Crece naturalmente en Quijadas, Tilisarao y El Bebedero. Investigaciones con material de la provincia analizaron su ADN y encontraron una particularidad en los compuestos responsables del picor. Sus nombres populares y un antiguo relato sobre el caldo puntano abren otra historia, con una diferencia entre especies que todavía exige cuidado.
Mide poco más de un centímetro, se vuelve rojo al madurar y crece en una planta que normalmente no llega al metro. Ese pequeño fruto del monte de San Luis ya pasó por laboratorios donde se estudió la química de su picor. El resultado tuvo una particularidad, que en las muestras puntanas analizadas predominó la dihidrocapsaicina, otro de los compuestos picantes de los ajíes, por encima de la más conocida capsaicina.
La planta es Capsicum chacoense Hunz., un ají silvestre sudamericano cuya presencia natural está documentada en Sierra de las Quijadas, Tilisarao y El Bebedero. En San Luis también quedaron registrados nombres que lo acercan al conocimiento popular, “ají del monte”, “ají del campo”, “puta-parió” y “ají quitucho”.
Su historia cruza la biodiversidad provincial, las investigaciones científicas y los usos tradicionales. También conduce hasta un caldo del siglo XIX, aunque allí aparece una advertencia, que el ají que describió Germán Avé-Lallemant no puede identificarse como esta misma especie.
El ají del monte es un arbusto bajo y ramificado, de unos 40 a 80 centímetros de altura, con pequeñas flores solitarias y completamente blancas.


La descripción permite imaginar la especie, pero no significa que todas las plantas sean idénticas. Incluso se han documentado individuos picantes y no picantes en estudios poblacionales de Catamarca.
El picor depende de los capsaicinoides, una familia de sustancias entre las que se encuentran la capsaicina y la dihidrocapsaicina. Un trabajo de Rodríguez, Vallejo, Acosta, Scaldaferro y Agnese, presentado en 2022, analizó material de San Luis y Córdoba. En las cuatro poblaciones estudiadas, incluidas dos puntanas, el compuesto mayoritario fue la dihidrocapsaicina.
Los registros de Quijadas, Tilisarao y El Bebedero integraron una investigación publicada en 2023 en Biological Journal of the Linnean Society. El equipo de Scaldaferro, Sérsic, Romanutti y Acosta estudió material de 27 localidades de Bolivia, Paraguay y Argentina para reconstruir la historia de distribución de la especie.
Esos tres puntos son lugares donde su presencia fue documentada científicamente. No son un inventario completo de San Luis ni demuestran que el ají solamente crezca allí.
En Quijadas, además, hay antecedentes independientes del estudio genético, un catálogo de flora de 2001 y un inventario de 2020 que respaldó la presencia de la especie con material de herbario. El parque reúne componentes del Chaco y del Monte.

San Luis forma parte del sector austral de su distribución, que continúa más al sur; el estudio también incluyó una población de Rancul, en La Pampa.
Pero el interés provincial va más allá de señalar puntos en un mapa. Al comparar el ADN, los investigadores reconstruyeron rutas históricas de expansión hacia el norte que partieron de las Sierras Pampeanas de Córdoba y San Luis. La región aparece así como una pieza relevante para entender cómo se distribuyó este ají. Eso no equivale a demostrar que la especie se haya originado en territorio puntano.
Antes de los análisis genéticos, el ají ya tenía un lugar en el conocimiento popular provincial. En 1997, Luis Del Vitto, Elisa Petenatti y Marta Petenatti lo incluyeron en “Recursos herbolarios de San Luis (República Argentina). Primera parte: Plantas nativas”. Allí registraron los nombres ají del monte, ají del campo, puta-parió y ají quitucho.
El relevamiento también consignó usos tradicionales hepáticos, antirreumáticos y rubefacientes, término que alude a provocar enrojecimiento de la piel. Son antecedentes de medicina popular, pero no demuestran eficacia clínica ni permiten afirmar que la planta cure enfermedades.
En la cocina, la especie tiene usos documentados en otras regiones argentinas y del Gran Chaco. Se consume como condimento fresco, seco o molido, y se conserva en aceite o vinagre. En Córdoba se registró su molienda para condimentar embutidos y salsas.
La historia puntana ofrece, sin embargo, una escena anterior. En su Memoria Descriptiva de la Provincia de San Luis, de 1882, Lallemant describió un “ají del monte” como especia indispensable del caldo puntano.
Para el sector agropecuario hay otro aspecto de interés. En otras regiones, los frutos se recolectan y comercializan, mientras investigaciones argentinas avanzan en conservación de semillas, propagación e introducción al cultivo.
En Catamarca se llevaron semillas silvestres a ensayos de campo y se informó una buena adaptación preliminar al manejo agronómico.
Por ahora, hay una historia que sí puede contarse, un pequeño ají nativo conecta poblaciones silvestres de San Luis con estudios del ADN, una química del picor particular en las muestras analizadas y nombres conservados por el saber popular.







