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El bosque de caldén, el patrimonio vivo de San Luis que ayuda a proteger el suelo y el agua

Presente en zonas cercanas a Nueva Galia y Buena Esperanza, el caldenal reúne cientos de especies visibles y una diversidad mucho mayor bajo tierra. La ingeniera agrónoma Stella Bogino explica cómo funciona este ecosistema del Espinal, qué lugar pueden ocupar la ganadería y la apicultura y por qué la pérdida de vegetación nativa obliga a revisar la manera en que se usa el territorio.

Cien milímetros de lluvia equivalen a cien litros de agua por metro cuadrado. La conversión es sencilla, pero abre una pregunta decisiva para el sur de San Luis. ¿Qué sucede con ese volumen cuando cae sobre un suelo cubierto por vegetación nativa y qué sucede cuando encuentra una superficie compactada o impermeabilizada? Para la ingeniera agrónoma Stella Bogino, la respuesta ayuda a entender por qué importa conservar el bosque de caldén incluso para quienes viven lejos de él.

En un ambiente con vegetación, parte de la lluvia puede quedar retenida en hojas y ramas, y otra parte puede infiltrarse en el suelo. Si la infiltración se reduce, una mayor proporción del agua puede escurrir con rapidez. La intensidad de la lluvia, las características del terreno y el estado de la cobertura influyen en ese recorrido. Por eso, explicó Bogino, la forma en que se ocupa una cuenca también incide en los efectos que puede tener una tormenta.

La relación con el agua es una de las razones que la especialista expuso para mirar de otro modo al caldenal. En el sur puntano, donde el viento puede remover el suelo desprotegido y favorecer la formación de médanos, el bosque también cumple una función que se advierte a escala de potrero. Sus árboles y pastizales amortiguan el viento cerca de la superficie, mantienen el suelo cubierto y aportan forraje. En ese mismo ambiente conviven organismos que polinizan flores, descomponen materia orgánica y regulan poblaciones de otros animales.

“El bosque de caldén es mucho más que árboles”, resumió Bogino en dialogo con El Semiárido. La afirmación reúne las dos dimensiones de su planteo. Una es ecológica y comprende el agua, el suelo, el carbono y las relaciones entre especies. La otra involucra decisiones que se toman en los campos y en las oficinas públicas, desde cuántos animales puede sostener un potrero hasta dónde se autoriza una transformación del uso de la tierra.

Ingeniera Agrónoma Stella Bogino.

Un bosque argentino con presencia en cuatro provincias

El caldén, cuyo nombre científico es Neltuma caldenia, domina una formación boscosa del Espinal cuya distribución natural se concentra en San Luis, La Pampa, Córdoba y Buenos Aires. En territorio puntano se lo puede observar en sectores próximos a Nueva Galia y Buena Esperanza, dos referencias para reconocer un ambiente propio del sur provincial.

Bogino ubicó al caldenal en un panorama más amplio. Según los datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) que citó en su presentación, los bosques cubren alrededor de un tercio de la superficie terrestre y la Argentina reúne cerca del 1 % de la superficie boscosa mundial. Dentro de esa diversidad, el caldenal constituye un patrimonio propio del país.

La exposición sitúa el área de distribución estimada del bosque de caldén en unos 169.000 kilómetros cuadrados. La cifra describe la extensión geográfica en la que se distribuye la formación. Para conocer cuántas hectáreas conservan cobertura nativa en la actualidad hace falta distinguir, dentro de esa área, los sectores que mantienen el bosque y aquellos que experimentaron transformaciones.

En San Luis, esa diferencia tiene consecuencias concretas. Una región puede seguir siendo reconocida como parte del caldenal y, al mismo tiempo, haber perdido cobertura nativa en parte de su superficie. El estado del bosque que permanece y su capacidad de regenerarse son dos aspectos que cuentan a la hora de evaluar su conservación.

Uno de los datos que Bogino recuperó del Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos es un promedio de 387 especies de plantas y animales visibles a simple vista para esta formación. La cifra permite dimensionar la diversidad del caldenal y deja abierta otra escala de observación. En el suelo habitan hongos, microorganismos y otros organismos pequeños que participan en procesos esenciales para el bosque.

Entre las relaciones que describió la ingeniera agrónoma se encuentran las interacciones entre las raíces de las plantas y ciertos hongos. Los filamentos de esos hongos forman redes llamadas micelios, que pueden conectar raíces de distintas plantas e intervenir en intercambios de nutrientes y otros procesos químicos. Bogino mencionó los trabajos pioneros de la investigadora canadiense Suzanne Simard para ilustrar el interés científico que despertaron esas interacciones. Sus mecanismos y alcances siguen siendo objeto de estudio.

La especialista también se refirió a las respuestas de algunas plantas frente al ataque de herbívoros. Ciertas especies leñosas liberan compuestos volátiles cuando sus tejidos sufren daños. Esas sustancias pueden desencadenar respuestas defensivas en plantas cercanas, entre ellas la producción de compuestos que las vuelven menos atractivas para los animales que se alimentan de ellas.

La escala cambia según dónde se mire. En la superficie, un caldén ofrece sombra, frutos y refugio. Bajo tierra, las raíces interactúan con organismos que intervienen en la disponibilidad de nutrientes. Entre ambos niveles, hojas, ramas y restos orgánicos se incorporan al suelo y vuelven a entrar en el ciclo del bosque. Conservar esas relaciones requiere atender tanto a la vegetación en pie como al estado del suelo y del estrato herbáceo.

El viento, los médanos y el clima bajo las copas

En el sur de San Luis, la erosión eólica ofrece una forma de ver qué cambia cuando se pierde la cobertura vegetal. Si el suelo queda expuesto, el viento puede desprender y transportar partículas. En situaciones severas, ese movimiento contribuye a formar o expandir médanos. Los árboles y los pastizales naturales reducen la velocidad del viento cerca de la superficie y disminuyen la exposición del terreno.

La protección depende de la vegetación en distintos niveles. Las copas y los troncos modifican la circulación del aire, mientras que los pastos y los restos vegetales cubren el suelo. Un campo puede conservar árboles adultos y, a la vez, perder parte de la protección que brinda el estrato herbáceo si este queda ralo por el uso o por otras perturbaciones.

La sombra también modifica las condiciones inmediatas alrededor de los árboles. Bajo las copas cambia la radiación que llega al suelo y se moderan las temperaturas respecto de sitios expuestos al sol. Esas diferencias crean microambientes que pueden ofrecer refugio a animales y condiciones distintas para el desarrollo de la vegetación. A escala productiva, la sombra es uno de los aportes que el arbolado puede brindar al ganado.

Bogino relacionó estas funciones con una discusión de alcance global. Mediante la fotosíntesis, las plantas incorporan carbono del dióxido de carbono atmosférico. Parte queda almacenada en troncos, ramas, raíces, hojas y suelos. La deforestación y la degradación pueden liberar parte de ese carbono y reducir la capacidad del ecosistema de seguir capturándolo. En el caldenal, la conservación del suelo y de la vegetación tiene así una dimensión local y otra vinculada con el clima.

La ganadería y la posibilidad de que nazcan nuevos caldenes

La ganadería ocupa un lugar central en el análisis de Bogino porque el caldenal ofrece recursos que pueden aprovecharse en sistemas de cría. Los pastizales que acompañan al bosque aportan forraje y el ganado también puede consumir las chauchas del caldén. La oferta de esos recursos varía según el sitio, la época del año y el estado de la vegetación.

La compatibilidad entre producción y conservación depende del manejo. La especialista destacó la necesidad de planificar la carga animal, administrar el pastoreo y proteger la regeneración de las especies nativas. Los renovales, es decir, las plantas jóvenes que pueden integrar el bosque en el futuro son una parte decisiva de esa evaluación. La presencia de caldenes adultos dice poco, por sí sola, sobre las posibilidades de que el arbolado se renueve.

En un establecimiento ganadero, eso lleva a observar cuánto forraje ofrece cada potrero, cuánto tiempo permanecen allí los animales, qué cobertura queda después del pastoreo y en qué sectores aparecen plantas jóvenes. Una presión sostenida puede reducir la vegetación herbácea y dificultar la regeneración. Un manejo ajustado a las condiciones del ambiente puede permitir el aprovechamiento del forraje y la conservación de la estructura del bosque.

El planteo también tiene una dimensión económica. Si el bosque sostiene una actividad que genera ingresos, las familias y los productores que viven en ese territorio tienen un incentivo concreto para mantenerlo. Para que ese vínculo perdure, el aprovechamiento debe dejar al ecosistema en condiciones de renovar los recursos de los que depende la propia producción.

El pastoreo y el fuego, una relación que cambia de un campo a otro

La discusión ganadera se cruza con la prevención de incendios. En algunos ambientes, el pastoreo puede reducir parte de la biomasa fina, como los pastos secos que facilitan el avance del fuego. Bogino señaló que ese efecto depende de cuánto combustible vegetal hay, cómo se distribuye, qué condiciones climáticas predominan y cuál fue el manejo previo del lugar.

La misma práctica puede tener consecuencias diferentes según dónde y cuándo se aplique. Si el pastoreo reduce parte del material fino en un sector, puede incidir en la continuidad del combustible. Si la carga animal deja el suelo expuesto o compromete la renovación de las plantas, el efecto sobre la conservación del bosque puede ser perjudicial. La prevención del fuego y la protección de la cobertura deben evaluarse juntas.

La especialista situó esa discusión en una historia más larga. Los antecesores de los bosques actuales compartieron el paisaje sudamericano con grandes herbívoros, entre ellos perezosos gigantes de dimensiones comparables a las de un elefante. La extinción de gran parte de la megafauna al final del Pleistoceno cambió la composición de aquellas comunidades.

Los bovinos, equinos y ovinos introducidos se incorporaron mucho después a esa historia. Hoy consumen biomasa y modifican la vegetación según la intensidad y la distribución del pastoreo. Bogino recurrió al pasado evolutivo para mostrar cuánto cambiaron las relaciones entre plantas y grandes herbívoros, y por qué el papel del ganado actual debe evaluarse a partir de las condiciones de cada establecimiento.

Miel, frutos, leña y memoria productiva

El valor económico del bosque abarca actividades con historias y escalas diferentes. La madera se utilizó como combustible, material de construcción y materia prima para herramientas y objetos. El caldén tuvo además un uso urbano que lo llevó lejos de su ambiente de origen. Según recordó Bogino, su madera se empleó para fabricar adoquines en Buenos Aires antes de la expansión del pavimento asfáltico.

Los frutos muestran otra relación entre el bosque y quienes viven cerca de él. Las chauchas del caldén pueden integrar la alimentación del ganado. Los frutos de algunas especies de algarrobo se aprovechan para elaborar harinas. El chañar, que convive con el caldén, aporta la materia prima para el arrope, un producto ligado a los saberes y a la cultura alimentaria de la región.

La apicultura agrega una actividad que depende directamente de la oferta floral. La exposición mencionó una producción primaveral de entre 20 y 25 kilos de miel por colmena como referencia orientativa. El rendimiento efectivo varía con la disponibilidad de flores, el clima y el manejo de las colmenas.

El aporte de los polinizadores se extiende a la reproducción de numerosas plantas. En ese vínculo coinciden la actividad productiva y el funcionamiento del bosque. La floración sostiene a los insectos que buscan alimento, mientras que la visita de esos insectos favorece la reproducción de especies vegetales. Cuando cambia la composición de la flora, también puede cambiar la oferta de recursos para las abejas y otros polinizadores.

Fauna silvestre, biodiversidad y salud

La convivencia con la fauna es otro aspecto del manejo del caldenal. El puma, las serpientes y las arañas suelen despertar temor o rechazo. Bogino señaló que estos animales forman parte de las relaciones ecológicas del bosque y que conviene reconocer su función al evaluar cómo actuar ante su presencia.

Las serpientes, por ejemplo, pueden contribuir al control de roedores. Ante especies venenosas corresponde mantener distancia y actuar con precaución. En el caso del puma, un gran depredador que suele evitar a las personas, la convivencia también involucra prácticas de manejo del ganado. Son situaciones que requieren distinguir especies, circunstancias y riesgos.

La ingeniera agrónoma extendió la discusión a los vínculos entre biodiversidad y salud. Cuando se transforma un ambiente natural, cambian los hábitats y pueden modificarse los contactos entre fauna silvestre, animales domésticos y personas. Esas alteraciones pueden afectar la circulación de ciertos patógenos.

Uno de los mecanismos que describió es el llamado efecto de dilución. En determinadas condiciones, la presencia de una comunidad biológica diversa puede reducir la transmisión de algunos agentes infecciosos. Su efecto depende del patógeno, de las especies involucradas y del ambiente. El punto que planteó Bogino es que, cuando cambia la composición de un ecosistema, también pueden cambiar las relaciones entre los organismos que intervienen en la transmisión de enfermedades.

Los caldenes en el escudo de Villa Mercedes

El caldén tiene un lugar en la identidad de San Luis que puede pasar inadvertido incluso para quienes ven a diario el escudo de Villa Mercedes. Según recordó Bogino, los árboles representados en el emblema fueron concebidos como caldenes por iniciativa de Santiago Betbeder. La Pampa también incorporó la especie a su identidad institucional.

La presencia del árbol en esos símbolos enlaza el paisaje con la historia de las comunidades. El caldén aparece en la memoria regional a través de la madera, el uso de los frutos, los potreros arbolados y las distintas formas de nombrar y representar el territorio. En la exposición, Bogino amplió esa mirada al recordar la importancia espiritual y cultural que los árboles han tenido en distintas sociedades.

La especialista también invitó a revisar qué imaginamos cuando hablamos de un bosque. Según el marco técnico y los criterios de superficie, cobertura y estructura, ciertas formaciones dominadas por arbustos pueden considerarse ecosistemas forestales. Esa precisión importa en una región donde el paisaje nativo incluye árboles, arbustos y pastizales, y donde concentrar la mirada en los ejemplares de mayor porte puede dejar fuera parte de la vegetación que sostiene al sistema.

La pérdida de cobertura nativa pone a prueba a San Luis

En el tramo dedicado a la provincia, Bogino planteó la necesidad de contrastar la imagen de un San Luis comprometido con el ambiente con lo ocurrido en su porción del Espinal. Allí, sostuvo, se registró una pérdida importante de cobertura nativa. Para dimensionar el problema es necesario observar los cambios de uso del suelo y evaluar qué sucede con los bosques que permanecen.

El cambio de uso incluye la eliminación o modificación de la vegetación natural para dar lugar a cultivos, pasturas implantadas, infraestructura u otros destinos. En cada caso, la intervención puede alterar el suelo, la disponibilidad de hábitat y el recorrido del agua. Sus efectos pueden alcanzar sectores situados fuera del predio, especialmente cuando varias transformaciones ocurren dentro de una misma cuenca.

La especialista identificó el ordenamiento territorial, la aplicación de la legislación sobre bosques nativos y el control de los cambios de uso como instrumentos centrales. A ellos sumó la investigación, la educación ambiental y el trabajo con productores y comunidades. Las áreas protegidas cumplen un papel en esa estrategia, junto con el manejo de los bosques que forman parte de establecimientos productivos.

En esos campos, el desafío se vuelve visible en decisiones ordinarias. Cuánto dura el descanso de un potrero, dónde se protege un grupo de renovales y cuánta cobertura queda al terminar el pastoreo son cuestiones que inciden en la continuidad del bosque. A escala provincial, las decisiones sobre uso de la tierra determinan dónde podrá seguir funcionando ese conjunto de relaciones.

Lo que ocurre en el suelo antes de que el agua llegue más abajo

La reflexión final de Bogino vuelve a la lluvia. Ante inundaciones y anegamientos suele escucharse que “la naturaleza no perdona”. La ingeniera agrónoma propuso mirar también qué modificaciones se hicieron en el territorio antes del evento y cómo pueden influir en el desplazamiento del agua.

La equivalencia que eligió para explicarlo devuelve el problema a una escala cotidiana. Cada milímetro de precipitación representa un litro sobre un metro cuadrado. Una lluvia de 100 milímetros descarga 100 litros sobre esa misma superficie. El destino de ese volumen depende, entre otros factores, de cuánto puede infiltrar el suelo, qué parte retiene la vegetación y con qué rapidez se concentra el escurrimiento.

El efecto se construye en toda la cuenca. Una intervención en un sector puede modificar el aporte de agua hacia zonas más bajas, donde también importan la capacidad de infiltración, las pendientes y las condiciones del drenaje. Evaluar el bosque desde esa perspectiva permite entender por qué la cobertura que se conserva en un campo interesa también a quienes viven o producen aguas abajo.

En el sur puntano, la pregunta por el futuro del caldenal se puede seguir en el terreno. Se ve en los pastos que protegen el suelo entre los troncos, en los renovales que logran crecer y en el agua que encuentra una superficie capaz de recibirla. De esas condiciones depende que el bosque siga acompañando la producción y cumpliendo sus funciones en el paisaje de San Luis.

Fotos: gentileza Stella Bogino.