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Claves para producir en el Chaco Árido: manejo del pastizal, rolados y decisiones estratégicas en sistemas ganaderos

En el marco de la jornada técnica organizada por el INTA bajo el lema “Repensando el negocio de la cría”, el ingeniero Francisco Murray, especialista del INTA San Luis, presentó una detallada exposición sobre la gestión de pastizales y el uso de rolados en el Chaco Árido, con un enfoque centrado en la síntesis productiva, la variabilidad ambiental y la toma de decisiones estratégicas en sistemas ganaderos extensivos.

El encuentro, desarrollado en el hotel Smata de Juana Koslay, fue abierto por el director de la Regional La Pampa-San Luis del INTA, Jorge Reynalds; el director del INTA San Luis, Hugo Bernasconi, y el director provincial de Producción Agropecuaria, Gustavo Del Bosco.

Desde el inicio, Murray situó el análisis en el noroeste de San Luis, una región que representa el extremo austral del Chaco Árido y que presenta condiciones marcadamente distintas al resto de la provincia. Allí, explicó, la producción ganadera se sustenta principalmente en el uso de pastizales naturales, con escasa incorporación de pasturas implantadas, lo que obliga a pensar en esquemas de manejo adaptados a una fuerte heterogeneidad ambiental.


En ese contexto, el técnico planteó que cualquier propuesta productiva debe contemplar tres pilares fundamentales: viabilidad económica, sustentabilidad ambiental y simplicidad operativa. “No alcanza con que una tecnología funcione técnicamente; tiene que cerrar económicamente, mejorar o al menos conservar el ambiente y ser aplicable por los productores en su realidad cotidiana”, sintetizó.

Uno de los ejes centrales de la exposición fue la alta variabilidad climática de la región, especialmente en lo que respecta a precipitaciones. Con registros históricos de más de 70 años, Murray mostró cómo las lluvias no solo fluctúan entre años, sino también dentro de una misma campaña, con una marcada estacionalidad que concentra el crecimiento forrajero en apenas cinco o seis meses. Esta condición determina que el principal desafío no sea solo producir pasto, sino administrarlo eficientemente a lo largo del año.

A esta variabilidad climática se suma una notable heterogeneidad ambiental dentro de los propios establecimientos. Mediante herramientas de teledetección, el especialista expuso cómo en un mismo lote pueden coexistir ambientes con productividades muy contrastantes: desde sectores que generan entre 2 y 3 kilos de materia seca por milímetro de lluvia, hasta otros que apenas superan 1 kilo. Estas diferencias, explicó, responden tanto a factores edáficos como al historial de uso, especialmente la presión de pastoreo.

En este punto, Murray hizo hincapié en el comportamiento del rodeo, mostrando estudios de seguimiento que evidencian una fuerte concentración del pastoreo en determinadas áreas —generalmente cercanas a aguadas—, lo que reduce significativamente la superficie efectivamente utilizada y acelera los procesos de degradación. “El animal tiende a reiterar recorridos y sobreutilizar los mismos sectores, generando parches de deterioro dentro del campo”, explicó.

Frente a este escenario, el manejo del pastizal aparece como una herramienta clave. El técnico destacó la necesidad de implementar esquemas de rotación y descanso, aunque adaptados a las limitantes estructurales de la región, donde las grandes superficies y la baja productividad dificultan la subdivisión intensiva. En ese sentido, presentó el sistema “Santa Rita”, un modelo de pastoreo rotativo de tres potreros que permite combinar períodos de uso, descanso y diferimiento en un ciclo de tres años, optimizando el aprovechamiento del forraje sin requerir grandes inversiones en infraestructura.

Para los sistemas de recría, mencionó variantes más simples, basadas en esquemas anuales, que igualmente permiten ordenar la carga y mejorar la eficiencia del pastizal. “No se trata de replicar modelos de alta intensificación, sino de adaptar principios básicos a contextos de baja productividad y alta variabilidad”, remarcó.

Otro de los puntos destacados fue el rol de las intervenciones mecánicas, particularmente los rolados, combinados con la implantación de pasturas como el buffel grass. Murray aclaró que el “voleo” de semillas es solo una técnica de siembra, pero que su éxito depende de generar condiciones adecuadas en el monte mediante aperturas parciales (por ejemplo, esquemas 70-30 que conserven parte de la cobertura arbórea).

Las experiencias relevadas en la región muestran resultados variables, pero con tendencias claras: mejores respuestas en suelos sueltos, cercanos a aguadas y con adecuada disponibilidad hídrica. Además, advirtió sobre errores frecuentes, como el ingreso prematuro del ganado luego de la implantación, lo que compromete la persistencia del recurso. “El diferimiento inicial es clave para consolidar el sistema”, subrayó.

En términos productivos, los datos presentados indican que el buffel grass puede alcanzar respuestas de hasta 6 kilos de materia seca por milímetro de lluvia, duplicando o incluso triplicando la eficiencia de los pastizales naturales en condiciones óptimas. Sin embargo, Murray fue enfático en señalar que no se trata de reemplazar el sistema, sino de complementarlo estratégicamente. “Con solo incorporar entre un 10 y un 20% de superficie con buffel en sitios adecuados, se puede apalancar todo el sistema y mejorar significativamente la oferta forrajera”, explicó.

En escenarios más intensificados, incluso se podrían alcanzar incrementos del orden del 40% en la producción, aunque siempre dentro de los límites que impone la legislación y la necesidad de conservar el monte nativo.

Hacia el cierre, el especialista destacó la importancia de ajustar no solo la oferta de forraje, sino también la demanda, mediante herramientas flexibles que permitan responder a la variabilidad interanual. Entre ellas, mencionó desde decisiones clásicas como la suplementación o el destete anticipado, hasta estrategias más estructurales como el ajuste de carga.

Finalmente, Murray puso en valor el creciente aporte de las tecnologías de información, especialmente las herramientas satelitales. Indicadores como el NDVI (índice de vegetación) permiten monitorear la disponibilidad de forraje en tiempo real y compararla con series históricas, mientras que nuevas plataformas integran datos climáticos, productivos y espaciales para generar estimaciones cada vez más precisas.

“Hoy podemos saber no solo cuánto pasto tenemos, sino dónde está y cómo puede evolucionar según distintos escenarios”, afirmó, destacando el potencial de estas herramientas para mejorar la toma de decisiones en sistemas cada vez más complejos.

Como síntesis final, la exposición dejó en claro que la gestión del pastizal en el Chaco Árido exige un enfoque integral, donde la planificación, el monitoreo y la flexibilidad son claves. Ajustar la carga, promover descansos estratégicos, incorporar mejoras puntuales como el buffel y apoyarse en tecnologías emergentes aparecen como los pilares para sostener y potenciar la ganadería en ambientes desafiantes.