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A los 32 años lidera una empresa agropecuaria que integra campo, carne y servicios

Tomas Pons Bedoya es un productor sanluiseño que maneja junto a su familia una empresa agropecuaria con un campo de 700 hectáreas en el corazón productivo de San Luis. Construyen un esquema de alto valor agregado que convierte granos en carne y demuestra que la nueva generación del agro puntano tiene futuro.

En un contexto desafiante para la producción agropecuaria en San Luis, donde el clima, la distancia a los mercados y la falta de infraestructura suelen jugar en contra, hay jóvenes productores que eligen quedarse, invertir y apostar al desarrollo del interior productivo. Uno de esos casos es el de Tomás Pons Bedoya, un productor de 32 años que, junto a su familia, impulsa un modelo agropecuario basado en la integración productiva y el agregado de valor.

Desde el establecimiento “El Chulengo”, ubicado entre Eleodoro Lobos y La Petra, la familia Pons Bedoya desarrolla una empresa agropecuaria que combina agricultura, ganadería, feedlot, transporte y prestación de servicios agrícolas. Un esquema que, lejos de limitarse a producir granos, busca cerrar el ciclo productivo y transformar materias primas en alimentos.


“Somos una empresa agropecuaria familiar. Mi viejo ya hacía agricultura y ganadería, tenía feedlot, y con mi hermano Mateo nos fuimos incorporando de a poco”, explicó Tomás al repasar los comienzos del proyecto productivo durante un dialogo con Todo Un Pais.

La base del emprendimiento es el campo familiar de 700 hectáreas, pero el crecimiento del negocio llevó a la empresa a expandirse mediante el arrendamiento de nuevas superficies.

Hoy trabajan aproximadamente 1.600 hectáreas agrícolas, además de prestar servicios con maquinaria propia en campos de la región, lo que les permite alcanzar una escala operativa cercana a las 3.000 hectáreas de trabajo anual.

El crecimiento fue gradual, incorporando herramientas productivas que permitieron ampliar la actividad.

Primero llegaron los camiones para transporte de hacienda, lo que fortaleció el negocio ganadero. Luego avanzaron con la recría de animales en campos de terceros mediante esquemas de capitalización de hacienda, una modalidad que permitió aumentar el volumen de producción sin necesidad de grandes inversiones en tierra.

“Eso nos ayudó mucho. Empezamos a hacernos fuertes en ganadería y después fuimos sumando servicios agrícolas”, relató el joven productor.

En los últimos años la empresa también invirtió fuerte en tecnología agrícola.

Entre las incorporaciones se destacan una cosechadora, una sembradora neumática de última generación, un tractor y una pulverizadora moderna.

La sembradora, de tecnología avanzada, permite realizar corte surco por surco, lo que mejora notablemente la precisión en la implantación de cultivos.

Este nivel de equipamiento no solo permite trabajar la superficie propia, sino también prestar servicios a otros productores de la zona.

“Las máquinas tienen que amortizarse. Nosotros hacemos alrededor de 1.600 hectáreas propias, entonces siempre queda capacidad para trabajar en campos de amigos y productores de la región”, explicó.

El vínculo con otros productores se fortaleció además a través del grupo Cambio Rural, donde se generó una red de colaboración que hoy sostiene buena parte del trabajo.

El corazón del sistema

Sin embargo, el verdadero diferencial del modelo productivo está en la integración con la ganadería.

La empresa cuenta con un feedlot con capacidad para 2.000 animales, donde terminan la hacienda producida en su propio sistema.

El esquema comienza con la compra de terneros de 150 kilos, que primero pasan por una etapa de recría a campo hasta alcanzar aproximadamente 250 o 280 kilos.

Luego ingresan al feedlot para la terminación final. Allí los animales ganan alrededor de 150 kilos adicionales, alcanzando pesos de faena de 420 a 430 kilos en novillos y 390 a 400 kilos en vaquillonas.

“Tratamos de convertir todo lo que producimos en carne. Ese es el agregado de valor que buscamos”, explicó Tomás.

El sistema permite absorber buena parte del maíz producido en los campos agrícolas.

Un animal, desde los 150 hasta los 400 kilos, consume aproximadamente 1.000 kilos de maíz durante su ciclo de engorde.

Sin embargo, con más de 1.200 hectáreas de maíz sembradas, la producción de grano supera ampliamente la capacidad de consumo del feedlot, por lo que parte de la producción se comercializa.

La estrategia productiva también responde a una realidad, hacer agricultura en San Luis no es sencillo. Sequías, tormentas de granizo y variabilidad climática obligan a diversificar riesgos.

“San Luis es complicado para hacer solo agricultura. Por eso tratamos de diversificar”, señaló el productor.

La empresa distribuye los cultivos en distintas zonas de la provincia para reducir riesgos climáticos, como sectores cercanos a Eleodoro Lobos, campos en La Cumbre y áreas hacia El Trapiche que tiene mayor régimen de lluvias.

Esta dispersión geográfica permite que un evento climático severo no afecte toda la producción.

Aun así, los riesgos son permanentes. Tomás contó que en apenas una semana los rendimientos esperados de maíz pueden caer hasta 30% tras una tormenta de granizo: “La soja es peor todavía. Un granizo te la destruye en minutos”.

Un joven profesional que eligió volver al campo

Detrás de este proyecto hay también una historia personal. Tomás Pons Bedoya no solo es productor agropecuario, también es contador público y licenciado en administración agropecuaria.

Estudió en Buenos Aires y se recibió joven, pero antes de regresar al país decidió vivir una experiencia en el exterior.

Pasó un año en Australia, donde trabajó en distintos oficios, desde tareas rurales hasta repartos para plataformas digitales.

“Trabajé de todo, en el campo, de Uber Eats (una plataforma en línea de entrega de alimentos a domicilio), de lo que aparecía”, recordó.

Luego regresó a Argentina y, en plena pandemia, decidió incorporarse definitivamente a la empresa familiar: “Siempre me gustó el campo. Nos criamos en esto”.

Actualmente el proyecto productivo se sostiene con el trabajo directo de la familia. Tomás comparte la conducción con su hermano Mateo y su padre, además de un pequeño equipo de empleados. El nivel de involucramiento es total.

Un día puede encontrarse a Tomás en la oficina administrando la empresa y al siguiente trabajando en el campo apartando hacienda o trasladando animales.

Para ordenar el crecimiento de la empresa, la familia incluso comenzó a elaborar un protocolo familiar, una herramienta que busca definir roles y responsabilidades dentro del negocio.

“Las pymes también crecen y cada uno tiene que encontrar su lugar dentro de la empresa”, explicó.

El futuro del proyecto incluye nuevos desafíos. Entre ellos, avanzar en la cría bovina, un paso más en la integración productiva.

Tomás ya adquirió 30 vaquillonas con la idea de iniciar un pequeño rodeo mediante inseminación artificial con el objetivo es empezar a producir sus propios terneros. Sin embargo, reconoce que la cría exige capital y paciencia.

“Comprás la vaquillona y tenés que esperar casi dos años para vender el primer ternero”, señalo.

La paradoja de la carne puntana

Uno de los puntos que más llama la atención al productor es el destino de la carne producida en la provincia. Aproximadamente el 90% de los animales terminados en el feedlot se envían a Mendoza.

Allí abastecen carnicerías, restaurantes y bodegas, muchas veces sin que el consumidor final sepa que la carne proviene de San Luis.

“En Mendoza te dicen que es carne de La Pampa, y la carne salió de San Luis”, comento con cierta indignación.

La situación refleja una paradoja. Una provincia que produce carne de calidad pero que aún no logra consolidar una identidad comercial propia.

La historia de Tomás Pons Bedoya refleja una realidad cada vez más visible en el agro argentino, con una nueva generación de productores jóvenes, formados y con visión empresarial.

Profesionales que eligieron regresar al interior para apostar al desarrollo productivo, que invierten en tecnología, diversifican riesgos y buscan agregar valor en origen.

En una provincia donde el clima y la infraestructura muchas veces ponen límites, experiencias como la de esta familia muestran que el camino del desarrollo agropecuario todavía tiene mucho potencial.

“Podría haberme quedado en Buenos Aires”, dice Tomás. Pero eligió volver y desde el corazón productivo de San Luis, demuestra que el futuro del campo también se construye con juventud, innovación y trabajo.