El agua del Río Nuevo no es apta para el consumo humano y de muy difícil potabilización. Altos contenidos de arsénico y fluoruro de arrastre y de nitratos provenientes de feedlots y de fertilizantes nitrogenados usados en agricultura comercial fueron detectados en los acuíferos subterráneos de la Cuenca de El Morro, donde más 200 mil hectáreas ya presentan serios daños ambientales originados por malas prácticas agrícolas, agravados por el aumento de las lluvias en las dos últimas décadas.

Estas son parte de las conclusiones a las que llegaron tres expertos del Instituto Nacional del Agua (INA) contratados por el Ministerio del Campo para determinar las causas de este derrame fluvial en el área de Colonia Los Manantiales y su factibilidad de captar ese flujo hídrico y transportarlo hasta un sitio que pueda ser útil, además de definir obras que permitan ese aprovechamiento.

Sin embargo, este problema tiene a mal traer al gobierno provincial, ya que la pésima calidad del agua hace orientar las futuras inversiones estatales solamente para encauzar la caótica dispersión  de arroyos hacia el Río Quinto y arreglar la ruta 35.

En 1985 apareció la primera advertencia con la inundación de campos en Juan Jorba y el nacimiento de un nuevo río que en 2005 causó destrozos y cortó dos rutas nacionales, la 8 y la Autopista de las Serranías Puntanas.  En 2002 tomó su actual cauce de unos 40 kilómetros que nace en cercanías de El Morro y baja hacia el sur.

El estudio del INA se realizó en 2012 y sus conclusiones presentadas en junio del año pasado ante representantes del campo, técnicos y quien esto escribe, aunque nunca difundido en detalle. Los autores son el director y el subdirector del INA, Horacio Salvioli y Víctor Sánchez, y el especialista en Hidroquímica Ricardo Guimaraes, más el acompañamiento de Carlos Larrusse, por la cartera del Campo.

Las lluvias en esa zona próxima a Villa Mercedes saltaron de 600 a 1.000 milímetros anuales, mientras que paralelamente hubo un cambio en el uso del suelo, con fuerte acento el cultivo de soja, dijo Salvioli: “Al descender drásticamente la evapotranspiración, crecieron enormemente la infiltración y el derrame.  El aumento de las precipitaciones, sumado a un laboreo agrícola permanente de la superficie, potenció la infiltración y provocó un aumento de la napa freática y descargas desde éstas hacia los cauces”.

Las mediciones en las cuencas de El Morro son alarmantes. Casi el 10 por ciento del agua que cae en época de lluvias se pierde en aquellos cultivos implantados con siembra directa a favor de la pendiente y cada milímetro escurrido por hectárea equivale a 10 metros cúbicos. Y encima, se lleva 2,24 toneladas de la mejor parte del suelo.

Estos números muestran la dimensión y la gravedad del problema que trae un mal manejo agrícola en los frágiles suelos de San Luis y fueron revelados por el Ministerio del Campo tras un extenso trabajo técnico realizado con el Laboratorio de Interpretación de Imágenes y SIG, con el que elaboraron un “Mapa de erodabilidad de suelo” de toda la provincia.

Las serranías que rodean la zona son El Morro, Portezuelo y Comechingones. Tiene un basamento rocoso de más de 200 millones de años, sobre los que se depositaron terrenos más nuevos, que los geólogos llaman Terciario, posterior a la extinción de los dinosaurios y cuando se formó la Cordillera de Los Andes. Sobre la capa que hoy trabajan los productores se encuentra sedimentos aluvionales, pluviales, eólicos y lacustres.

Para saber qué pasa debajo de la superficie, los técnicos del INA hicieron 63 sondeos eléctricos, que confirmaron que la superficie refleja lo que ocurre en el subsuelo, describió Sánchez: “Esto nos permitió conocer muy bien la zona y determinar que hay cuatro sistemas fluviales que se interrelacionan y trasvasan agua de una cuenca a la otra”.

El Arroyo La Guardia absorbe prácticamente todo lo que llueve en la sierra de El Morro, mientras que el Río Nuevo se beneficia con lo que ocurre en el norte de Colonia Los Manantiales. Todo esto tiene su final en el Río Quinto.

Detectaron en la zona elevada presencia de nitratos, que provienen de los fertilizantes nitrogenados usados en agricultura comercial. También de boro, un elemento químico que perjudica a la soja.

La mano del hombre y el clima

Salviolo mostró un  análisis pluviométrico realizado hasta diciembre de 2012 en la zona de Vila Mercedes, en base a un registro comparativo con datos de cien años, dividido en dos períodos. El primero, que se extiende desde 1900 a 1970, tiene una media de lluvias que luego fue ampliamente superada.

En 2012 las lluvias en Vila Mercedes fueron de 880 milímetros, contra una media de 604 milímetros de los últimos 110 años, unos 280 milímetros por encima, que es mucho, según el experto: “Hay una tendencia de valores crecientes”.

En las dos últimas décadas, apareció un efecto nuevo, como es el cambio climático. Todos los pluviómetros de la provincia muestran un aumento de los promedios anuales de lluvias.

En la Cuenca de El Morro, el trimestre noviembre-enero acumula la mayor cantidad de lluvias y el aumento de su intensidad afectó notablemente el balance hidrológico de la zona. En este balance intervienen la evapotranspiración, infiltración y el derrame superficial.

Las mayores lluvias también generaron la aparición de crecidas de notables magnitudes. Una fotografía aérea del Río Nuevo de la década del sesenta muestra un cauce sin relevancia, pero forestado. Ahora el paisaje tiene rastros de grandes crecidas.

El aumento del derrame superficial ocasional y permanente genera erosión y cárcavas, recordó Salviolo: “Esta es la consecuencia directa de haber afectado el balance hidrológico. Los cauces, mientras no sufran cambios bruscos por la intervención humana, alcanzan niveles de equilibrio de miles de años. Es decir, que en un período largo de tiempo las erosiones y sedimentaciones están equilibradas”.

En la Cuenca de El Morro ocurre todo lo contrario. Hubo un aumento del derrame, en parte por la descarga de la superficie freática que hace aparecer un derrame permanente, y en parte por el aumento del derrame superficial que ocasiona crecidas, con cárcavas que han desequilibrado el cauce. Algo que en la zona no era común. En el caso del Río Nuevo, hay una erosión vertical que baja la cota del río y activa todos los afluentes tributarios.

Tras estudiar durante cuatro campañas el comportamiento de la cuenca subterránea, los especialistas del INA observaron algo fuera de lo común, como la dependencia directa del nivel freático de las lluvias.

Una química difícil de manejar

En 2012 se tomaron muestras de los cauces superficiales, de los molinos y de pozos para extraer agua subterránea y con equipos portátiles caracterizaron el recurso: conductividad eléctrica y PH. Las muestras se extrajeron de la sierra de E Morro, en Colonia los Manantiales, arroyo El Quebrachal, Río Nuevo, arroyo La Guardia y el sistema del zanjón del Río Negro.

En el laboratorio, estas muestras  determinaron en la zona norte hay menor salinidad y en el sur mayor. En todas las aguas, excepto en la sierra de El Morro, preponderan as aguas sódicas, que son muy dispersivas y facilitan la erosión. También en estos sectores es muy alta la alcalinidad, que supera la dureza del agua (contenido de calcio y magnesio) y eso determina la existencia de “alcalinidad de sodio”. Desde el punto de vista de la calidad y textura del agua, todas las variables están en contra. Llegaron a medir hasta un gramo de sodio por litro de agua.

De la misma manera aparecen altas concentraciones de boro en aguas subterráneas. En la zona predominan los cultivos de soja, maíz y sorgo. La soja es sensible al boro, mientras que el sorgo es el más tolerante. En las aguas superficiales, entre los parámetros hallados y que llaman la atención por su elevada concentración  es el arsénico y el fluoruro. Los límites encontrados en el primero están por debajo de la tolerancia para riego según la FAO. En cambio, es muy caro potabilizarla para consumo humano. No es problema para la hacienda, aunque está concentrada en los campos del norte de la cuenca, donde los niveles son notablemente más bajos.

Algunos puntos analizados dieron elevada presencia de nitratos, que provienen de los fertilizantes  nitrogenados utilizados en agricultura comercial. El límite de nitrato es de 45 miligramos por litro para potabilidad, pero hay lugares que ese porcentaje es extremadamente elevado y que no guardan relación con la cuenca, por lo que se deduce que provienen de feedlots ubicados hacia el norte, y fertilización nitrogenada que “se les está escapando”. Las muestras fueron tomadas en marzo y diciembre de 2012: “El nitrato no es algo que desaparezca fácilmente”, advirtió Guimaraes.

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