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Radiografía de los alimentos, sus fabricantes y sus precios

Una veintena de industrias elaboran el 80% de los alimentos y bebidas que  se venden en el mercado interno argentino (Arcor, Molinos Rio de la Plata, Danone-La Serenísima, Adecoagro, Ledesma, Coca Cola, Nestlé, Mondelez-ex Kraft, Molinos Cañuelas, Morixe) y las grandes cadenas de ventas (Coto, Carrefour, Cencosud, la Anónima, Walmart) manejan el 65% de la comercialización de esos bienes que se consumen en el país. En ese marco y con esa sociedad de hecho y de muchos años entre grandes productores y comercializadores, es muy difícil destrabar el proceso de formación de precios.

Para el año 2014 la Secretaría de Comercio se planteó controlar a unas 28 empresas productoras de alimentos, bebidas y productos de consumo masivo (caso Unilever que produce artículos de limpieza y alimentos: Knorr, Hellmann’s, Maizena, Ades, etc.) para lo que debían presentar una estructura de costos. Y allí reside el primer gran problema: en la Argentina no hay estudios serios de costos y menos de márgenes de ganancia, razón por la cual se recibe el dato suministrado por la empresa que es la principal interesada de que ni el gobierno ni los consumidores sepan cuáles son sus utilidades. Encima, en enero de 2014, por presión de esas mismas empresas que son mayoritariamente exportadoras, se devaluó nuestra moneda en un 25% de $ 6,84 a 8,50 por dólar y ya no hubo forma de controlar nada.

Ahora, en abril de 2020, Arcor, Unilever, Molinos Río de La Plata y otras empresas de primer nivel redujeron sus entregas drásticamente. “Le hice un pedido de 10 millones de pesos a Arcor y me entregó 200.000 pesos”, señaló una cadena de supermercados al medio digital El Destape. “Le compré 200.000 cajas de harina y 50.000 de aceite a Molinos Cañuelas y me dijeron que no me pueden mandar nada”, relató uno de los mayoristas más grandes del país.

Con la carne vacuna pasa lo mismo. Ya 2019 fue récord de ventas al exterior, más de un millón de toneladas (y se producen un poco más de tres millones y medio  de toneladas de carne vacuna por año)[1] ,casi triplicando las ventas externas de  2018. Allí jugó fuerte la gripe porcina y la demanda de la República Popular China, pero en los primeros cuatro meses de 2020 la proporción de la demanda externa es aún mucho mayor que en igual lapso del año pasado.

Por lo tanto, el precio de los alimentos se dispara por varias razones:

  • el Estado realizó compras enormes para asistir a los comedores sobre todo de los conurbanos de las principales ciudades del país,
  • las fuertes compras de Rusia, Italia y China (fundamentalmente de trigo, harina, aceite y carnes) y
  • las grandes empresas del sector que tienen posición dominante en el mercado interno, venden al mercado local en cuentagotas y presionan de nuevo, especulando con la devaluación.

Por ejemplo, en la producción y venta de aceite comestible, Aceitera General Deheza (AGD, de los Urquía), Molinos Río de la Plata (del Grupo Pérez Companc) y Arcor (Pagani) tienen el 90% del mercado interno, y Oleaginosa Moreno-Glencore (Estados Unidos), Vicentin [2] y ACA (Asociación de Cooperativas Argentinas) el 90% de las ventas externas. Los precios están internacionalizados: una botella de 1,5 litros de aceite mezcla que venden al mercado interno local AGD (Natura), Molinos Río de la Plata (Cocinero) y Arcor, sale $ 200 porque en Ámsterdam se vende a dos dólares y ellos se rigen por el dólar paralelo o blue. Si el paralelo sigue subiendo, sigue subiendo el precio y si no, no venden  porque por la Covid-19 tienen asegurada la demanda externa.

Que el presidente de la UIA sea Miguel Acevedo (cuñado del presidente de Aceitera General Deheza) y el vicepresidente sea Daniel Funes de Rioja, quién fue reelecto para un sexto mandato como presidente de la Coordinadora de las Industrias de Productos Alimenticios (COPAL) por un período de dos años, demuestra la importancia de la agroindustria en la Argentina actual. Basta recordar que Funes de Rioja fue como abogado laboralista a la OIT (Organización Internacional del Trabajo) durante la dictadura y que hoy proponen lo mismo, reducción de los salarios mientras ellos aumentan los precios.

El pan nuestro de cada día

Igual pasa con el precio del pan, que está directamente relacionado con la venta de trigo y harina al exterior. En estos primeros cuatro meses del año hubo fuertes ventas de trigo y de harina (lo dice el Mercado de Cereales de Rosario: aumento un 40% con respecto a igual lapso de 2019) .

En harinas el problema es principalmente para los molinos chicos, que no tienen stock de trigo y deben aumentar los precios que ofrecen por el cereal, ya que los productores lo tienen guardado hasta ver qué sucede con el dólar. Los molinos más grandes usan su poder de compra para asegurarse el trigo necesario. Del sector de la molienda de trigo para pan participan un total de 161 empresas que se reparten 204 plantas a lo largo de todo el país. La más importante concentra 12 establecimientos de molienda, la segunda empresa con más cantidad de plantas aglutina siete, un grupo de 26 empresas  poseen cada una de ellas dos plantas y la mayoría del sector, las restantes 133 empresas únicamente cuentan con un establecimiento. Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos son las provincias con más industrias de molienda de trigo instaladas y a la vez , en ese orden, las mayores productoras de trigo del país. El trigo que se cultiva en la Argentina en su mayoría (98,5% del total cosechado) es Triticum aestivum L. o Triticum vulgare, denominado “trigo pan”. Con un rendimiento industrial del 75%, la producción de harina de trigo demanda anualmente unos 6 millones de toneladas de trigo pan (a razón de 500.000 toneladas por mes).

Lo cierto es que de las 42 millones de hectáreas de tierras cultivables en el país, solo siete millones se destinan al trigo, siendo la producción de granos (cereales y oleaginosas) estimada para la cosecha 2019/2020 de 147 millones de toneladas, de las cuales 18,8 millones de toneladas de trigo. Según el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación, se registra un acumulado de compra de 14,7 millones de toneladas por parte de la exportación y de 2,5 millones de toneladas por parte de la industria.  El stock inicial es de 1,74 millones de toneladas, por lo tanto es exiguo el saldo para el consumo interno de otras 2,5 millones de toneladas en el mejor de los casos. En total, se destinan al mercado interno 5 millones de toneladas pero se consumen 6 millones (está faltando un millón de toneladas). Inferimos que el Ministerio sigue a pie juntillas la producción, ventas internas y externas, de otro modo —como hace Rusia, por ejemplo— se debería prohibir la exportación del cereal.

Pero por el contrario, en plena pandemia los grandes comercializadores de granos en el mundo (que se le llaman a sí mismos ABCD: ADM, Bunge Ceval, Cargill, Cofco y Louis Dreyfus y operan fuertemente en el país) aseguran sus compromisos en el exterior y los precios en dólares, desentendiéndose de lo que sucede en el mercado local.

Si se toma en cuenta que en 2019 se exportaron 600.000 toneladas de harina de trigo (por un monto de 200 millones de dólares) y que para el mercado interno se destinan 3,6 millones de toneladas de harina de trigo (un consumo promedio de 80 kilogramos de harina por habitante y por año), es obvio que la razón del faltante de harina y la suba de su precio (hace un mes la bolsa de 50 kilogramos estaba a $ 1.384 y ahora no baja de $ 1.450) en los primeros cuatro meses de 2020 recae principalmente en los productores de trigo que no entregan en tiempo y forma el cereal a la industria harinera, porque o retienen para exportar o esperan que nuestra moneda se devalúe, de allí el problema con el precio y con el abastecimiento.

Por supuesto que el desafío de las sociedades actuales (eliminar la pobreza y el hambre, mejorar la protección ambiental, etc.) depende de la tenencia, uso y administración de la tierra. La concentración de la propiedad de la tierra en nuestro país, como Mempo Giardinelli y Pedro Peretti afirman en su libro La Argentina agropecuaria, hace que con algo más de 45 millones de habitantes, haya unas 6.000 familias y sociedades (muchas de ellas extranjeras) que controlan por propiedad o por alquiler el 48 por ciento de la tierra cultivable, que se vuelven altamente productivos por la combinación de la siembra directa y el cultivo transgénico.

El problema en este caso particular del pan solo se resuelve estabilizando el tipo de cambio y acordando con los productores de la cadena triguera-harina y pan una relación razonable de costos y precios, acuerdo que garantice el pan en la mesa de los habitantes del país,  y después, que exporte el saldo, dado que es  uno de los 10 primeros productores mundiales de trigo, el cual fue históricamente su cultivo insignia.

El precio del dólar

En la producción y venta local, solo si se frena el valor del dólar se logra estabilizar la economía nacional. Esa es la principal batalla que se está librando con los factores de poder real, que tiene como protagonista la asociación agro-financiera y los mecanismos de fuga de capital y de desestabilización del tipo de cambio. Por eso cuando el Presidente de la Nación, Alberto Fernández, en su discurso del 1° de marzo de 2020 al inaugurar las sesiones ordinarias dijo: «El Banco Central está abocado a una pormenorizada investigación del proceso de endeudamiento de los últimos años, en qué se utilizaron los fondos y cuáles fueron sus beneficiarios”, esa asociación de los ricos se pintó la cara.

La primera medida tras ese discurso fue el intento del lock-out patronal de la Mesa de Enlace. La segunda, azuzada tras la pandemia, es la fuga de capitales mediante las operaciones de contado con liqui y dólar bolsa, que el gobierno trata de regular, cuando el valor de la divisa norteamericana que se desprende de esas dos operaciones ronda los $ 115. El llamado dólar blue a $ 120 acumula un salto de $ 35 desde el inicio de la cuarentena obligatoria: el 20 de marzo había cerrado a $ 85.  El dólar turista —con el 30% de recargo por el impuesto PAÍS— ronda los $ 90 en agencias y bancos de la City porteña y la cotización promedio del dólar minorista en los bancos es de $69.

Es obvio que los grandes formadores de precios de alimentos en el mercado argentino se benefician y propician la suba del valor de la divisa, esta historia la vivimos varias veces, por lo que se debe frenar a como dé lugar y sin miramiento la existencia de todo dólar que no sea oficial y no convalidar aumentos de precios sin una estructura de costos que los respalde y demuestre. De otro modo, el modelo agro exportador y de salarios bajos se retroalimenta para beneficio de unos pocos y pobreza de muchos.

En mayor o menor medida el mundo está en cuarentena, situación que lleva al parate de la economía que, en el caso de nuestro país, implica un fuerte superávit comercial: caen fuerte la demanda interna y con ella las importaciones y, se acrecientan las exportaciones por la fuerte demanda de alimentos de los países centrales. Controlar que no se realicen subfacturaciones de exportaciones y no dejar abierto ningún mecanismo de fuga garantiza que el tipo de cambio no se dispare. Si no se hacen esas imprescindibles tareas o se las realiza deficientemente, vamos camino a una hiperdevaluación con todo su significante y significado.

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[1] En la Argentina se ha producido en 2019 en torno a seis millones de toneladas en el conjunto de las cuatro carnes más importantes (bovina, porcina, aviar y ovina), de las cuales casi el 60% corresponde a la vacuna, un poco menos del 30 % al pollo, el 10% a cerdo y 2% a la carne ovina.

[2] Vicentin tiene puerto propio en la hidrovía del Paraná, y aparece con deudas externas y con el Banco de la Nación Argentina que no paga.

Autor de la nota: Horacio Rovelli