellos fue una comparación de híbridos de maíz, mientras que el segundo evaluaba niveles de nitrógeno y densidad de plantas, un clásico experimento para comprender cómo responde el cultivo a distintas estrategias de manejo.
El ensayo fue conducido por la empresa GDI Agro, integrada por los técnicos Milton Chagajl y Flavio Bertola, reconocidos en la zona por su enfoque en agricultura de precisión.
“El ensayo estaba muy prolijo y muy bien presentado”, destacó Mercau. “Pero lo más interesante fue usarlo como excusa para hacer un ejercicio de interpretación agronómica con los productores”.
Ese ejercicio tuvo tres pasos. Primero, mirar el cultivo; segundo, analizar el ambiente hídrico que tuvo el lote durante la campaña y tercero, preguntarle al maíz qué ambiente vio realmente.
Y allí apareció una de las frases más repetidas de la jornada. “El maíz es un cultivo muy prolijo para contarte lo que vio. Si uno entiende el lenguaje del maíz, el cultivo te está diciendo qué fue lo que le pasó”, explicó el especialista.
La campaña analizada tuvo un rasgo determinante, como la escasez de lluvias durante el período crítico del cultivo.
Según los datos presentados por Mercau, entre el 10 de diciembre y el 10 de febrero, ventana clave para sembrar el maíz temprano, cayeron apenas 86 milímetros, cuando el promedio histórico ronda los 230. Es decir, el segundo registro más bajo desde 1970.
Ese período coincide con la etapa más sensible del cultivo. Desde 15 días antes de la floración hasta 45 días después, cuando se define el número y peso de los granos.
“En condiciones de estrés severo, el número de granos puede caer hasta un 70% y el peso otro 30%. Por eso esa ventana es determinante para el rendimiento”, alertó Mercau.
La sequía afectó gran parte del centro del país, desde Fraga hasta el sur de Córdoba, generando rendimientos muy pobres en muchos lotes de maíz temprano.
Sin embargo, el maíz observado en Don Pancho contaba otra historia. El cultivo mostraba altura uniforme, inserción de espiga relativamente pareja, hojas aún verdes al final del ciclo y buen llenado de granos.
Se trataba de un maíz sembrado el 6 de octubre, que ya había completado el llenado de grano.
La explicación apareció al analizar el ambiente. El lote tenía napa freática a unos 1,40 metros.
En suelos arenosos, como los de la zona, con cerca del 80% de arena, el ascenso capilar puede acercar el agua disponible a las raíces del cultivo.
“Desde que las raíces alcanzaron los 70 u 80 centímetros, el maíz ya podía empezar a usar agua de napa”, explicó Mercau.
Ese aporte hídrico permitió compensar un déficit climático que, según los cálculos presentados, llegó a 330 milímetros durante el período crítico.


Cuánto nitrógeno necesita el maíz
La segunda gran discusión del ensayo giró en torno al nitrógeno, el nutriente más determinante para el cultivo.
Mercau explicó que muchas veces se plantea el manejo como una interacción entre híbrido, densidad y fertilización nitrogenada. Sin embargo, desde su perspectiva el factor clave es otro, el rendimiento potencial del ambiente.
“Más que pensar nitrógeno en función de la densidad, hay que pensar nitrógeno y densidad en función del rendimiento que puede alcanzar el lote”, señaló.
Para estimarlo, el equipo utiliza una herramienta de decisión basada en redes de ensayos desarrolladas en conjunto con técnicos regionales y productores.
Según ese enfoque, en un ambiente sin napa, el rendimiento promedio esperado rondaría 7,5 toneladas por hectárea, y en un ambiente con napa, como el observado, el promedio esperado supera las 9 toneladas.
Ese cambio en el potencial productivo modifica también la estrategia de fertilización.
En el ensayo evaluado se probaron cuatro niveles de disponibilidad de nitrógeno, que iban desde unos 80 kg hasta más de 250 kg por hectárea.
“El maíz estaba diciendo que el ambiente requería alrededor de 200 kilos de nitrógeno disponibles”, indicó Mercau.
La densidad de plantas fue el segundo factor evaluado. El ensayo incluyó distintos niveles. De 30.000 plantas por hectárea hasta 90.000.
En densidades bajas se observó una característica típica del maíz, como la prolificidad, es decir, plantas capaces de producir dos espigas.
A medida que la densidad aumentaba, el número de espigas por metro cuadrado crecía, pero cada espiga tendía a ser algo más pequeña.
En el ambiente analizado, con napa disponible, las densidades cercanas a 70.000 plantas por hectárea aparecían como una estrategia muy razonable para maximizar el rendimiento.
“Con napa el sistema tiene más oferta de agua, entonces el cultivo tolera y aprovecha densidades más altas”, explicó el técnico.
Más allá de los números, Mercau insistió en una idea que atravesó toda la jornada. La clave del manejo agronómico está en aprender a interpretar al cultivo.
“El maíz habla. Lo que hay que hacer es mirarlo bien para entender qué ambiente vio y qué necesita”, resumió.
En esa lectura se combinan factores climáticos, agua en el suelo, fertilidad, genética y manejo.
Y en campañas complejas como la actual, con sequías puntuales, pero también ambientes con napa, esa interpretación puede marcar la diferencia entre un resultado mediocre y un cultivo capaz de superar las 9 o 10 toneladas de rinde por hectárea.




Fotos: INTA San Luis y El Semiárido.











